COMENTARIO

Por Ricardo Rivas, periodista – académico

El Instituto Nacional de Acceso a la Información (INAI) de México reportó que entre los años 2013 y 2018, el gobierno del ex presidente de ese país, Enrique Peña Nieto pagó a 41 periodistas y comunicadores US$ 56 millones por acciones de “comunicación social y otros servicios”. Entre los receptores de esos pagos se encuentra quien fuera durante 16 años el director de noticias de Televisa –el canal mexicano más importante– Joaquín López Dóriga, galardonado en abril último con el Premio Rey de España por su trayectoria. El listado divulgado incluye, además de periodistas, al intelectual Enrique Krauze –propietario de medios– y Callo de Hacha, un operador en las redes de los que se conocen como “influencer”. En el Informe 2018 de Latinobarómetro, se consigna que la confianza en los medios en Latinoamérica se ubica en 44%.

La Real Academia de la Lengua (RAE) define “crisis” como un “cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o situación o, en la manera que estos son apreciados”. Otras fuentes, la significan como “un cambio negativo, una situación complicada, difícil e inestable, durante un proceso”. Desde mucho tiempo –¿desde siempre, tal vez?– se afirma que el periodismo está en crisis dado que son tiempos de cambios profundos. ¿Por qué no? Algunos filósofos sostienen también que cuando la rutina, por lo que fuere, deja de ser aplicable para la práctica, por ejemplo, del periodismo se hace necesario, imprescindible, una alternativa para dejar atrás esa forma de ejercerlo. No hacerlo, importa no aceptar la crisis y, justamente por ello, el camino es aceptar la situación y decidir el cambio. Pero, para hacerlo, el periodista debe ser crítico para –como se propone desde la lógica del caso– ser capaz de interrogar a la teoría a partir de dos perspectivas: la realidad y su presente.

Se afirma que la prensa es el cuarto poder. Si bien todo ejercicio de memoria se realiza desde el presente –al igual que las prácticas prospectivas– es prudente recordar que aquella categorización que el filósofo escocés Thomas Carlyle hizo popular avanzado el S XIX, se atribuye al irlandés Edmund Burke, parlamentario británico, quien la expresara en la Cámara de los Comunes en 1787. Aquel orador señaló entonces que junto con los lores espirituales que represen a la iglesia; los lores temporales, la nobleza en el Reino Unido; y, los comunes, así llamados los actores políticos que represen a la ciudadanía, se encontraba “el cuarto poder, de lejos, el más importante de todos ellos”, refiriéndose a la prensa. Observadas aquellas expresiones en la actualidad, no faltarán quienes sospechen que Burke actuó demagógicamente o como parte de una operación de marketing político. Inconducente.

Un siglo más tarde, John Emerich Edward Dalberg-Acton, conocido como Lord Acton (1834-1902) hizo pública una reflexión que se mantiene hasta la actualidad. “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Apuntó también en alguna de sus relevantes obras que “dinero es poder”. Un periodista y académico relevante con actividad en organismos multilaterales relacionados con la educación y la cultura que prefiere transitoriamente el anonimato, porque trabaja en la producción de un texto de próxima aparición sobre estos temas, sostiene que “si la prensa es el cuarto poder, los conglomerados multimediales convergentes de estos tiempos que tienden a expandirse, son el poder absoluto”.

En tiempos de redes (tramposas, como advirtiera Zygmunt Bauman), bulos o fakenews, reverdecer de los nacionalismos, formatos, panelistas o tertulianos, reconceptualizaciones varias, tal vez sea prudente interrogar a la teoría para intentar saber si desde la realidad y su presente periodistas y comunicadores pueden, deben y/o quieren mantenerse como parte del poder o si acaso, para superar esa crisis que no pocos ni pocas aseguran que atraviesa la profesión es preciso volver a contar historias en, de y desde las sociedades que reportan.