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El pasado 10 de setiembre se conmemoró el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Hablar de manera directa, escuchar sin juzgar y activar ayuda pueden marcar la diferencia. Una guía clara para familiares, amistades, docentes, compañeros de trabajo y cualquier persona preocupada por alguien cercano.

En muchas familias paraguayas todavía cuesta decir en voz alta palabras como suicidio, desesperanza o crisis emocional. A veces pensamos que preguntar puede empeorar la situación; otras veces esperamos una señal más clara o suponemos que la persona hablará cuando esté preparada. Ese silencio suele nacer del miedo y del deseo de no hacer daño. Sin embargo, cuando alguien está atravesando un sufrimiento intenso, una pregunta respetuosa puede convertirse en la primera puerta hacia la ayuda.

La investigación disponible no respalda la idea de que preguntar por pensamientos suicidas los genera en la mente. Esto no significa que cualquier conversación sea suficiente ni que una persona sin formación deba realizar una evaluación clínica. Significa algo que puede ser sencillo y útil: podemos preguntar con claridad, escuchar y buscar apoyo especializado sin miedo a estar creando el problema.

SEÑALES

No existe una señal única que permita predecir lo que hará una persona. El riesgo es dinámico y debe comprenderse en contexto desde lo multicausal. Es necesario atender cuando se combinan expresiones de pérdida de esperanza, sensación de ser una carga, de derrota, fracaso, despedidas inusuales, aislamiento repentino, agitación intensa, cambios llamativos de conducta, abandono del autocuidado, consumo problemático de alcohol u otras sustancias, pérdidas recientes o una crisis que la persona siente como insoportable y que no da más. Así podría surgir la fantasía de la muerte como una salvación, lo que sería visto como el delirio de la muerte, con la distorsión de la realidad a partir de la posibilidad de terminar con la vida.

También importa escuchar frases que a veces se minimizan: ya no puedo más, sería mejor desaparecer, todos estarían mejor sin mí o no encuentro salida. No siempre implican una intención inmediata, pero merecen una respuesta seria y cuidadosa. En lugar de discutir si la persona lo dice en serio, lo prudente es acercarse.

Un cambio aparente hacia una calma repentina tampoco debe interpretarse automáticamente como mejoría cuando hubo señales previas de riesgo. Las señales no sirven para etiquetar ni para diagnosticar; sirven para orientar una conversación y decidir si hace falta ayuda urgente.

¿CÓMO INICIAR LA CONVERSACIÓN?

Elegí, si es posible, un lugar tranquilo y un momento con cierta privacidad. Podés empezar desde lo que viste: “Te veo sobrepasado últimamente y me preocupa cómo estás”. Después preguntá de forma directa y tranquila: “¿Estás pensando en hacerte daño?” o “¿Estás pensando en quitarte la vida?”.

La claridad protege más que dar vueltas. Expresiones como ¿no estarás pensando hacer una macanada? transmiten juicio y empujan a responder que no. Una pregunta abierta y sin reproche permite que la persona diga lo que está viviendo.

Si la respuesta es afirmativa, tratá de mantener la calma. No necesitás encontrar la frase perfecta. Podés decir: “Gracias por contarme”, “No tenés que pasar por esto solo” o “Vamos a buscar ayuda juntos”. Es preferible una presencia honesta a un discurso apurado.

ESCUCHAR NO ES INTERROGAR NI CONVENCER

Durante una crisis, frases dichas con buena intención pueden aumentar la soledad: “tenés todo para ser feliz”, “pensá en tu familia”, “poné de tu parte”, “otros están peor” o “eso es de cobardes”. Estas respuestas convierten el dolor en culpa. Tampoco ayuda a debatir si la persona tiene la razón para sentirse así.

Escuchar implica dar lugar al relato sin exigir explicaciones completas. Algunas preguntas útiles son: “¿Qué es lo que más te está costando ahora?”, “¿desde cuándo te sentís así?”, “¿qué te ayudó a resistir hasta hoy?” y “¿hay alguien más con quien podamos contar?”. Validar no significa estar de acuerdo con la idea de morir. Significa reconocer que el sufrimiento es real: “Entiendo que ahora se sienta insoportable”; “me importa que estés a salvo”.

No prometas guardar el secreto si existe peligro. Podés cuidar la privacidad sin cargar solo con la situación. Pedir apoyo no traiciona la confianza; la transforma en protección. Por eso es demasiado importante desarrollar la habilidad social para pedir ayuda, contar con una red de apoyo sólida.

CUÁNDO ACTUAR COMO UNA URGENCIA

Si la persona expresa intención inmediata, cuenta con un plan definido, dispone de medios para llevarlo a cabo, está muy intoxicada, se encuentra gravemente agitada o no puede comprometerse a permanecer acompañada mientras llega ayuda, tratá la situación como una emergencia, existen protocolos de intervención en crisis psicológica o primeros auxilios.

Quedate con ella o asegurá la presencia de otro adulto responsable. Reducí el acceso a elementos potencialmente peligrosos sin entrar en confrontaciones ni ponerte en riesgo. Llama al 155 para orientación y asistencia en crisis. Ante peligro inmediato, comunícate con el 911 o acudí al servicio de urgencias más cercano. Si se trata de un niño, niña o adolescente, las medidas de protección involucran de inmediato a sus cuidadores responsables y a los servicios correspondientes, salvo que ese entorno sea la fuente del peligro. En ese caso, busca protección institucional.

No intentes trasladar por tu cuenta a una persona muy agitada si eso puede poner a alguien en riesgo. Seguí las indicaciones de los servicios de emergencia. Tampoco publiques la situación en redes ni convoques a muchas personas alrededor, a no ser una situación de búsqueda y localización: la prioridad es la seguridad, la intimidad y una ayuda coordinada.

Acompañar no es asumir toda la responsabilidad. Quien escucha también puede sentirse asustado, agotado o culpable. Ningún familiar, amigo, docente o compañero debe convertirse en el único sostén. La prevención funciona mejor como red.

Si acompañaste una crisis, busca orientación para vos también. Compartí la responsabilidad con otras personas confiables y evita quedar disponible como única línea de emergencia. Cuidarte no es abandonar; es conservar la capacidad de sostener de manera responsable.

Preguntar no resuelve por sí solo una crisis, pero puede interrumpir el silencio. Escuchar no reemplaza el tratamiento, pero puede acercarlo. Y pedir ayuda no es exagerar: cuando está en juego una vida, actuar con prudencia es una forma concreta de cuidado.

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