Un equipo de socorristas jordanos logró rescatar ayer martes con vida a un niño de tres años que había quedado sepultado bajo los escombros por los dos terremotos que sacudieron a Venezuela el 24 de junio. El rescate del pequeño se considera una muy rara excepción, al ocurrir seis días después de los sismos de magnitud 7,2 y 7,5 que causaron casi 2.000 muertes.
Los expertos estiman una ventana de 72 horas para lograr sacar con vida a las personas sepultadas en un terremoto. En las imágenes difundidas por las autoridades jordanas se puede ver al niño, que no parecía dar señales de vida, extraído de los escombros por los socorristas en horas de la madrugada y llevado rápidamente cubierto por una manta a una ambulancia.
El niño recibió los primeros auxilios y fue trasladado luego a un hospital, indicó un comunicado de la Defensa Civil de Jordania. El video, que se reproduce viralmente en las redes sociales, también fue transmitido por la televisión oficial venezolana VTV. Según el parte oficial del gobierno de Venezuela, ayer martes solamente ha habido ese rescate.
El lunes habían sido sacadas con vida de entre los escombros cuatro personas, frente a 2.407 el primer día en el estado de La Guaira, zona cero de los sismos ubicada a unos 40 km de Caracas. En total, 6.461 personas fueron rescatas en La Guaira hasta ayer martes.
Según los cálculos oficiales, el día de los sismos había unas 30.000 personas en ese estado costero, entre las localidades de Catia La Mar y Caraballeda, de las cuales entre 13.400 y 13.500 lograron salir “por sus propios medios o ayudados por amigos y familiares”. “Podemos estar en una cifra de 19.861 personas que salvaron la vida en La Guaira”, declaró ayer martes el presidente del parlamento, Rodríguez, quien se ha encargado de dar los balances oficiales de la tragedia.
Fuente: AFP.
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Venezuela: la vida se apaga tras 72 horas bajo los escombros
Rescatistas piden silencio al escuchar a un sobreviviente entre las ruinas de un edificio colapsado por los potentes terremotos en Venezuela. Gritan “¡Jonathan!”, y Bárbara Palacios comienza a temblar: es el nombre de su esposo que está entre los escombros. “¡Aquí, aquí! ¡Gracias, padre!”, exclama al cielo Palacios, de 34 años. Jonathan Suárez, un vendedor de 36 años, quedó atrapado entre los restos de una licorería de un pequeño hotel de cinco pisos en el balneario de La Guaira que se borró del mapa tras los sismos de 7,2 y 7,5 que sacudieron Venezuela.
“Todo se vino abajo, intentó salir y no le dio chance”, cuenta conmocionada. La adrenalina la invade, las lágrimas le corren. “Sí, está vivo, sí”, consigue decir temblorosa, esperanzada. Pero el tiempo pasa. En ese momento, iban casi 72 horas y los rescatistas ya no lo escuchan. Palacios aún no lo asimila. No quiere creer que Jonathan se sumará a la estadística de casi 2.000 muertos de la tragedia.
“A punta de pura mano”
La brigada de rescate tardó en llegar como en muchos lugares de La Guaira, la zona cero del desastre invadida por un fuerte hedor a descomposición que opaca su característico olor a salitre.
La gente trató de mover los escombros con sus propias manos, mientras esperaban por la ayuda que no llegaba. Una historia repetida en esta tragedia.
“Pasaban de largo”, recuerda indignada Palacios, que decidió bloquear el paso de la vía principal junto a los familiares de al menos cinco personas también atrapadas.
El caos forzó a Protección Civil, bomberos y algunos voluntarios a abocarse a ese edificio caído.
Mientras avanza la operación, Palacios bebe sorbos de agua, se mueve inquieta frente a la estructura destruida. Los escombros pasan de mano en mano por una cadena humana de decenas de voluntarios.
Luis Flores toma un balde lleno de baldosas rotas, piedras y polvo, lo lanza a un costado. “Es muy duro. Esto lo estamos haciendo a punta de pura mano”, se queja este comerciante de 54 años.
“Hemos sacado cuatro vivos, entre esos una niña. Tres muertos”, cuenta como un rezo.
Una planta eléctrica da vida a un gastado esmeril, mientras una bombona de oxígeno y otra de gas combustible producen oxicorte que abre paso entre vigas, acero, cabillas.
“El gobierno no estaba preparado para atender un desastre como este”, cuenta Jesús, un voluntario que prefiere reservar su apellido.
“Incrédula”
Una retroexcavadora llega casi a las cinco de la tarde. “¡Por fin llega maquinaria!”, exclaman algunos entre aplausos.
