En Paraguay conocemos lo que significó la guerra contra la Triple Alianza, pero de la guerra de Canudos poco se habla. Dos acontecimientos distintos, separados por tiempo y contexto, muestran mecanismos políticos y culturales semejantes para construir al enemigo, legitimar la violencia y presentar la destrucción como una acción necesaria, civilizadora y heroica.

  • Por Jorge Coronel Prosman
  • Fotos: Gentileza

Si bien nuestra his­toria sudamericana contiene numerosos episodios bélicos dramáticos, dos guerras en el siglo XIX, la guerra de la Triple Alianza y la de Canudos (GC) tienen características de crueldad y fanatismo que las hacen únicas. Pero tras esta dolo­rosa coincidencia, se esconde otro parecido importante: la receta aplicada por las élites contra los que se oponen a sus intereses.

Estos dos sucesos están sepa­rados por menos de treinta años, lo que hace que las con­diciones políticas, cambios sociales, tradiciones, corrien­tes culturales y científicas, etc., permitan una mejor comparación. El positivismo, el liberalismo, el socialismo, las ideas republicanas, los partidos políticos, la prensa, los avances tecnológicos hacen de esta segunda parte del siglo XIX un marco tan particular como apasionante. Pero dentro de este marco de elevada discusión intelectual se llevaron a cabo numero­sos hechos de característi­cas casi inhumanas. Estas dos masacres responden a la misma lógica.

Canudos era una ciudad en el interior del norte del estado de Bahia, Brasil, tierra seca, pobre y la población olvi­dada a su suerte por los dis­tintos gobiernos. Salvo para los potentados y dueños de las tierras, conocidos como los señores del sertão. En este sombrío paraje hizo su aparición un personaje mís­tico, el Antonio Conselleiro, pregonando entre los miserables habitantes de la tierra que debían encomendarse a Dios, pues el mal imperaba en el Brasil. Su prédica era dejar de obedecer, en Canudos, a las autoridades del país.

DEFENDIENDO PRIVILEGIOS

Los grupos de poder, tanto políticos como económicos, actúan coordinadamente cuando se trata de defender sus intereses. En los casos de Paraguay y Canudos, fueron creando las condiciones que determinaron el escenario propicio para que estas élites actuaran. Todo para fortale­cer sus privilegios y así conti­nuar sus rutinarias disputas ya sin la molesta disidencia.

Ni Paraguay ni Canudos sig­nificaron un peligro para los grandes intereses de las éli­tes, pero no podían perma­necer quietos sin combatir las contradicciones con sus modelos que se estaban gene­rando y no les reportaría nin­gún beneficio.

Al analizar las acciones béli­cas, los historiadores suelen buscar la manera de ir clasifi­cándolas como una forma de tener mejores perspectivas de análisis y comparación. Así, se tienen agrupados por la cantidad de países involucra­dos, el resultado de las mis­mas, el número de víctimas, el grado de destrucción, países agresores y agredidos, y así se podría ir agregando más categorías de comparación.

El análisis de la Triple Alianza y Canudos per­mite ver una línea de acción común, la cual evidencia cómo las élites económicas y políticas aplican la dolorosa receta del exterminio escu­dados en una pretendida cru­zada por la libertad, así como la estigmatización y demoni­zación del oponente.

Batallón de infantería antes del ataque final a Canudos

LEGITIMACIÓN

No se trata de afirmar que la guerra contra la Triple Alianza y Canudos sean acontecimientos idénticos, sino que presentan mecanis­mos semejantes de construc­ción de legitimidad para una acción militar extrema.

También los hechos relacio­nados con la prensa, que cola­boró en instalar estos con­flictos como una urgencia impostergable y que las fuer­zas exterminadoras traerían la felicidad y la civilización.

Aquí no se sostiene que los mecanismos hayan sido idén­ticos, sino que cumplieron funciones semejantes den­tro de contextos históricos diferentes, como de la gue­rra como fuerza punitiva, del tráfico de niños sobrevivientes, de la necesidad de evitar la propagación del “mal ejemplo” y sobre todo la aplicación de guerra total, es decir, la destrucción total de la población “liberada”.

¿Cómo pueden acciones que hoy juzgamos como extrema­damente violentas haber sido presentadas por las propias elites litoraleñas como accio­nes heroicas, civilizadoras o necesarias?

GUERRA TOTAL

La guerra total implica el uso de la propaganda y, sobre todo, la conspiración política de las fuerzas agresoras para justificar el aniquilamiento. El discurso propagandístico destinado a legitimar un con­flicto bélico de carácter inhu­mano está íntimamente vin­culado a la coyuntura política de las naciones.

En el caso de la Triple Alianza, la necesidad de afianzar la unidad y estruc­tura de los estados naciona­les y en el caso de Canudos, las disputas de monárquicos, republicanos y conservado­res y liberales, en que nin­guno de los sectores preten­día quedar identificados con los “retrógrados” seguidores de Antonio Conselheiro, ter­minaron todos apoyando y aplaudiendo la aniquilación total de los sertaneros.

Respecto a los intereses polí­tico-económicos detrás de la guerra de Canudos, coexis­ten diversos análisis. Uno de ellos es el del profesor Mario Maestri, quien señala la intención de las élites de erradicar dicha experiencia popular.

En el caso de la Triple Alianza, uno de mayores detractores del Paraguay y defensores de las tesis sustentadas por las élites, Francisco Doratioto, en su trabajo “Maldita gue­rra” afirma que la lógica eco­nómica del Paraguay, en cons­tante crecimiento, debía salir de su encierro; “a buscar su Lebensraum” (espacio vital), lo que llevaba a que los demás no les quedara otra alterna­tiva que actuar, coincidiendo con lo de Canudos en la solu­ción militar y el aniquila­miento de esa experiencia.

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