Fascinantes para el gran público, los eclipses solares son una oportunidad excepcional para los científicos para profundizar en el conocimiento del universo. Hace más de un siglo uno de estos fenómenos permitió confirmar la teoría de la relatividad de Albert Einstein.

  • Frédéric Bourigault
  • Texto y fotos AFP

Durante el eclipse que fue visible en partes de Europa el pasado miércoles, los expertos apro­vecharon para estudiar el campo magnético de nuestro astro, su atmósfera y su clima, que a veces provoca perturba­ciones en la Tierra.

El historial del uso científico de estos fenómenos es largo. Y una de sus contribuciones más destacadas fue confirmar la teoría de la relatividad gene­ral de Albert Einstein en 1919.

Corrió a cargo del astrónomo británico Arthur Eddington durante uno de estos even­tos en la isla de Príncipe, en África Occidental, que se pasó a conocer como “el eclipse de Einstein”.

Justo cuando el resplandor del Sol permanecía oculto por la Luna, Eddington consiguió observar la desviación de la luz de las estrellas visibles, un fenómeno conocido como lente gravitacional.

Esas observaciones confirma­ron los cálculos de Einstein conforme la masa de los gran­des objetos celestes deforma el tejido del espacio-tiempo y curva la trayectoria de la luz.

Más de cien años después, fue en España, en una franja desde la costa noroeste hasta las islas Baleares, donde los científicos pudieron observar la ocultación total del Sol. Dis­pusieron de un minuto y 40 segundos para recoger toda la información posible.

“UNA SUERTE INCREÍBLE”

“Nuestro trabajo busca com­prender los mecanismos físi­cos que sustentan la actividad del Sol”, explica Allan Sacha Brun, astrofísico y director de investigación en el Comisa­riado francés de Energía Ató­mica y Energías Alternativas (CEA).

Como estrella, el Sol emite constantemente materia y partículas cargadas, y en oca­siones desencadena auténti­cas tormentas solares acom­pañadas de gigantescas eyecciones de plasma.

Cuando esas partículas cho­can con el campo magnético terrestre pueden afectar a satélites, poner en riesgo a los astronautas o provocar espec­taculares auroras en las regio­nes polares.

Habituados a trabajar en modelos que explican su fun­cionamiento, los científicos disponen en cada eclipse de una oportunidad para confir­mar o rebatir sus teorías.

Y todo gracias a una coinci­dencia cósmica. “La Luna es 400 veces más pequeña que el Sol, pero también está unas 400 veces más cerca de noso­tros”, explica Brun.

Eso permite que el satélite oculte por completo el disco solar y deja observar regio­nes normalmente invisibles. “Tenemos una suerte increí­ble”, agrega.

En el próximo eclipse, su equipo se concentrará en la corona solar, la parte supe­rior de su atmósfera: una especie de “cabellera magnética un millón de veces menos intensa” que la fotosfera, el disco solar.

Se extiende a lo largo de 10 millones de kilómetros y su temperatura puede alcanzar hasta 2 millones de grados Celsius.

En condiciones normales, los científicos estudian esta región mediante satélites equipados con coronógrafos, instrumentos que bloquean artificialmente la luz de la fotosfera.

Pero los eclipses totales ofre­cen además una oportuni­dad excepcional para obser­var la cromosfera, la capa de la atmósfera solar situada entre la corona y la superficie.

“FUENTE DE INSPIRACIÓN”

Los equipos de la Agencia Espacial Europea (ESA) también seguirán atentamente el fenómeno, con un énfasis en el comportamiento del viento solar.

“¿Por qué las tormentas solares se propagan de esta manera? ¿Cuál es su estruc­tura? ¿Podemos desarrollar modelos que permitan pre­decirlas?”, plantea su direc­tora científica, Carole Mun­dell.

La sonda Solar Orbiter, lan­zada en 2020, lleva años reco­pilando información sobre la atmósfera y el viento solar.

Los eclipses permiten poner a prueba esos conocimientos y comprobar “hasta qué punto nuestros modelos son buenos o malos”, resumió Miho Jan­vier, codirectora científica de la misión.

Otra misión de la ESA, Proba-3, utiliza actualmente tres naves que vuelan en forma­ción sincronizada para crear eclipses solares artificiales en el espacio.

Además, existe un proyecto de misión denominado MESOM, que prevé enviar una sonda a la sombra de la Luna para obtener observaciones mucho más prolongadas de estos fenómenos.

Para Lucie Green, física solar del University College Lon­don e implicada en esa misión, los eclipses totales son “una fuente de inspiración para todos, tanto artistas como científicos”.

“Lo que observamos desde la Tierra inspira lo que quere­mos hacer en nuestra inves­tigación espacial”, concluyó.

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