La cuarta edición del evento convoca a las bandas más destacadas de la escena local.
El Centro Cultural Puerto de Asunción albergará esta noche, a partir de las 21:00, a una nueva edición del Rock en PyFest, que en su cuarta edición convoca a destacas agrupaciones de la escena local. El rock paraguayo se pone en modo de celebración al cerrar el año con una cita que reúne al público junto a sus ídolos. Entre las agrupaciones que se suman a esta edición se destaca Salamandra, que festeja sus 25 años sobre los escenarios, con un álbum nuevo que terminará de ver la luz este año, y del cual se desprenden ya los sencillos de “La Mentira” y “Cigarrillo”. También se presentará Gaia, vigentes desde 1997 y con su nuevo álbum “Dopamina” que ya suena en todas las radios y plataformas de streaming.
MÁS AGRUPACIONES
Otro proyecto presente será Los Ripe Banana Skins que le pondrán la dosis de ska punk tan necesaria en este tipo de encuentros, mientras que El Culto Casero, que están también en pleno tour de su nuevo material discográfico, subirá a escena al atardecer. Así mismo, se presentarán con lo mejor de su repertorio Deficiente, La Nuestra con su música fresca y, presentando también su nuevo trabajo, Nightbound y Arritmia.
La edición 2025 contó, por primera vez, con un concurso nacional de bandas emergentes, que definió la participación de los ganadores: Zeiten, Delta Cream y Rocanova. Entre tanto, en el Escenario Fans se presentarán Overgod, tributo a Metallica; SuperSonic (Green Day), XL (Deftones) y School of Rock
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¿Es posible una república en Paraguay sin una cultura del mérito?
- José Duarte Penayo
- Filósofo
- Presidente de ANEAES
Un joven paraguayo se gradúa tras cinco años de esfuerzo en una carrera que le prometía un futuro profesional y descubre que el mercado laboral demanda competencias que su formación apenas rozó. Tiene un título, tiene voluntad, pero entre lo que estudió y lo que el país necesita hay una distancia que nadie le advirtió a tiempo. Esta escena se multiplica cada año y condensa un problema que excede a la persona, porque se trata de un sistema que emite credenciales con indiferencia respecto de si el talento que certifica responde a las capacidades que la sociedad requiere.
La frustración que genera esta experiencia merece atención. Una sociedad que forma jóvenes y carece de caminos reales para traducir ese esfuerzo en reconocimiento e inserción produce desafección, desconfianza institucional y, eventualmente, fuga de talento. Cuando esto se vuelve masivo, el título pierde valor como señal de competencia y la educación ve mermada su legitimidad como vía de progreso. El mérito queda así convertido en un esfuerzo estéril.
La discusión sobre la meritocracia atraviesa una coyuntura intensa desde hace un tiempo. Michael Sandel, en “La tiranía del mérito”, argumentó que la glorificación del éxito individual erosiona los vínculos de solidaridad, genera lo que denominó “soberbia meritocrática” en los ganadores y una humillación corrosiva en quienes quedan atrás. Así, para Sandel, el mérito convertido en principio absoluto termina justificando la desigualdad como destino merecido. Su diagnóstico se apoya en una observación precisa de las sociedades más ricas, donde la brecha entre los graduados de universidades de élite y el resto de la población se convirtió en fractura cultural que debilita la cohesión democrática.
Mucho antes, desde el punto de vista clásico de la sociología francesa, Pierre Bourdieu mostró que el sistema educativo opera como mecanismo de “reproducción social”. La modernidad habría producido, para este autor, una continuidad entre las viejas aristocracias de sangre y las nuevas aristocracias del diploma, donde el título universitario funciona como nuevo título de nobleza que consagra desigualdades previas bajo la apariencia de una competencia abierta. La credencial educativa legitima lo que fue transmitido por herencia patrimonial, capital cultural familiar y redes de acceso privilegiado, como se puede leer en uno sus trabajos más importantes, “Los herederos: los estudiantes y la cultura”.
