“Sociología paraguaya: dos momentos” es la última publicación del sociólogo Carlos Aníbal Peris que fue presentado el pasado viernes en el marco del Simposio de Sociología 2026. El material aborda el devenir de la disciplina en el país, que tras un largo periodo de orfandad logró institucionalizarse y busca consolidarse planteando una mirada crítica sobre el presente.
- Por Jorge Zárate
- jorge.zarate@nacionmedia.com
- Fotos Archivo / Gentileza
“Dos veces le prohibieron a la sociología paraguaya mirar al país”, recuerda Carlos Peris en este este libro publicado desde la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Asunción (UNA).
La obra investiga un primer hecho entre 1900 y 1913 cuando Cecilio Báez intenta la primera cátedra y es resistida por la Iglesia católica y un segundo entre 1972 y 1983 en la Universidad Católica: “La institución que había combatido a la disciplina es ahora la única capaz de alojarla, porque bajo la dictadura es también el último espacio con algún margen. Pero el margen tiene un límite y en 1983 la carrera se cierra”.
Peris cuenta que “una ironía metodológica atraviesa todo el libro y que me parece la mejor razón para leerlo: el aparato que vigilaba es el que conservó. Terminé reconstruyendo un capítulo de la vida intelectual paraguaya con los papeles de quienes la reprimieron. Eso obliga a una conclusión práctica: los archivos –el del Terror, pero también los universitarios y los eclesiásticos– son patrimonio público y hay que abrirlos y digitalizarlos, porque cada expediente que se pierde es una parte de nuestra historia intelectual que queda explicada para siempre como desinterés. Por eso el libro incluye los documentos en facsímil: quiero que el lector juzgue por sí mismo, no que me crea a mí”, apunta.
–En el primer momento es la Iglesia católica la que se opone a una cátedra. ¿Por qué pasó?
–Hago una precisión que importa: la Iglesia no se opone a la cátedra por vía administrativa –no hay un expediente que la clausure–, se opone a lo que la cátedra enseña y lo hace en el terreno público. La cátedra de Sociología se crea por decreto del Poder Ejecutivo en el año 1900, en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Asunción, y su titular es Cecilio Báez, que en 1903 publica el primer manual paraguayo de la disciplina. Báez es masón y librepensador, y enseña una explicación del orden social que no necesita de la providencia: monismo, evolución, desnaturalización de la familia bíblica. Eso, en el Paraguay de 1900, no era una discusión de aula, era una guerra cultural.
TOMA DE POSICIÓN
–¿Cómo llega la sociología al Paraguay?
–La sociología paraguaya no llega al país como una importación académica neutra, una novedad europea que se enseña porque queda bien en un plan de estudios. Llega como una toma de posición sobre quién tiene derecho a explicar la sociedad. Y el detalle decisivo es que el hombre que abre la cátedra en 1900 es el mismo que en 1913 firma el manifiesto: no hay un Báez profesor y un Báez militante, hay un solo dispositivo intelectual funcionando en dos escenarios, el aula y la plaza. Lo que se enseñaba adentro es exactamente lo que sangraba afuera.
–Luego aparece la intervención de la dictadura a una cátedra en marcha por unos 10 años. ¿Cómo fueron los hechos de acuerdo a tu investigación en las fuentes?
–Es la parte más incómoda del libro: no hay una intervención de la dictadura en el sentido clásico, no hay tanque ni decreto de Alfredo Stroessner cerrando una carrera. Hay un procedimiento interno, estatutario, impecable en la forma. La carrera de Sociología se abre en la Universidad Católica en 1972 –la institución que setenta años antes había combatido a la disciplina es ahora la única con margen para alojarla, porque bajo la dictadura es el último espacio con algo de aire–. El deterioro empieza antes del final: en 1978 se rechaza un proyecto de reformulación y una circular disuelve la Facultad de Ciencias Sociales dentro de la nueva Facultad de Filosofía y Ciencias Humanas. Lo que reconstruyo con los expedientes es que en 1982 se inscribe un solo alumno y la carrera ya no figura en los folletos de oferta de la Universidad ni de 1982 ni de 1983. Es decir: dejó de ofrecerse antes de que existiera una resolución que la cerrara.
LÍNEAS DE ESTUDIO
–¿Cómo ves la sociología en el presente?, ¿qué estudios destacás?
–Hoy la sociología paraguaya produce más y mejor que nunca, y con menos épica. Destaco tres líneas. La cuestión agraria y ambiental, donde el trabajo de Ramón Fogel sigue siendo la referencia obligada para entender la expansión del agronegocio y el desplazamiento campesino e indígena. La sociología de la estructura social y la educación, donde Luis Ortiz ha mostrado cómo la desigualdad se reproduce por vía escolar en un país que se cuenta a sí mismo como igualitario. Y la agenda de ilegalidad, crimen organizado y captura territorial, que es donde yo trabajo. Sumaría el trabajo historiográfico sobre la propia disciplina –Javier Caballero Merlo, Lorena Soler– y la producción del CPES, que sostuvo la investigación social cuando la universidad no podía.
–¿Sentís consolidada a la sociología en el país?
–Institucionalizada, sí. Consolidada no todavía. Hay carreras, hay posgrados, hay una revista, hay investigadores categorizados: hace treinta años eso no existía y no es poco. Reponer la continuidad histórica es discutir el presente: la sensación de que la sociología paraguaya siempre está empezando de nuevo no es un rasgo de carácter nacional, es el efecto de dos cortes bien fechados. Una disciplina que no conoce sus propias interrupciones cree que su fragilidad es culpa suya. Y por eso también insisto con lo institucional: la consolidación no se decreta ni se declama en un congreso, se construye en un aula que abre todos los años. Mientras la Facso siga formando sociólogos y sociólogas en la universidad pública, la disciplina tiene piso. Ese es el resguardo real que el país no tuvo en 1913 ni en 1983.