• Paulo César López
  • paulo.lopez@nacionmedia.com
  • Fotos: Gentileza

El periodista y realizador audiovisual Miguel Armoa presentó esta semana una investigación sobre un antiguo ritual caído en desuso cuyo nombre ya remite a algo aciago: el jejuvykue jora, el desatar al ahorcado. Combinando crónica, prosa periodística y ensayo antropológico, el autor nos sumerge en un mundo fascinante de hechizos, encantos y muertes misteriosas.

Entre el folclore, la etnomusicología, la filología y la lingüística, Armoa aporta una valiosa investigación sobre un ritual poco conocido que fue localizado en comunidades dispersas de los departamentos de Guairá, Paraguarí, Caazapá, San Pedro, Canindeyú, Itapúa y Cordillera. Se trata de un amarre que a su vez cuenta con una fórmula para conjurar potenciales efectos negativos.

Entre estos últimos se menciona el “ombopiru chupe” (lo enflaquece, lo seca) a efectos más drásticos como el suicidio o la pérdida del ser amado. Todas estas consecuencias negativas podrían provenir del propio amarrado, que de esa manera expresaba su molestia por el costoso compromiso que se le impuso de tener que desatar al ahorcado.

El inicio del libro bien podría ser una novela, un cuento o una impactante crónica periodística. Una niña contemplando el ataúd chorreante de sangre de su padre, un músico popular que habría sufrido la yeta que produce pronunciar el jejuvy kue jora. Sin renunciar al relato ameno y hasta por momentos literario, Armoa nos presenta este documentado y emotivo trabajo que transita varias disciplinas.

El libro cuenta con prólogo y un análisis musicológico del maestro Diego Sánchez Haase, que merece un capítulo aparte. A grandes rasgos se puede señalar, en cambio, que la fórmula varía entre lo polqueado y valseado, entre lo mesurado y recitado.

Portada del libro

El ritual presentaba variaciones. Podía consistir en la entrega de un presente, desanudar el lienzo que envuelve una cruz o depositar un anillo en una copa y verter sobre él vino, que debía darse de beber al objeto de las pretensiones amorosas.

EFECTO BOOMERANG

“Y dijo Brujería... hice Brujería / Pinché tu muñeco / Me dije, eso no me alarma / Y ahora no puedo olvidarla. / Hice Brujería / Pinché su muñeco / Y grité quiero olvidarla. / Y ahora no puedo resucitarla”, reza una canción de la banda argentina Los Tipitos que cuenta la historia de un hechizo amoroso que terminó mal.

En efecto, en el caso del jejuvy kue jora este es un riesgo siempre latente y las advertencias son tajantes en caso de que no se logre anular el sortilegio: “Nderejoráraimo reikatu remano” (si no logras desatarlo puedes morir). El relato busca ser aleccionador por cuanto abona un tabú: el de invocar fuerzas sobrenaturales.

Es prácticamente un universal cultural que el hechizo puede volverse contra el oficiante. Hasta un pensador materialista y antimágico por antonomasia como Karl Marx hace referencia en un texto famoso, si bien de manera metafórica, “al brujo incapaz de conjurar las fuerzas subterráneas que ha desencadenado”.

También en el Fausto, una historia que fue narrada por autores notables como Christopher Marlowe, Goethe y Richard Wagner en la música, el hechizo provoca una consecuencia trágica no solo en el ser amado, sino en el propio celebrante, que muere de manera violenta y con su alma reclamada por los demonios.

CURIOSIDAD Y FASCINACIÓN

A pesar del temor, la ley del fruto prohibido termina generando curiosidad, por lo que existen numerosos relatos sobre el fin trágico que deparó a personas que pusieron en práctica estos “amarres”.

En algunos pasajes este ritual es denominado con el nombre menos infausto de “ñapytî” (atar). Al tratarse de relatos entre cantados y recitados, podría hacerse una analogía desde su misma constitución narrativa: un inicio (por lo general un preámbulo excusatorio), un nudo (que se ata) que concluye luego en un des-enlace (desatarse o desunirse). A su vez, el concepto de “ojera” encierra varias acepciones, entre ellas desatar, desanudar o hacer recuperar la lucidez tras la embriaguez).

El nudo es la yeta que dicen que atrae este ritual, tanto al hechicero, al que intente exorcizar el embrujo y hasta al que lo cante. Esto se debería a que la entidad que queda atada es nuestro “ángel de la guarda”, por lo que quedamos desprotegidos. Por tanto, su caída en desuso podría atribuirse a que los mismos músicos pasaron a ser reticentes a seguir cantando las historias por temor a los efectos nefastos.

Aquí el propio autor del libro responde algunas preguntas sobre su novedosa investigación:

–¿Cuándo fue la primera vez que escuchaste sobre el jejuvy kue jora?

