- Gonzalo Cáceres
- Periodista
- Foto: Imagen generada con IA
¿Por qué distintas culturas lejanas entre sí inventaron, desarrollaron y creyeron en historias tan parecidas? La respuesta quizá no está en los cielos ni bajo el suelo, sino en nosotros mismos.
Al ser humano le aterra pensar en el final porque cuando la biología nos enfrenta con el más inexorable de los destinos algo se rebela en nuestro subconsciente. No queremos dejar de existir, esa es la premisa que impulsa todo accionar y suspiro.
De esa resistencia a la finitud nace el arquetipo universal de la civilización; el Dios, héroe y/o profeta que es capaz de levantarse de entre los muertos.
La muerte no es el final: la misma convicción, una y otra vez, aparece en civilizaciones separadas por miles de kilómetros, océanos y hasta milenios enteros. Se trata del testigo de la revelación divina que genera pasiones en medio de su trágico desenlace.
La historia no termina ahí: ese personaje escapa del gélido abrazo de la parca y vuelve para elevarse a través de la promesa definitiva.
AGRICULTURA Y EL CICLO DE LA VIDA
Para entender la concepción de esta idea hay que analizar el modo de supervivencia de las primeras comunidades humanas sedentarias. Según el escritor, historiador y catedrático israelí Yuval Noaḥ Harari, antiguamente todo dependía del clima y la tierra (una mala cosecha era casi una sentencia o el cruel incentivo para migrar hacia otras regiones), por lo que los primeros agricultores desarrollaron un entendimiento del ciclo de la vida: las semillas se enterraban en la tierra oscura, se pudrían bajo el barro y parecían muertas durante el invierno. Así, en contadas semanas, ese mismo suelo dejaba salir un brote verde. Para explicar ese “milagro” cotidiano se fueron creando personajes sobrenaturales que hacían exactamente lo mismo que las plantas.
Entonces, veamos algunos ejemplos. Conforme indica la rica mitología egipcia, Osiris fue el rey supremo de Egipto y quien instruyó sobre agricultura a los hombres. Sufrió a su envidioso hermano Set, quien lo engañó, asesinó y desmembró su cuerpo en catorce pedazos que ocultó por todo el país. La compañera de Osiris, Isis, ubicó cada parte, los unió con vendas y mediante magia le devolvió el aliento de vida.
CICLOS NATURALES
Osiris no volvió a caminar entre los vivos, sino que se convirtió en el rey de la versión egipcia del inframundo. Esta historia tiene doble significado. Por un lado, trata de explicar la crecida anual del río Nilo, que llena de barro fértil los campos secos, haciendo posible abundantes cosechas en tan extrema zona. También daba esperanza a los creyentes: si Osiris pudo rearmar su cuerpo y vencer a la muerte, las personas que siguieran los ritos adecuados también podrían vivir para siempre en el más allá.
En la zona de los ríos Tigris y Éufrates, donde se localizan las primeras protocivilizaciones y centros urbanos conocidos en toda la historia humana, la gran preocupación era la sequía. Y la historia/mito/leyenda de Tammuz era la forma que tenían los habitantes de la antigua Mesopotamia de entender los cambios de estación y sus consecuencias.
Tammuz era el dios de los pastores y la vegetación. Su pareja, la diosa Inanna, decidió bajar al reino de los muertos, pero quedó atrapada. Para salvarla, Tammuz acordó pasar seis meses en la oscuridad del mundo inferior y los otros en la tierra. Cada vez que Tammuz bajaba, el calor marchitaba los campos y los animales dejaban de reproducirse. Cuando regresaban las lluvias se hacían sentir en toda su gloria, la hierba crecía de nuevo y la vida florecía.
Por su parte, los griegos tenían al buen dios del vino, Dionisio. Según la épica helena, cuando era un niño, unos titanes lo despedazaron y se lo comieron. Sin embargo, su corazón fue rescatado y Dionisio volvió a nacer del muslo de su padre, el todopoderoso Zeus.
Los griegos plasmaron en Dionisio la fuerza de la vida que no se puede apagar (la uva se aplasta para fabricar vino, pero la planta vuelve a dar frutos la temporada siguiente).
En Fenicia y Siria existía la figura de Adonis, muy parecida a la de Dionisio. Adonis era un joven cazador de gran belleza que falleció al ser atacado por un jabalí. La diosa del amor, Afrodita, lloró tanto su pérdida que los dioses permitieron que Adonis pasara parte del año en el mundo de los muertos con Perséfone y la otra en la superficie. Su regreso coincidía con el inicio de la primavera.
LA SALVACIÓN DEL ALMA
Con el paso de los siglos, las ciudades crecieron y prosperaron y las personas empezaron a filosofar sobre cuestiones que nada tenían que ver con las cosechas. El arquetipo del Dios resucitado había mutado de enfoque: dejó de ser el argumento sobre las plantas y se convirtió en una respuesta al miedo a la nada. La discusión se centró en lo que sucede con cada persona cuando le llega su hora.
Mucho antes de la influencia romana, en Persia se adoraba a Mithra, un dios asociado a la luz y el fuego. Según las tradiciones de su culto, Mithra nació de una roca y tuvo grandes hazañas, entre ellas sacrificar a un toro sagrado cuya sangre dio vida al universo.
Después de completar su misión en la tierra, Mithra compartió una última cena con sus compañeros y subió al cielo en un carro de fuego. Sus seguidores creían que Mithra no había desaparecido, sino que velaba por ellos desde las alturas. Prometía que, al final de los tiempos, regresaría de entre los muertos y otorgaría la vida eterna a quienes hubieran sido honestos y valientes.
Y el ejemplo más conocido por el mundo occidental: Jesús de Nazaret. A diferencia de Osiris o Dionisio, cuyas historias se situaban en un tiempo mítico, la historia de Jesús se localiza en un momento y lugar muy concretos: la agitada provincia romana de Judea en el siglo I.
Jesús fue condenado a morir en la cruz; un castigo cruel, humillante y de carácter público. Su martirio y posterior fallecimiento fueron atestiguados por multitudes, pero tres días después sus seguidores afirmaron que el sepulcro donde depositaron sus restos estaba vacío.
NOVEDAD
La gran novedad que trajo el relato cristiano fue que la resurrección no era exclusiva de los dioses, sino una promesa directa para toda la humanidad: el amor, el perdón y el bien podían vencer a la muerte física.
Actualmente, intentamos zafar de la muerte a través de la ciencia y la tecnología. Cambiamos las oraciones por los laboratorios y los altares por las pantallas. Se habla de congelar nuestros cuerpos para despertar en el futuro, de modificar nuestros genes, de detener el envejecimiento o de copiar los recuerdos y la mente en una computadora para vivir dentro de una red digital. En esencia, el objetivo es el mismo.
El ser humano está convencido de que, si en el pasado creímos que los dioses podían vencer a la muerte, hoy nosotros deberíamos ser capaces de encontrar la forma de hacer lo mismo.

