EL PODER DE LA CONCIENCIA
- Por Alex Noguera
- Columnista
- alex.noguera@nacionmedia.com
En los últimos cinco años, entre 2021 y 2025, se cometieron 183 feminicidios en Paraguay. Son 183 vidas robadas, 183 ausencias que jamás volverán a llenar esas vidas. En ese mismo lapso, 21 feminicidas se suicidaron tras cometer el crimen.
No hay morbo ni explicación, solo locura. El suicidio no explica y menos repara. El autor ni siquiera comprende cómo llega a esa situación.
El calabozo de una comisaría es un espacio mínimo y hostil. Una habitación pequeña, de paredes de ladrillo desnuda, pintadas de humedad que dibuja sombras como un artista ebrio. Los barrotes de hierro se burlan, le prometen paz eterna, encierro infinito.
El piso de cemento es áspero y helado, sin importar la hora ni la estación. No hay muebles, no hay cama, no hay nada que invite al descanso. En una esquina, un balde maloliente concentra el olor del encierro.
Ahí, sentado en el suelo duro, el hombre apoya los brazos sobre las rodillas y fija la vista en un punto indefinido de la pared. El cemento le traspasa el cuerpo, pero no se mueve.
Piensa en lo ocurrido como si repasara una escena ajena, una sucesión de imágenes que no terminan de ordenarse, como si despertase de un sueño pesado, de una pesadilla que le invita a no abrir los ojos. Pero todo pasó y fue demasiado rápido.
El encierro lo obliga a escucharse. No hay teléfono, no hay distracciones, no hay nadie a quien culpar en ese instante, solo ruidos de risas afuera y su nuevo compañero de celda, el miedo. La pregunta se repite una y otra vez en la mente, ¿qué pasó, qué pasó? ¿Cansancio, celos, enojo? La imagen vuelve, insistente, y con ella una certeza que le pesa más que el frío del piso.
Nada de lo que piense ahora va a cambiar. El balde en la esquina, la pared húmeda, el hierro de la puerta, todo parece recordarle que ese espacio existe porque algo se rompió de manera irreversible.
El silencio ahora se vuelve pesado. ¿Los polis fueron a almorzar? Le hace gracia la pregunta. Ni siquiera importa. Tampoco su hambre ya existe. Cada minuto se alarga y se llena de recuerdos que antes no quiso mirar. Reflexiona. Se pregunta cómo llegó a esta situación, incluso duda de que haya sido él quien cometió el asesinato, pero sí, fue él.
Encerrado y solo se pregunta cuántos hombres antes pasaron por lo mismo y piensa que daría cualquier cosa por volver atrás.
En un inútil intento por escapar, su mente vuelve hacia su infancia, de cuando era niño y su madre lo regañaba por haberse portado mal y siente vergüenza. ¿Qué pensaría ella si lo viera encerrado en el calabozo de esta comisaría?
Pero ella ya no está, no puede verlo desde el cielo, pero sus hermanos y sus amigos sí, mientras todo su mundo se vino abajo. Nadie quiere verlo, ni hablarle, todos lo desprecian. Todos comentan y el chisme se convierte en bola de nieve que rueda montaña abajo.
Una y otra vez se pregunta qué le pasó, ¿cómo fue capaz? ¿Qué será de él ahora? ¿Cómo será la cárcel cuando lo condenen? ¿Podrá soportarlo? ¿Logrará sobrevivir todos los años de pena? No. A su edad y con sus achaques, lo más probable es que muera dentro de una penitenciaría.
Afuera, la vida sigue. Las estadísticas se actualizarán, los informes se archivarán y el país continuará acumulando números. Dentro del calabozo, sentado sobre el cemento frío, el hombre sigue pensando. No hay revelación ni redención, solo una reflexión tardía que llega cuando ya no sirve para evitar nada.
En ese espacio mínimo se da cuenta de algo que ni él ni todos los que le precedieron y es que la violencia no surge de la nada, y el arrepentimiento posterior, por profundo que sea, nunca alcanza para deshacer lo hecho.
Allí, sentado en el suelo, con la espalda encorvada de cansancio y arrepentimiento, espera. Ni siquiera sabe qué. Su confusión es tan grande como el dolor que le oprime el pecho. Una lágrima baja por su rostro ya no en señal de lo que fue, sino de la nueva vida que le espera.