Artur Palma, encargado de la funeraria Velhinho en Amadora, en las afueras del oeste de Lisboa, responde a una nueva llamada telefónica. Del otro lado de la línea, un hogar de ancianos de los alrededores, donde uno de los inquilinos murió de COVID-19.

Sin demora, su empleado José Santos se equipa siguiendo al pie de la letra las nuevas reglas sanitarias: traje de protección, guantes y mascarilla quirúrgica, para evitar cualquier contagio.

Ante la explosión del número de muertes relacionadas con el COVID-19 durante una tercera ola muy virulenta en Portugal, las pompas fúnebres están al borde y redoblan la vigilancia en materia de seguridad sanitaria.

Según los datos recogidos por la AFP, Portugal es actualmente el país más afectado del mundo por el virus, en proporción a su población de 10 millones de habitantes.

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Hasta la fecha, el balance total de la pandemia asciende a más de 12.000 muertos, de los cuales casi la mitad fallecieron desde el comienzo del año. El país fue sometido el 15 de enero a un segundo confinamiento general.

Actualmente, el Velhinho realiza entre tres y cuatro viajes por semana a los hogares de ancianos a causa del coronavirus. El número de fallecidos atendidos se ha triplicado con respecto al mes de enero del año pasado, explica José Santos, al volante del coche fúnebre.

Es un verdadero caos

En el hogar de ancianos, un cuerpo es colocado en una bolsa mortuoria antes de ser transportado en una camilla y colocado en el vehículo de la funeraria.

“Esto tiene que ser así ahora, con las medidas de seguridad e higiene, ahora nos dirigimos a nuestras instalaciones para hacer todo lo demás”, dice el hombre de 62 años.

En la funeraria, la fase de preparación continúa en un garaje amoblado, en medio de pilas de ataúdes nuevos de madera ornamentada. Artur Palma y José Santos completan su equipamiento con protecciones médicas para los zapatos, gafas especiales, batas y máscaras antigás.

Durante la preparación de los cuerpos, los dos hombres abren primero la tapa del ataúd y colocan el cuerpo envuelto en una sábana. No se practica ningún tratamiento debido a los riesgos de contagio. En su lugar, todo se rocía con desinfectante.

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Luego viene la etapa del sellado. También en este caso, se refuerzan las medidas de higiene. Después de cerrar el ataúd, recubren los bordes con una larga cinta adhesiva y luego lo envuelven con varias capas de celofán.

El difunto es luego transferido a la cámara frigorífica mortuoria, donde todo el espacio está ocupado por víctimas del COVID-19.

“Es un verdadero caos, hay tantas muertes, no tenemos lugar para almacenar tal número de cuerpos, todo está sobrecargado. Con el COVID-19, ya he perdido a mi tía, mi primo, mi padre y mi abuelo”, lamenta Palma.

En Velhinho, sólo son cuatro para hacer frente a la afluencia de muertos de las últimas semanas. “Es muy complicado para nosotros pero también para nuestras familias, que por suerte están allí para darnos apoyo”, dice Santos, fumando su cigarrillo.

“Es una carga enorme a todos los niveles, físico, psicológico, dormimos poco, alcanzamos nuestro límite y llegamos al borde”, abunda Palma.

Fuente: AFP.

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