Caracas. Venezuela. AFP.

Jairo está arruinado por la hiperinflación; José ve morir a sus pacientes por falta de medi­cinas; Henry emigra ante la continuidad de Nicolás Maduro en el poder en Vene­zuela. Todos están envueltos en la oscuridad de una crisis que se agudizó con Maduro, quien inició un segundo período de seis años, desco­nocido por la oposición y gran parte de la comunidad inter­nacional.

Jairo Colmenares intenta hacer rendir un salario equi­valente a solo siete dólares en un mercado donde ven­den productos de baja cali­dad. Le alcanzó para 12 hue­vos, medio kilo de papas y guayabas. En sus días libres como empleado del metro de Caracas se levanta tarde para ahorrarse una comida. “He bajado siete kilos”, afirma este técnico azotado por una inflación que trepará este año a 10.000.000%, según el FMI.

Come principalmente frijo­les o lentejas que distribuye el gobierno a precios subsi­diados. “Una vez al mes quizá compremos pollo o carne”, cuenta Jairo, de 33 años. Tiene ingresos extra por tra­bajos informales, pero aun así la plata es insuficiente.

En el Hospital Pérez Carreño, el más grande de Caracas, familiares sostienen un envase con agua para limpiar el rostro ensangrentado de un joven baleado en la cabeza. A la entrada del edificio de 11 pisos un hombre lleva largo rato tirado en una camilla en el suelo sin ser atendido. Un cadáver cubierto con sábanas está a pocos metros.

Anaqueles vacíos atestiguan la escasez de medicinas e insumos hospitalarios, esti­mada en 84% por agremiacio­nes. Su disponibilidad cayó por el desplome de la produc­ción petrolera, de 3,2 millo­nes de barriles diarios a 1,13 millones en la última década, lo que limita las importacio­nes. El agua también esca­sea en 70% de los hospitales, según una ONG.

A la impotencia por la pérdida de autoridad, los legislado­res –acusados por Maduro de buscar derrocarlo e incluso asesinarlo– suman las penu­rias de vivir sin sueldo desde el 2016.

La parlamentaria Manuela Bolívar se sostiene con reme­sas y productos que le envían su esposo y familiares que emigraron. “No he visto ni un solo centavo de salario. Bus­can quebrarnos”, se lamenta la legisladora de 35 años.

Diputados de provincia cuen­tan que viajan hasta 14 horas en bus para asistir a los deba­tes, pues no pueden costearse pasajes aéreos, y que pasan el día con una comida.

Los ancianos padres de Henry Peña lloran descon­solados al despedirlo en una terminal de buses de Caracas. El mecánico de 45 años volvió de Perú para llevarse a sus gemelas y dos nietos de dos y cuatro años.

La familia se suma a los 2,3 millones de venezolanos que han migrado desde el 2015. La ONU prevé que la cifra suba a 5,3 millones en el 2019 ante el colapso de una econo­mía que se redujo a la mitad en cinco años.