–Desde que tengo memoria, mi madre, Valeriana Chávez Zarza, nos relataba la historia del asesinato de su abuelo, Emiliano Zarza, en una pelea a cuchillo, en medio de una extraña ceremonia que se celebraba antiguamente. Ocurrió en Villarrica, en los años 20 del siglo pasado, frente a mi abuela Bárbara, cuando ella tenía solo siete años. Mi bisabuelo era músico popular y uno de los pocos que conocía la canción con la que se ejecutaba el ritual. El qué era el jejuvy kue jora siempre fue un misterio. La fuente eran esos recuerdos infantiles, marcados por el trauma, e información fragmentada: una especie de amarre mediante un conjuro, un anillo entregado en un vaso de vino y la idea de que, si la persona no lograba liberarse de ese “ahorcamiento”, podía sufrir desgracias o incluso morir. Para liberarla se necesitaba un músico que ejecutara la canción ritual y dirigiera el procedimiento.

El autor del libro junto con el compuestero carapegüeño José Calazán

CONEXIÓN CON EL PASADO

–¿Cómo decidiste investigar al respecto?

–Hace unos 15 años, durante la grabación de un programa televisivo visité Carapeguá y conocí a José Calazán, músico dedicado al rescate de antiguas canciones rurales. Me obsequió el libro “Motivos populares del Paraguay”, que había trabajado con Víctor Barrios, acompañado de un disco. Allí descubrí que una de las canciones recopiladas y grabadas era la canción ritual del jejuvy kue jora. Fue un momento significativo, una conexión directa con el pasado familiar y una puerta para empezar a reconstruir las piezas de aquel relato, que parecía haber perdido sus claves en el camino del olvido. Ese aire arcano, cargado de tabúes y supersticiones, me impulsó a desarrollar un proyecto cinematográfico en torno al jejuvy. Hace poco más de un año comenzamos a desarrollarlo con Tekoha Audiovisual, bajo la producción de Sofía Paoli Thorne. Como parte de esa etapa inicial, investigar el ritual era indefectible. El proyecto recibió el apoyo de Fondos de Cultura de la Secretaría Nacional de Cultura (SNC).

–¿Cuáles fueron los principales hallazgos de la pesquisa?

–Las grandes incógnitas eran su posible origen, funcionalidad e influencias. El análisis de sus distintas dimensiones –filología, lingüística, música, estructura ritual y simbología– permitió establecer una conexión directa e insospechada con el antiguo romance español Blancaflor y Filomena, que a su vez hunde sus raíces en el mito griego de Procne y Filomela. La hipótesis que planteo es que el jejuvy kue jora constituye una compleja operación cultural gestada en el proceso de mestizaje colonial: una ritualización invertida de aquella matriz trágica, alimentada por la tradición romancística y transformada por la imaginación simbólica del Paraguay rural.

En esa transformación, una antigua trama marcada por la violencia, el silencio y la tragedia adquiere un nuevo sentido ritual, donde la voz vuelve a aparecer convertida en canto, y el castigo en liberación y celebración colectiva.

Una gran cantidad de público se congregó en la biblioteca del Juan de Salazar durante el lanzamiento

UNA “EDAD OSCURA”

–¿Cuáles fueron los principales desafíos y satisfacciones que te dio este trabajo?

–El principal desafío fue intentar establecer un posible origen y funcionalidad sin documentos directos. Existe una “edad oscura” en la documentación de nuestra música y tradiciones; las primeras recopilaciones de letras datan de los años 40. La investigación tuvo que seguir los resabios que dejaron las versiones transmitidas: sus letras, estructura, frases fósiles y simbología. La satisfacción fue encontrar, en medio de esa fragmentación, una convergencia de indicios. Es como hacer un descubrimiento arqueológico en las palabras: una arqueología de letras, donde los fragmentos no permanecen inmóviles, sino que revelan las transformaciones de una tradición que ha atravesado generaciones.

–Noto que en tu trabajo de campo no estabas hablando con meros informantes, sino que se estableció un verdadero vínculo de amistad tanto con testigos como con los músicos.

–Así es. La naturaleza social y afectiva de la gente del interior genera estos vínculos genuinos y una historia compartida en torno a una práctica tan cargada de memoria hace que esa conexión sea todavía más fuerte. Los testigos y músicos no son meros “informantes”: son guardianes de nuestra memoria, eslabones vivos de una cadena de transmisión oral milenaria. Una cadena en la que cada generación transforma aquello que recibe, como ocurrió con la propia tradición que va del mito al romance y, según la hipótesis que planteo, del romance al ritual.

–¿Te gustaría agregar algo para cerrar la charla?

–Esta investigación no busca cerrar definitivamente el misterio, sino proponer una lectura: mirar el jejuvy kue jora no como una rareza folclórica aislada, sino como una tradición en la que sobreviven, transformados, fragmentos de una historia mucho más antigua. Una muestra de cómo nuestra cultura rural y nuestra tradición oral se apropian de antiguas memorias y las vuelven a decir desde una identidad propia.

Foto-04: Una gran cantidad de público se congregó en la biblioteca del Juan de Salazar durante el lanzamiento

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