La máquina abre en minutos grandes boquetes que la fuerza humana tardó horas en romper.
Palacios no se quiere mover. Mantiene el caminar nervioso frente a las ruinas donde los brigadistas escucharon voces de su marido.
“Yo no me voy de aquí hasta que saquen a mi esposo”, afirma.
No tiene casa adonde volver, quedó también destruida por los sismos. Un familiar le dio refugio.
Está a punto de caer el sol cuando 25 miembros del Ejército de México se presentan en el lugar con perros adiestrados para el rescate, como parte de varias brigadas extranjeras que han llegado al país.
Dos caninos buscadores suben y bajan por las ruinas varias veces, olfatean sin éxito.
Los uniformados exigen silencio con voz de autoridad a los cientos de personas atraídas por la retroexcavadora. Es difícil: las bocinas de un enjambre de motorizados con agua y donativos no cesan.
“¿Hay alguien ahí? ¡Haga un grito o un ruido! ¡Ahora!”, grita un oficial al vacío.
Tres uniformados en formación avanzan al unísono con pasos firmes sobre la estructura irregular, se inclinan y acercan su oreja a los escombros.
Seis horas después de los primeros sonidos, nada.
La noche se fue en sacar escombros, aún sin rastros de Jonathan. Pasada la ventana de las 72 horas, la búsqueda seguía entre el silencio. Bárbara está “en estado de shock”, explica su hermana Alix Palacios, de 37 años. Parece “todavía incrédula a asimilar la realidad”.
Fuente: AFP.
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Venezuela: los sobrevivientes del terremoto se aferran a la solidaridad
Las filas en busca de ayuda se multiplican en La Guaira. Tras quedar en la calle, los sobrevivientes de los terremotos que sacudieron Venezuela el 24 de junio recurren ahora a las donaciones. Voluntarios y miembros de la sociedad civil se organizaron por cuenta propia para responder a la tragedia que ya deja cerca de 2.000 fallecidos y más de 15.000 damnificados, según cifras oficiales.
En una ola de solidaridad, la ayuda viene de toda Venezuela, donde las personas realizan colectas y caravanas para ayudar. Vehículos particulares reparten agua, comida y otros insumos como papel higiénico y jabón. Camiones de la oenegé World Central Kitchen recorren la ciudad costera, la zona cero del desastre.
“Sin esto no sé como haríamos”, dijo Nataly Cardona, de 24 años, que consiguió salir con vida de su apartamento. Ahora debe acampar en la calle. “Pasamos las horas que tengamos que pasar, dependiendo de la necesidad que tengamos”, dijo Raoni Izaguirre quien llevaba una hora en una fila bajo el sol caribeño. Acogido por un familiar tras perder su casa en la zona de Naiguatá, Izaguirre dijo que las donaciones son indispensables.
A medida que pasan las horas se hace más difícil conseguir comida o agua en los mercados del estado prácticamente reducido a ruinas. Para quienes no lo perdieron todo en los terremotos, ayudar era apremiante. “Yo siento que me da cargo de culpa comer, porque cada vez que como pienso que hay alguien que no tiene qué comer”, comentó Aysmar López, una joven que cocinó y llevó almuerzos a algunos refugios.
Voluntariado médico
Médicos y veterinarios también llegaron a La Guaira. Kerlis Artigas, una médico internista de 30 años, vino de otro estado junto a colegas de varias especialidades y a estudiantes que crearon la “Brigada Rosa” para atender a quien necesite y donar medicinas.
El grupo, identificado con brazaletes rosas, conversó ayer martes con las personas acampadas en un refugio improvisado en un campo de golf, donde también funcionan instalaciones médicas móviles en las que actúan doctores de México, Italia, El Salvador, entre otros.
Hipertensión arterial, crisis nerviosas, problemas respiratorios, fiebre y deshidratación son los males más comunes en este lugar donde cientos de personas duermen en carpas, dijeron varios médicos consultados.
Veterinarios como Jesús Pérez, quien practica en la vecina Caracas, trajo alimentos, sueros y medicinas para atender a las mascotas que presentan heridas o problemas de deshidratación.
“También formamos una red de comunicación porque queremos ayudar a conectar a los perritos y gatos rescatados con sus dueños, es lo mínimo que podíamos hacer”, dijo Pérez.
“Se cruzan de brazos”
En La Guaira, cuyas calles asemejan un escenario posbélico, las autoridades también establecieron puntos de asistencia. Los sobrevivientes se sienten más acogidos por los extranjeros y los voluntarios que por su gobierno. “Aquí ni el alcalde, ni el gobierno, ni Delcy (Rodríguez, la presidenta interina), ni nadie”, dijo Tibisay Méndez.
