Anaís Castro tenía 14 años cuando salió por primera vez a la calle. Era una adolescente, una estudiante de bachillerato, una chica que todavía no sabía qué era una bomba lacrimógena ni si podía matar. La primera le cayó en los pies. Sintió que el cuerpo se le apagaba. Pensó que se moría. Ese día entendió que crecer en Venezuela significaba aprender demasiado pronto lo que era el miedo.

Su historia, compartida en el espacio Perros de la Calle, es el relato de una vida atravesada por la violencia, la humillación y el exilio. Pero también por la dignidad de quienes, aun rotos, siguen de pie.

Las protestas llegaron antes que la adultez. Llegaron la escasez, la falta de alimentos, de medicamentos, de gasolina. Llegó la normalización del horror. Años después, cuando una parálisis facial la dejó al borde del colapso, Anaís fue llevada de urgencia a un centro de salud. Antes de atenderla, un médico le hizo a su madre una sola pregunta: “¿Usted es chavista?”. La respuesta definía si su hija merecía o no atención médica. “Ahí entendí que en mi país la vida tenía color político”, recordó.

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Fue voluntaria en el hospital de niños de Caracas. Lo dejó cuando vio morir a una niña quemada porque el hospital se caía a pedazos y la herida se infectó por el polvo. “No aguanté más”, dijo. El alma también se quiebra.

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Luego vinieron los años más oscuros. Estudiantes asesinados. Compañeros secuestrados y torturados. Amigos enviados al otro lado del mundo para intentar sobrevivir al trauma.

En 2017, cuando las protestas estudiantiles alcanzaron su punto más sangriento, Anaís ayudó a organizar apoyo para quienes marchaban sin armas. La represalia fue brutal: cinco hombres de la Guardia Nacional secuestraron a la madre de su amiga, la golpearon, la humillaron, la quebraron para enviar un mensaje. “Para que su hija dejara de organizarse”, contó. Su amiga huyó a España. Nunca volvió.

El miedo ya no era una posibilidad. Era una certeza. Anaís salió a marchar no por ideología, sino por amor. Para que no mataran a su hermano. “Si yo no salía con él, él iba a estar al frente y lo podían matar”, dijo. Caminó Caracas con pánico, sabiendo que cualquier día podía ser el último.

El exilio tampoco fue un alivio. En el aeropuerto de Maiquetía fue retenida por la Guardia Nacional, desnudada, extorsionada, obligada a pagar para salir del país con medicamentos. Días después, su madre fue secuestrada junto a una niña de dos años. La soltaron solo cuando Anaís transfirió todos sus ahorros. Más tarde, tuvo que sobornar a un funcionario para conseguir un pasaporte y sacar a su abuela del país. “Me sentí una criminal pagando por mi identidad”, confesó, mientras cientos la insultaban por poder hacer lo que ellos no podían.

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Ni siquiera desde afuera terminó el sufrimiento. En 2019, su tío murió tras pasar casi 12 horas con un infarto sin ser atendido en un hospital venezolano. Anaís lo vio morir por televisión. “A mí no me mataron a nadie en la calle”, aclaró. Y aun así, la herida es inmensa. Por eso, cuando recibió la noticia de un golpe simbólico contra quienes gobernaron su vida con miedo, decidió celebrar. No por odio. No por venganza. Por supervivencia.

“Tengo derecho a alegrarme”, dijo. “Nos contaminaron el alma, el corazón. Nos quitaron demasiado. No nos quiten también la alegría”, relató.

Hoy, mientras dentro de Venezuela la gente borra mensajes de sus teléfonos por miedo a ser detenida, mientras periodistas callan para no desaparecer, Anaís pidió algo simple y humano: respeto. “No te pido que lo entiendas. Te pido que pienses dos veces antes de juzgar”.

Su testimonio no es solo una historia personal. Es la voz de millones que cargan un país roto en la espalda. Es el grito de quienes perdieron casi todo, menos el derecho, aunque sea por un instante, a sentir que algo de justicia todavía existe.

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