«Salud mental: estamos juntos en esto» es el lema que marca rumbo a la OMS en 2018. ¿El enfoque? Cuidar el futuro. Atender a niños, adolescentes y jóvenes. Recomendaciones para crear resiliencia, prevenir problemas y tratar eficazmente trastornos.
“El uso cada vez mayor de las tecnologías en línea, que sin duda aporta muchos beneficios, también puede generar tensiones adicionales, pues cada vez es mayor la conexión a las redes virtuales en cualquier momento del día o la noche, señalan desde la Organización Mundial de la Salud. Esto haciendo referencia a personas en edades en los que se producen muchos cambios: cambio de colegio o de hogar, entrada en la universidad o en el mundo laboral.
Estrés o aprensión parecen ser monedas corrientes del Siglo XXI. Sin embargo, los especialistas piden prestar atención, pues en algunos casos, si no se reconocen y controlan, estos sentimientos pueden causar enfermedades mentales.
Antes de los 14 años
La mitad de las enfermedades mentales comienzan antes de los 14 años. La depresión muchas veces no se detecta ni trata. ¿Cuáles son las consecuencias? El suicidio es la segunda causa de muerte entre los 15 y los 29 años. El uso del alcohol y de drogas ilícitas puede generar comportamientos peligrosos, prácticas sexuales de riesgo o la conducción temeraria. Otro problema son los trastornos alimentarios.
Creación de resiliencia
La promoción de la resiliencia mental (capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a situaciones adversas.) a edades tempranas benefician a la salud la economía y la sociedad, destaca OMS.
“Adultos jóvenes sanos podrán contribuir mejor a la fuerza laboral, a sus familias y comunidades, y a la sociedad en su conjunto”. Pero, ¿cómo se crea esta resilencia? Los padres y los profesores pueden contribuir a crear en los niños y adolescentes aptitudes que les ayuden a hacer frente a los retos que se encontrarán cada día en casa y en la escuela. En las escuelas y otros entornos comunitarios se puede prestar apoyo psicosocial, y, por supuesto, se puede iniciar, mejorar o ampliar la capacitación de los profesionales sanitarios para que puedan detectar y tratar los trastornos mentales.
La inversión pública y la participación de los sectores social, de salud y de la educación en programas integrales, integrados y basados en evidencias para la salud mental de los jóvenes son esenciales. Esta inversión debe vincularse con programas que den a conocer a los adolescentes y a los adultos jóvenes cómo cuidar su salud mental y que ayuden a sus compañeros, padres y maestros a saber cómo prestar apoyo a sus amigos, hijos y alumnos.
Salvar brechas
Los trastornos mentales, neurológicos y por abuso de sustancias se dan en todo el mundo. Son factores que contribuyen a la morbilidad y a la mortalidad prematura en un 14%.
La depresión es un trastorno que se puede diagnosticar de forma fiable y que puede ser tratado por no especialistas en el ámbito de la atención primaria.
El suicidio figura entre las 20 causas de defunción más importantes a todas las edades a nivel mundial. Cada año se suicida casi un millón de personas. Hay indicios de que, por cada adulto que se suicidó, posiblemente más de otros 20 intentaron suicidarse.
La demencia es un síndrome que implica el deterioro de la memoria, el intelecto, el comportamiento y la capacidad para realizar actividades de la vida diaria. Aunque afecta principalmente a las personas mayores, la demencia no constituye una consecuencia normal del envejecimiento.
En mayo de 2017, la Asamblea Mundial de la Salud respaldó el Plan de acción mundial sobre la respuesta de salud pública a la demencia 2017-2025, que establece una serie integral de medidas para la sensibilización sobre la enfermedad y el establecimiento de iniciativas destinadas a promover la adaptación a la demencia; la reducción del riesgo ; su diagnóstico, tratamiento y atención; la investigación e innovación o el apoyo a los cuidadores de las personas con demencia.
Los recursos que se han proporcionado para afrontar la enorme carga de los trastornos mentales se han distribuido desigualmente y se han utilizado de modo ineficaz, lo que ha supuesto una disparidad en materia de tratamiento superior al 75% en muchos países con ingresos bajos y medios-bajos.
“El estigma y las violaciones de los derechos humanos de las personas que padecen estos trastornos agravan el problema”, reconoce OMS.

