En este artículo, el autor busca dar cuenta de los cambios, tensiones y contradicciones de esta efeméride, desde su establecimiento original en 1916 dentro del ideario nacionalista cívico del liberalismo oligárquico, hasta su reconfiguración en 1948 bajo el signo del nacionalismo heroico, militarista y autoritario.

  • Por David Velázquez Seiferheld Historiador
  • Fotos Gentileza / Archivo ­

El Día del Niño en Paraguay es un ele­mento fundamental para analizar cómo nuestra sociedad construye, disputa y resignifica su memoria his­tórica y las nociones de infan­cia a través del tiempo. Lejos de ser una fecha estática, esta efeméride representa la convergencia de, y la ten­sión entre, diversas corrien­tes pedagógicas, proyectos sociopolíticos internos y las cambiantes narrativas iden­titarias del Estado paraguayo durante los siglos XIX y XX.

EL ORIGEN DE UN DÍA OLVIDADO

“Día del Niño, día de esperan­zas, día de pureza y de perfec­ción. Esta conjunción simbó­lica de magnos aniversarios que ensamblan el pasado luminoso con el porvenir de próximas grandezas da un gigantesco significado a esta hora nacional”, afirmaba el 13 de mayo de 1943 Magdalena Sosa Jovellanos de Erico, ins­pectora general de Escuelas.

La fijación inicial de una jornada oficial dedicada a la niñez en el Paraguay (y posiblemente la primera en América Latina) se inscribe en las coordenadas políti­cas y culturales del proyecto sociopolítico liberal y oligár­quico de inicios del siglo XX. Este período estuvo carac­terizado por el desarrollo de una nueva sensibilidad peda­gógica, la cual dejó de perci­bir al niño como un adulto en pequeño para definirlo en función de característi­cas biológicas, psicológicas y educativas específicas a partir de los desarrollos de la medicina, la pedagogía y las ciencias sociales.

Es en este marco que el 22 de marzo de 1916, el Consejo Nacional de Educación del Paraguay, reunido en sesión ordinaria, resolvió establecer por primera vez de manera oficial el Día del Niño, fijando la celebración para el 13 de mayo de cada año. La ini­ciativa provino de una peti­ción expresa de un grupo de damas de beneficencia, cana­lizada a través de la Dirección General de Escuelas, con el propósito original de que las asociaciones filantrópicas visitaran las escuelas públi­cas y entregaran obsequios y auxilios materiales a los alumnos de sectores vulne­rables.

La elección del 13 de mayo no fue casual. Su cercanía con las festividades de la Independencia Nacional y el incipiente Día de la Madre (14 y 15 de mayo) obedecía a un diseño cívico-pedagógico deliberado: se buscaba grabar en la mente infantil la narra­tiva de una niñez educada y escolarizada como la futura constructora y edificadora de la República, digna del pasado de lucha por la inde­pendencia nacional. El niño celebrado bajo este modelo era el niño de guardapolvo blanco, el alumno letrado e instruido que se preparaba en las aulas para ejercer una ciudadanía pacífica y repu­blicana. Tampoco el agente es accidental: las mujeres organizadas en asociaciones de beneficencia eran vistas, y se veían a sí mismas, como garantes de la protección, el cuidado y el bienestar de la niñez.

Publicación de la revista El Maestro de mayo de 1943

¿CÓMO SE CELEBRABA EL DÍA DEL NIÑO?

El 13 de mayo estaba conce­bido como una fiesta, que se sumaba a las fiestas del 14 y el 15 de mayo. La secuencia de las acciones que formaron parte de los primeros feste­jos se repetían, con mayores o menores matices, a partir de un núcleo fundamental: las asociaciones de bene­ficencia llevaban regalos y alimentos a las escuelas para los alumnos más desfavoreci­dos. A esta actividad central se sumaban otras, con mayo­res o menores matices.

Así, las orientaciones del almanaque escolar del año 1925 expresaban que no se regalen armas de juguete, de ningún tipo; que el cen­tro de los festejos sea el tra­bajo y que los niños esco­larizados lleven regalos a los niños no escolarizados pobres de sus comunida­des. Años más tarde, pode­mos ver en el periódico gre­mial El Maestro, publicado en Villarrica entre 1941 y 1947, que lo recaudado en concepto de aportes se destinaba íntegramente a los festejos; pero si en estos se hacían rifas, la recaudación se invertía en nuevas obras escolares. Cada familia apor­taba algo para el festejo, en cada escuela. No obstante, esta primera etapa de la efe­méride albergaba una con­tradicción: al realizarse los agasajos casi exclusivamente dentro de los recintos esco­lares, la niñez marginada y no escolarizada quedaba de facto excluida de la fiesta cívica.