Por su parte, John Rawls, en su “Teoría de la justicia”, distinguió la “igualdad formal de oportunidades” –que abre la competencia sobre una cancha inclinada por dones naturales, riqueza heredada y origen social– de la “igualdad equitativa de oportunidades”, que exige a las instituciones balancear esos factores ajenos al mérito para garantizar un punto de partida realmente equitativo.
El mérito genuino, en términos rawlsianos, presupone educación de calidad verificada, evaluación transparente y señales confiables entre formación y empleo. Bien entendido, el mérito exige más república, más normas y más Estado social de derecho, porque sin esas condiciones el concepto mismo pierde sentido.
Resulta fundamental situar las críticas hacia la meritocracia dentro de sus contextos específicos para entender su alcance. Tanto Bourdieu como Sandel escriben desde sociedades con alta fortaleza institucional, donde las trayectorias profesionales mantienen una estructura definida y los mecanismos estatales de evaluación académica y profesional operan con transparencia relativa.
La pregunta que surge al trasladar esta discusión a un país como Paraguay resulta directa: ¿cuál es la alternativa? En sociedades donde los mecanismos de reconocimiento del talento todavía están en construcción, la crítica abstracta a la meritocracia corre el riesgo de funcionar como un pretexto cínico para que todo siga dependiendo de la discrecionalidad o la inercia.
Paraguay atraviesa una transformación que otorga a este debate una urgencia inédita. Una generación joven con niveles de acceso a la educación superior superiores a cualquier etapa previa exige que su preparación encuentre un respaldo tangible en el sector productivo y en las instituciones nacionales. El diploma universitario entra en crisis debido a que solo el diez por ciento de las cinco mil carreras habilitadas cuenta con una acreditación de calidad, situación que se refuerza con el hecho de que en los últimos tres años se registraron cerca de 100 mil títulos sin sello de calidad de la ANEAES. Mientras la cantidad de títulos se multiplica, su efectividad como garantía de competencia profesional disminuye de forma constante.
Ante la ausencia de mecanismos que conecten formación con necesidades reales, el mercado laboral termina reemplazando la evaluación formal por criterios informales.
La comunidad nacional y el individuo que desarrolla sus capacidades deben pensarse en conjunto. Raymond Boudon, al cuestionar la rigidez estructural del modelo de Bourdieu, demostró que las decisiones individuales y la agencia de los actores tienen efectos reales sobre las trayectorias sociales, efectos que las instituciones pueden potenciar o bloquear.
Un diseño institucional inteligente puede alinear la suma de méritos individuales con las potencialidades productivas del país, a través de la formación pertinente en sectores estratégicos. Asimismo, la profesionalización de la función pública genera señales claras sobre la vinculación entre los estudios y las necesidades reales. Cuando esa alineación funciona, el reconocimiento del talento se transforma en una política de desarrollo.
Si el concepto sustantivo de lo político, como lo piensa la teoría política contemporánea, es la capacidad de impulsar procesos instituyentes de ruptura y la vocación de fundar un orden más justo, la verdadera posición antipolítica es aquella que, bajo una crítica simplista de la meritocracia, se complace en gestionar una realidad que ya no interpela ni convence a las grandes mayorías, administrando un statu quo sin legitimidad y eludiendo el coraje de impulsar transformaciones, aunque sean mínimas.
Nuestro país puede y debe construir un sistema donde el mérito sea reconocido, verificado y conectado con el destino de la nación, siempre bajo el horizonte de la solidaridad social.
La alternativa real a la meritocracia mal entendida es la meritocracia bien construida, que contemple reglas claras, instituciones que la sostengan y una república que haga del talento individual un bien público.
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Una nueva expografía pone en valor la rica historia de la música nacional
- Jorge Zárate
- jorge.zarate@nacionmedia.com
- Fotos: Jorge Jara
Un extraordinario paseo por los documentos, partituras y objetos de autores y compositores de la música nacional propone la nueva expografía de la Casa Bicentenario de la Música Agustín Pío Barrios Mangoré, reabierta desde esta semana.
“Estamos muy contentos de reabrir con esta muestra”, dice Diego Sánchez Haase, director de la Casa, que en el marco de la apertura realiza un ilustrativo paseo por las salas. “Abarca bien definidamente las dos facetas, la música popular folclórica, por un lado, y la música académica, por otro lado, y también un espacio de transición para los que trabajaron en ambas facetas”, comenta.