“Aquí están ayudándonos la gente que viene de afuera (...) y los policías y los funcionarios que han mandado para acá en las estructuras se paran a tirarse fotos y hacer TikTok”, reclamó. Raoni Izaguirre dijo que “la inacción del Gobierno no se justifica”. “Si Venezuela tenía muchos recursos, los organismos del Estado podrían hacer uso de ellos para ayudarnos a nosotros”, dijo. “Pero se cruzan de brazos y solo esperan que ese apoyo que tanto necesitamos venga de otros países”.
Fuente: AFP.
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“Nunca me desesperé”, así sobrevivió una venezolana 48 horas bajo los escombros
Andrea Canónico se concentró en su respiración para mantener la calma bajo los restos de un edificio colapsado por los dos terremotos en Venezuela. Afuera Moisés Faramaya, “el Topo”, usaba su experiencia de minero para salvar personas atrapadas en ese mismo lugar. Canónico, de 23 años, pasó casi 48 horas atrapada antes de su rescate. Los sismos de magnitud 7,2 y 7,5 han causado casi 2.000 muertos. Y ahora espera que su hermano de 20 años y su tía de 91 puedan salir con vida de allí.
“Lo principal de todo este momento es que nunca me desesperé”, relata Canónico a la AFP en Los Corales, en el estado de La Guaira, la zona cero de los sismos. “Yo me dije voy a dormir”, evoca la joven. “Esto está en pleno desastre. Seguramente va a seguir temblando. Me voy a quedar tranquila, no me voy a agitar por el tema de la respiración”.
Según Canónico, tuvo un espacio que le permitía sentarse, aunque encima de ella había unos seis metros de escombros. “Tenía mi teléfono, eso sí, mi teléfono me acompañó todo ese tiempo”, dice, y le sirvió para saber la hora e iluminar el lugar. Más arriba de ella, había un hombre con el cual se pudo comunicar. Él fue rescatado al día siguiente, y avisó que también estaba ella a la espera de salir.
“Encima de mí había un hueco por el que yo me pude trepar. Pasé por un mueble que había y pude llegar al otro hueco que estaban haciendo los rescatistas y por ahí fui escalando y ellos me fueron jalando y pues pude salir”, describió con los brazos aún vendados hasta los codos.
“El topo” del Callao
“¡¿Hay alguien con vida aquí?!”, ha gritado incontables veces Moisés Faramaya, un voluntario de 26 años que dice haber rescatado con vida a 16 personas y recuperado 22 cuerpos en la zona del desastre. “Golpeé dos veces y escuché cómo rasguñaban una pared. La persona estaba presionada y tenía movimiento de mano. Y la saqué con vida”, relata sobre uno de sus rescates, que ejecuta “a punta de pico y pala”.
Lo conocen como “El Topo” y afirma ser bueno para excavar porque trabajó seis años en las minas de El Callao, en el estado Bolívar (sur), rico en oro y piedras preciosas. Los bomberos y expertos piden su ayuda. Casi no come ni duerme. Solo fuma cigarrillos en sus breves recesos para “mantenerse activo”. “No es fácil el trabajo que uno hace metido ahí, el polvo, el olor a personas muertas que ya se están descomponiendo. Pero aquí vamos, perseverando”, agrega este joven de 26 años.
Esperanza, desesperanza
Días atrás las autoridades daban por muertos a todos los habitantes del edificio donde vivía Canónico. Alexander García, un mesero de 44 años, escuchó a bomberos declarar “Código 14” que, según indagó, significa “que están todos muertos”. Pero, un escáner estadounidense y perros españoles encontraron rastros de vida y reactivaron la esperanza de decenas de familiares.
“La emoción de que estén vivos vuelve otra vez a renacer”, afirma a la AFP esperanzado en reencontrarse con sus dos hermanos atrapados. García insiste en que sus hermanos “están vivos”. “Todos los escucharon, todos”, repite este hombre, cuya madre fue extraída de entre los escombros, pero murió después.
En los Corales la oscuridad se instala, pero los esfuerzos de rescate continúan con linternas bajo la mirada de decenas de personas esperanzadas. En la madrugada del martes, una fuerte lluvia cae sobre La Guaira y diluye los ánimos. Las labores de rescate se suspenden. Seis después de la tragedia las esperanzas de seguir sacando personas con vida se alejan.
Fuente: AFP.