La pri­mera celebra­ción del 13 de mayo buscaba vincular a la niñez escolari­zada con la lucha por la inde­pendencia

EL REDESCUBRIMIENTO DE ACOSTA ÑU

El Paraguay de la década de 1930 experimentó un cam­bio radical de paradigma cultural. El discurso esco­lar pacifista y cívico –que priorizaba el respeto a las instituciones republica­nas, el trabajo, la paz y la amistad entre las nacio­nes– comenzó a ser severa­mente cuestionado y despla­zado no solo teóricamente, sino también al calor de los hechos, como la crisis de límites con Bolivia, ocasio­nando una tensión entre el ideario hasta entonces vigente y las nuevas mira­das nacionalistas de cuño identitario: el heroísmo del pasado, la consigna de raza, sangre y tierra, la reivindi­cación del idioma y la cul­tura guaraní.

En esta atmósfera ideo­lógica, la intelectuali­dad revisionista y el pro­pio Estado paraguayo emprendieron una tarea de reparación de la memo­ria histórica, que colocó, como esencia de la identi­dad, el dolor y el sacrificio extremo sufridos durante la guerra contra la Tri­ple Alianza (1864-1870). Fue en este contexto que comenzó la resignificación de la batalla de Acosta Ñu, librada el 16 de agosto de 1869 en las etapas finales de la campaña de las Cor­dilleras, en el tramo final de la contienda.

Monumento a los niños de Acosta Ñu en la zona de ex Barrero Grande, actual Eusebio Ayala

UN NUEVO DÍA DEL NIÑO

La transformación oficial del Día del Niño hacia su fecha y narrativa actual comenzó hacia la mitad de la década de 1910. Paulatinamente, la con­memoración del combate de Acosta Ñu apareció ante los ojos de las nuevas generacio­nes de paraguayos, con rostro infantil, en la medida en que se rescataban los relatos de hechos protagonizados por niños de entre 10 y 15 años. El recuerdo del martirio se incorporaba sostenidamente a los discursos patrióticos. Así, en 1927, Cesareo Bor­dón, director de la Escuela España de San Lorenzo, evo­caba a los niños de Acosta Ñu al dirigirse a los alumnos de la institución, al referirse a la muerte de Adolfo Rojas Silva, en el fortín Sorpresa; luego de la guerra, en 1937, en el Con­greso Eucarístico Nacio­nal, el padre Juan Casanello también aludió a los niños de Acosta Ñu durante la homi­lía de la misa de los niños: los escenarios de la reparación se multiplicaban.

El proceso se catalizó durante la década de 1940. En él, se destacó el profesor normal Andrés Aguirre, quien nació en Barrero Grande, hoy Euse­bio Ayala, en 1914. Durante años, de manera meticulosa, paciente y a la vez entusiasta, Aguirre llevó a cabo investi­gaciones de campo local y en archivos, rescatando testi­monios orales de sobrevi­vientes de Acosta Ñu y de sus descendientes, para recons­truir el suceso, con otra pers­pectiva.

Aguirre, quien llegó a des­empeñarse como director de la Oficina de Informacio­nes de la Presidencia de la República, emprendió una incansable campaña argu­mentando que la conmemo­ración del 13 de mayo care­cía de un vínculo histórico y patriótico profundo con el suelo nacional. En su lugar, propuso trasladar la fecha al 16 de agosto para honrar de manera directa el sacrifi­cio de los niños soldados de Acosta Ñu.

Esta propuesta se materia­lizó el 19 de julio de 1948, cuando el presidente provi­sional de la República, Juan Manuel Frutos, promulgó el Decreto N.º 27.484, que fijó el 16 de agosto como el Día del Niño. El decreto jus­tificó el cambio ante la impe­riosa necesidad de “fomentar por todos los medios la difu­sión e intensificación del sen­timiento nacionalista” y edu­car a la niñez en “el culto del más acendrado patriotismo”, a través de los recuerdos de heroísmo del pasado. Asi­mismo, el decreto incluyó una explícita glorificación política al general Bernar­dino Caballero –fundador del partido oficialista y coman­dante en Acosta Ñu–, consoli­dando la corriente ideológica nacionalista-heroica estatal, la cual adquirió una fuerza adoctrinadora aún mayor a partir de la segunda mitad de la década de 1950 bajo el régi­men de Alfredo Stroessner.

La promulgación del decreto revela la tensión inherente al uso político de la historia: mientras que el propósito del profesor Aguirre apuntaba a la conmemoración, a cons­truir una reflexión cívica y sensible en torno a la trage­dia de la niñez en la guerra, el decreto y la campaña guber­namental posteriores sub­sumieron la fecha bajo las directivas del Estado auto­ritario y nacionalista. El carácter festivo del Día del Niño continuó por inercia; pero cambiaron los discur­sos de ocasión: de las ideas de libertad y esperanza, el individuo y sus logros educa­tivos; los mensajes pasaron a referirse a la identidad colec­tiva basada en el heroísmo, la obediencia, el sacrificio y el dolor compartidos.

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