La puesta, a cargo de Carlo Spatuzza y Lea Schvartzman, quedó oficialmente inaugurada y puede visitarse de lunes a viernes de 8:00 a 15:00 y sábados, domingos y feriados de 9:00 a 17:00 en Cerro Corá 848 entre Tacuary y Estados Unidos.
El centro del hall de acceso de la histórica vivienda está ocupado por la guitarra de Mangoré, una Ramírez que utilizó entre 1910 y 1914, engalanando el espacio coronado por una de las bellas cúpulas del centro histórico asunceno.
En las salas de la casona, construida para vivienda familiar por la familia Arce a fines de 1910, que destaca por su estilo neoclásico, se dispusieron los diversos elementos. El paseo guiado por Sánchez Haase comienza con la sala de la música popular que tiene instrumentos emblemáticos como el arpa de Félix Pérez Cardozo, aquella que en los años 30 del siglo XX hizo construir al lutier Epifanio López con las 36 cuerdas con que hoy la conocemos.
También están allí las guitarras de Emiliano R. Fernández, Efrén “Kamba’i” Echeverría, Mauricio Cardozo Ocampo, Epifanio Méndez Fleitas, Herminio Giménez, Demetrio Ortiz y Agustín Barboza.
VALIOSO ACERVO
El espacio alberga unas 100 poesías de Emiliano Re, poemas de Teodoro S. Mongelós, una colección de flautas de Mauricio Cardozo Ocampo de la época de su conjunto Perurimá y el bandoneón de Herminio Giménez, por citar objetos principales del valioso acervo.
Ante la vitrina que atesora trombones e instrumentos de viento de la Banda de la Policía, Sánchez Haase recuerda que “allí se formó la generación de oro de la música nacional”, apuntando el paso por la misma de José Asunción Flores, Carlos Lara Bareiro y Mauricio Cardozo Ocampo, entre otros grandes nombres.
De Flores se preservan las notaciones musicales de sus primeros experimentos con “Marãpa reikuaase”, la obra que ayudaría al desarrollo final de la guarania. De Herminio Giménez el manuscrito de “Che trompo arasa”.
Para conmemorar el espíritu de la sala, el barítono Agustín Barboza, nieto del gran cantor, hace una conmovedora versión a capella de “Ruego y camino”, obra central del repertorio de su abuelo.
En destacado homenajea a los 100 años de su nacimiento, sorprenden allí en un escaparate especial el brillo del oro de 3 de los 8 discos de los que se hizo merecedor Luis Alberto del Paraná. Así también, obran su famoso globo, el micrófono y hasta un casete del preciado amarillo metal que galardonaron su reconocida carrera musical.
MÚSICA ACADÉMICA
La sala que homenajea la música académica tiene la guitarra Sanfeliú que Mangoré usó entre 1930/4 y sus manuscritos de “Julia Florida”, fechado en Costa Rica, y el del preludio de “La catedral”, del que hizo lo propio en La Habana en 1938.
La preside el piano que fuera de Susana Elizeche de Codas, a la que Sánchez Haase describe como “una niña prodigio” que daba conciertos desde muy pequeña. Cuenta la historia que el instrumento acogió las primeras pruebas de los escritos de Flores para la guarania con sus métricas no tan definidas como se puede constatar en los documentos presentes en la sala.
También están allí las partituras del Archivo Viladesau. “Paraguay tenía una editorial de música”, apunta el maestro dando cuenta de los más de 30 compositores nacionales que registraron sus obras de polca galopa todavía no escritas en el 6 x 8 que hoy define la esencia de la polca paraguaya.
“Hay obras de mujeres, de Anita Cohen, ‘Mi bandera’ por ejemplo”, cuenta revelando que son cinco de ellas que imprimieron partituras entre 1917/20.