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Venezuela continúa la desesperada búsqueda de supervivientes entre hambre y desamparo
Casi una semana después de los terremotos que dejaron casi 2.000 muertos y decenas de miles de desaparecidos, Venezuela continúa la desesperada búsqueda de supervivientes, mientras intenta atender a los muchos que se quedaron sin techo ni sustento. La urgencia humanitaria se acentúa en Venezuela ante la falta de alimento y techo para decenas de miles en la calle tras los movimientos telúricos.
La tensión aumenta en el estado de La Guaira, el más devastado, con una escasez de comida “generalizada” y servicios básicos que colapsaron, advirtió el martes el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). “Aquí dan provisiones, pero a veces se matan por la comida(...), esto es como una gallera (...), ayer se entraron a golpes, es una locura”, dijo a la AFP Daniela Armas, de 18 años, suturada en un pie y temerosa de volver a su apartamento agrietado de Catia La Mar, en La Guaira.
En tanto, los rescatistas continúan la búsqueda de sobrevivientes. Aunque las posibilidades disminuyen, se aferran al milagroso rescate el martes de un niño de tres años hallado con vida por socorristas jordanos bajo los escombros de un edificio. La AFP acompañó a un equipo de rescatistas estadounidenses la noche del martes en un conjunto residencial de dos torres en Catia la Mar, donde esperaban encontrar sobrevivientes.
Sin embargo, el equipo se retiró después de no poder establecer la presencia de personas con vida. Una sobreviviente, Andrea Canónico de 23 años, relató que pudo sobrevivir 48 horas bajo seis metros de escombros gracias a que pudo mantener la calma. “Lo principal de todo este momento es que nunca me desesperé”, relató Canónico a la AFP en Los Corales, estado de La Guaira.
El número oficial de fallecidos aumentó el martes a 1.943, según el balance oficial. Pero la ONU estima en unos 50.000 los desaparecidos tras los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 del 24 de junio, de los más violentos registrados en Latinoamérica. Aunque el gobierno elude referirse a los desaparecidos, asegura que el día de los sismos había unas 30.000 personas en La Guaira, de las cuales 6.461 fueron rescatadas y más de 13.000 salieron por sus propios medios o ayudadas por familiares y amigos. Del resto, nada se sabe.
Riesgo de enfermedades
Las necesidades son de tal magnitud que el Programa Mundial de Alimentos de la ONU solicitó a la comunidad internacional 50 millones de dólares para alimentar a unas 500.000 personas durante tres meses. Antes de la tragedia, la ONU cifraba en casi 8 millones las personas que necesitaban ayuda humanitaria en Venezuela. Su oficina para los refugiados alertó sobre tensiones en aumento por el acceso “limitado” a la ayuda.
A la urgencia de alimento y refugio se suma el riesgo de epidemias. La Organización Mundial de la Salud advirtió de la “presión extrema” sobre los servicios sanitarios y el riesgo de enfermedades como sarampión, difteria y tos ferina. “Faltaría más ayuda”, dice Diorjailis Escalona, médico de 23 años, quien pese a sentirse “derrumbada” ayuda como voluntaria y agradece el apoyo internacional con rescatistas, medicinas y alimentos.
El gobierno contabiliza de su lado unos 16.000 damnificados, cifra muy lejana del estimado de la ONU de siete millones de personas en esa condición. El puerto de La Guaira, que había quedado fuera de servicio junto con el principal aeropuerto de Venezuela, fue reactivado por los Marines estadounidenses para acelerar la entrada de asistencia.
Búsqueda angustiosa
El gobierno militarizó La Guaira y exige un permiso para acceder a la zona de desastre. Un total de 27 países han movilizado cerca de 40 equipos de búsqueda y rescate, que ayer martes seguían escarbando entre amasijos de hierro y concreto. Son más de 2.000 efectivos y personal junto con más de 160 perros, según la ONU. El organismo anunció que suministrará 10.000 bolsas mortuorias, aunque espera que el balance final sea inferior.
Parte de la familia de Soraida Torrealba la busca entre las ruinas de su edificio en La Guaira. “Siento que estoy atada de manos porque no la encuentro, no sé nada de ella”, se lamenta su hermana Rosanna Luna, de 44 años. Fotos de niños, ancianos, parejas, junto con sus nombres y descripción, así como un número de teléfono para recibir datos, inundan las redes sociales.
La NASA calcula que 58.000 edificios resultaron dañados o destruidos. Y la ONU estima daños materiales por 6.700 millones de dólares, 6 % del PIB del país petrolero. En medio de la devastación, damnificados como Juan Cordero, un técnico de fútbol aficionado, animaba el martes a jugar a un grupo de niños en un campamento improvisado en Catia La Mar.
Fuente: AFP.