Este martes se cumplen 15 años del asesinato de Muamar Gadafi y su profecía vuelve a resonar en una Europa sacudida por disturbios, edificios incendiados, saqueos y protestas multitudinarias. El líder libio advirtió que destruir su Gobierno podía desencadenar una crisis que desbordaría las fronteras de su país. Hoy, mientras varias ciudades europeas enfrentan episodios de violencia y una creciente tensión social, aquellas palabras adquieren una inquietante actualidad.
En una entrevista exclusiva concedida a RT en 2011, meses antes de morir, Gadafi alertó que Libia era una barrera estratégica frente a la migración africana hacia el continente europeo. “Si la situación se vuelve inestable, Libia se transformará en un segundo Afganistán: millones de inmigrantes se dirigirán a Europa”, sostuvo.
La intervención militar de la OTAN y la caída del régimen terminaron por sumir a Libia en una prolongada crisis política y de seguridad. Desde entonces, el país se convirtió en una de las principales rutas de tránsito para migrantes y refugiados que intentan cruzar el Mediterráneo, en travesías que frecuentemente terminan en naufragios y tragedias humanas.
Francia estalla
El escenario europeo vuelve a encender las alarmas. En Francia, las manifestaciones que comenzaron por el deterioro de las escuelas, el costo de vida y el aumento de los combustibles desembocaron en algunos de los episodios de violencia más graves de los últimos años.
Durante las movilizaciones del sábado 17 de octubre, cientos de miles de personas salieron a las calles. Aunque muchas marchas fueron pacíficas, grupos violentos protagonizaron enfrentamientos con la Policía, saquearon comercios, incendiaron vehículos y atacaron edificios públicos. En Limoges, un histórico ayuntamiento del siglo XIX terminó envuelto en llamas. Las autoridades respondieron con detenciones y medidas de seguridad, incluidos toques de queda localizados.
La violencia no quedó confinada a París. En Lyon, Marsella, Burdeos y otras ciudades también se registraron incidentes.
Italia tampoco quedó al margen. En Milán, una manifestación contra el encarecimiento de la vida y el deterioro de los servicios públicos derivó en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. Algunos participantes arrojaron piedras y otros objetos contra los agentes, levantaron barricadas y prendieron fuego a estructuras improvisadas. Se reportaron policías heridos y decenas de detenidos.
En Bélgica se registraron disturbios y detenciones durante las protestas, mientras que en Portugal miles de personas se movilizaron contra el encarecimiento de la vivienda y los bajos salarios.
España, por su parte, también ha sido escenario de manifestaciones vinculadas a la crisis habitacional y al costo de vida. La sucesión de episodios refleja un malestar que atraviesa distintas sociedades europeas, aunque sus causas no son idénticas.
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Inmigración sin límites
En medio de este panorama, la inmigración se ha convertido nuevamente en uno de los asuntos más explosivos de la agenda política europea. Sectores de derecha sostienen que la llegada de población extranjera ha agravado los problemas de seguridad, integración y convivencia, mientras otros advierten que atribuir los disturbios a los migrantes sin pruebas alimenta la discriminación y profundiza las divisiones sociales.
Las cifras oficiales muestran la dimensión de los movimientos migratorios, aunque también obligan a ponerlos en contexto. Según Eurostat, durante 2025 se registraron 669.400 primeras solicitudes de asilo de ciudadanos de países no pertenecientes a la Unión Europea, un 27 % menos que en 2024. Los venezolanos encabezaron la lista, seguidos por afganos y sirios. España recibió el mayor número de solicitudes, por delante de Italia, Francia y Alemania.
Estos datos corresponden a solicitudes de protección internacional y no representan el total de inmigrantes ni permiten determinar cuántos son musulmanes. Tampoco demuestran que la migración sea la causa directa de los recientes disturbios. Sin embargo, la presión sobre la vivienda, los servicios públicos, la seguridad y la integración continúa alimentando un debate que divide a gobiernos y ciudadanos.
A la vez, las preocupaciones por el extremismo religioso y la presencia de organizaciones radicales forman parte de las discusiones de seguridad en distintos países. No obstante, la existencia de células religiosas concretas debe sustentarse en investigaciones o informes verificables, y no puede confundirse con la presencia de comunidades musulmanas, cuya diversidad impide tratarlas como un bloque homogéneo.
Quince años después de la muerte de Gadafi, su advertencia se mantiene como una de las controversias más incómodas sobre las consecuencias de aquella guerra. Libia continúa fracturada y Europa afronta tensiones migratorias, protestas sociales y episodios de violencia que desafían a sus gobiernos.