OBJETO ESPECIAL
Tiene un lugar especial un gramófono que el coleccionista de arte Marcial Bordas rescató de una casa de empeños en San Lorenzo. “Tenía un disco en su interior, la primera grabación del Himno de 1914, ejecutada por la Banda del Jardín Japonés de Buenos Aires, bajo la dirección del maestro Gaetano D’Aló”, revela. Acto seguido, da paso a la escucha de ese tesoro y hace notar las diferencias con la versión definitiva que arreglara el maestro Remberto Giménez.
“En la última sala tenemos a los grandes académicos, Carlos Lara Bareiro, Remberto y Juan Carlos Moreno González”, apunta.
Define a Lara Bareiro como “el más grande director de orquesta del país”, recuerda la creación de la zarzuela paraguaya, con obras de gran impacto en taquilla como “La tejedora de ñandutí” o “María Pacurí”. También la formación de la Orquesta de la Asociación de Músicos persiguiendo el sueño de una Sinfónica Nacional que recién vería la luz en 2004.
“Y también renovamos la biblioteca, que lleva el nombre de Lara Bareiro y donde tenemos material de música y cultura paraguaya en general”, explica.
EL SONIDO DE MANGORÉ
En el auditorio que ahora lleva el nombre de Sofía Mendoza, una gran cantante lírica, el guitarrista y compositor Javier Acosta Giangreco, en una charla magistral, aborda la difícil tarea de intentar reconstruir el “sonido” de Agustín Pío Barrios Mangoré.
Tras una breve historia de la guitarra, en la que señala su presencia con formas diversas en el siglo XIX, hasta llegar al formato en que la conocemos gracias al lutier español Antonio de Torres. En el siglo XX los hermanos Manuel y José Ramírez en España la consolidan. Luego separan sus búsquedas, Manuel hace una guitarra más romántica, José una adecuada al toque del flamenco, con sonido más amplificado.
Una de estas últimas llega a manos de Mangoré, que reemplaza las cuerdas de tripa de oveja por unas de metal buscando un sonido mayor. Con ella graba sus primeros discos. Más tarde tendrá una Sanfeliú, más romántica, acaso la razón de temas como “Julia Florida”.
Corona la presentación con la ejecución de la “Danza paraguaya” en una guitarra que imita a una Ramírez, dispuesta como en los tiempos antiguos y consigue una sonoridad intimista. Luego pasa a una guitarra moderna, con materiales de construcción que evolucionan el sonido y la obra gana un sonido mayor. El aplauso del público agradece la buena lección y el legado del gran Mangoré que, según recuerda Sánchez Haase, en el decir de John Williams, guitarrista excepcional, “fue el compositor más grande de la historia de la guitarra”.
UNA EDITORIAL DE MÚSICA
Sánchez Haase da cuenta de una situación especial: “Es un déficit no tener una editorial paraguaya de música”, revela. Lo hace comparando la situación con la de los músicos que pudieron editar sus partituras en la Casa Viladesau, cuyo archivo ahora hace parte del acervo de la institución que dirige.
“Haría falta el establecimiento de una nueva editorial que pueda publicar la música contemporánea. Hay una cuestión comercial ahí también muy compleja porque yo sé que las editoriales pelean todos los días contra las fotocopias y contra las descargas de internet, así que no es fácil embarcarse en un proyecto como ese, pero realmente nos hace mucha falta”, relata.
“En mi caso particular, estoy publicando mi obra en España, por ejemplo, porque aquí no tenemos editoriales y es una carencia que es fuerte y que necesitamos que en algún momento podamos subsanar”, remata.
UNA MUESTRA ESPECIAL
El arquitecto y artista plástico Carlo Spatuzza comparte con Lea Schvartzman la responsabilidad de la puesta. “Fue un trabajo grande, de tres meses”, explica destacando los espacios de “esta maravillosa vivienda”.
Apunta que se hizo “una selección muy detallada del acervo que posee el Centro Cultural de la República El Cabildo, que es muy grande. Todas las piezas elegidas para mí son fundamentales”, cuenta.
Señala luego su expectativa de que “el público y en particular los jóvenes vengan a conocer parte de la historia musical del Paraguay. Entonces, la difusión también me parece fundamental”, expone.
Schvartzman indica que se trata de “un maravilloso viaje por dos vertientes de la música paraguaya, su vertiente popular y folclórica, y luego como, en especial en esta muestra, la música académica”.
“Fuimos armando este guion museográfico pasando por diferentes periodos, yendo, por ejemplo, dentro de la música popular, conociendo esa sonoridad del arpa, de la guitarra, de sus exponentes y ver cómo esa sonoridad fue cambiando, se fue desarrollando por otros caminos, pero siempre dentro de lo que es la música paraguaya”.
La curadora invita a “que la gente pueda venir, tomarse el tiempo y poder mirar cada documento porque hablan, tienen también su historia. Hay cruces entre músicos, cartas, etc. Por ejemplo, a mí me llamó la atención algo de Mangoré porque, como sabemos, Agustín Barrios salió del país enojado porque no había acá el apoyo que necesitaba, pero en sus documentos se encuentran postales que él enviaba a sus amigos de Paraguay. Entonces, es muy lindo, porque no se desconectó en sus afectos. Hay una dedicatoria que está escrita en guaraní a su gran amigo de infancia, a su compañero guitarrista”.
Destaca que el guion está preparado para ser de utilidad al que estudia la historia de la música y despertar la curiosidad de un ciudadano interesado o de un turista.
“Hay además una cantidad de objetos muy valiosos e importantes, guitarras, arpas, etc., y cosas personales de los músicos que te sorprenden. En mi caso fue con la batuta de Carlos Lara Bareiro que yo me imaginaba como algo superespecial y después cuando me voy a buscarla para la exposición ¡era una varita de mimbre que es hermosa! Ella tiene escrito: Lara Bareiro, Paraguay. Creo que es un detalle que da cuenta de la personalidad de alguien que fue expulsado al exilio político, que fue un excelente músico, pero también sabemos que fue una persona de una conciencia social muy grande, él era comunista y su batuta era de mimbre”, apunta.
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“Ácido argentino”: 35 años evitando el ablande
- Paulo César López
- paulo.lopez@nacionmedia.com
- Fotos: Cristian Gordillo
Malón finalizó recientemente una gira en homenaje a los 35 años del lanzamiento del álbum “Ácido argentino”, que sería consagratorio en el meteórico ascenso de Hermética. A pesar de su relativa corta existencia, esta banda dejó una huella profunda en el metal latinoamericano con su sonido potente, crudo y lírica contestataria.
La gira por el noreste argentino de tres fechas consecutivas recorrió Posadas, Resistencia y Formosa, concluyendo el 2 de mayo en el Club Sol de América de esta última ciudad. Si bien lastimosamente en esta ocasión no se incluyeron presentaciones en nuestro país, hubo presencia paraguaya hasta en el escenario.
El grupo binacional Manto Negro fue el encargado de iniciar el show. Si bien tocó ante un público aún reducido y muy ansioso por el plato fuerte, causó muy buena impresión y vale la pena ser escuchado con más atención.
Cerca de las 23:00 se iniciaba propiamente el espectáculo La H no Murió, que pasó a ser prácticamente el nombre de la banda integrada por Claudio O’Connor en la voz, Antonio “Tano” Romano en guitarra, Karlos Cuadrado en bajo y Javier Rubio en batería, quien presentó un solo muy aplaudido en el intermedio.
“METAL PESADO NACIONAL”
Quisiera rescatar acá la propia definición de Ricardo Iorio, quien no estaba para perder el tiempo en minucias como que el heavy no es lo mismo que el thrash y otras diferenciaciones de índole más bien angloparlante. Su conceptualización también calza con la hibridez de la producción artística de nuestra región.
Hermética –integrada por Ricardo Iorio en el bajo, O’Connor en la voz, Romano en la guitarra y Tony Scotto en la batería, reemplazado luego por Claudio Strunz– es para muchos una espina clavada en el corazón del metal pesado latinoamericano, porque pudo ser la banda más grande de todos los tiempos en nuestro idioma, pero duró solo seis años, que fueron suficientes para dejar tres discos fundamentales: “Hermética” (1989), “Ácido argentino” (1991) y “Víctimas del vaciamiento” (1994), además de “Intérpretes” (1990), un LP de covers, y discos en vivo.
CONTINUIDAD DEL LEGADO
El espíritu de Hermética no se reduce a esos seis años, sino que se inicia incluso antes con V8 y prosigue posteriormente tras su disolución con Almafuerte, bajo el liderazgo de Iorio, y el resto de la banda en Malón, que visitó nuestro país por última vez en diciembre de 2023 como parte de esta misma gira.
El concierto se inició con un listado rigurosamente en orden del disco homenajeado, causándome la extraña y hermosa sensación de revivir las canciones en la misma secuencia que aquella primera vez que cayó en mis manos.
Así, el primer rugido de la noche fue “Robo un auto”, al cabo del cual un problema técnico estuvo a punto de pudrirlo todo. “No murió, la H no murió”, coreó el público alentando el retorno al escenario. La banda hizo gala de buen humor y volvió para hacer la segunda canción de la noche y del disco, la revivalista “Revancha de América”.
Cabe mencionar que esta canción fue muy influyente en la escena del metal de nuestra región para que se empiecen a abordar temas de los pueblos indígenas en las letras. Esto podría decirse incluso a pesar del propio Iorio, quien ya en plena madurez se retractaría en una entrevista en la que afirmó que en lugar de escribir “Sentir indiano” hubiera escrito “Sentir hispano”.
FIGURA POLÉMICA
Como buen genio que era, Iorio tenía un carácter fuerte y a menudo le reprochaban (digo en pasado porque todo muerto pasa a ser un santo) que terminó representando lo contrario a los ideales que defendía, acercándose incluso a posiciones de tendencia nacionalsocialista.
Desde mi perspectiva, en cambio, se plantó hasta el final, primero en contra del terrorismo de Estado, la corrupción política y la explotación, y luego ante las corrientes wokistas y canceladoras que pasaron a ser hegemónicas.
Acentuando sus maneras de gaucho macho, le gustaba provocar a la opinión bienpensante con declaraciones polémicas, que le valieron incluso ser vetado para cantar el himno nacional antes de un partido de eliminatorias de la selección argentina.
LÍRICA PROFUNDA
El grito más eufórico del público hasta ese momento de la velada irrumpió con “Memoria de siglos”, quizá la muestra más elevada, profunda y filosófica de la pluma de Iorio. Esta canción plena de ingeniosos giros retóricos, como el de “muchos calzan gorro frigio solamente por ser calvos”, quizá se ajuste a la perfección para describir la situación política actual de ese país.
Siguiendo con el orden del disco, “Predicción”, “Atravesando todo límite”, “Horizonte perdido”, “Vientos de poder”, “Del camionero” precedieron al primer diálogo con el público. “Feliz día a los trabajadores y a los que no tienen trabajo también. Vamos a reconstruir este país, como siempre”, fueron las palabras de O’Connor para dar paso a los riffs de “Gil trabajador”, uno de los momentos cumbres de la noche.
Otro momento muy emotivo fue la recordación a Iorio. “35 años de ‘Ácido argentino’. Estamos aquí para levantar la bandera que plantó nuestro compañero Ricardo, para que no se olviden de su legado, que no se pierda su poesía, ¡la H no murió!”, remató haciendo estallar el pogo con “En las calles de Liniers”.
CON LOS AMIGOS EN EL CONCIERTO
Para mantener los decibeles en alto, “Evitando el ablande” sacudió las cabezas reafirmando el espíritu de resistencia que atraviesa todo el álbum.
En poco más de hora y media, la banda recorrió prácticamente todos los clásicos de los tres discos como “Vida impersonal”, “Víctimas del vaciamiento”, “Sepulcro civil”, “Olvídalo y volverá por más”, “Cráneo candente”, “Cuando duerme la ciudad”, “Ayer deseo, hoy realidad”, “Otro día para ser”, “Soy de la esquina”, “Masa anestesiada”.
Como cierre, para que nadie se quede con las ganas, “Tú eres su seguridad” piantó un lagrimón y dejó sin voz a más de uno.
A manera de valoración final se puede decir que la noche terminó siendo algo más que un recital: fue un encuentro entre generaciones, donde otrora melenudos devenidos calvos o canosos llevaron a sus hijos a vivir el sueño que alguna vez fue el propio.