• Carlos Oliveira
  • Fotos: Gentileza

El 7 de agosto de 1944, hace 82 años, moría en San Salvador Agustín Pío Barrios, Mangoré. Tenía 59 años y dejaba detrás una de las obras más extraordinarias jamás escritas para guitarra. Paraguayo de nacimiento, universal por vocación, Barrios convirtió un instrumento que podía parecer limitado en un territorio casi infinito de posibilidades sonoras. Su guitarra fue, al mismo tiempo, paisaje, memoria, intimidad y patria.

Cada aniversario de su muerte parece ser una buena excusa para volver a plantear la pregunta ¿dónde debería descansar Agustín Barrios? Desde hace años se suceden iniciativas para repatriar sus restos, sepultados en el Cementerio de los Ilustres de San Salvador. Incluso se ha llegado a plantear una solución tan simbólica como improbable: dividirlos, dejar una parte en El Salvador y traer la otra al Paraguay.

Pero acaso la verdadera cuestión no sea dónde están sus restos, sino dónde está Barrios. Porque mientras sus huesos permanecen en tierra salvadoreña, su música pertenece desde hace mucho tiempo a un territorio que no reconoce fronteras.

Las crónicas señalan que su última presentación en Paraguay tuvo lugar el 25 de enero de 1925, en la plaza Uruguaya. Por supuestas razones políticas no podía actuar en el entonces Teatro Nacional –actual Teatro Municipal– y aquel concierto al aire libre terminó siendo, en cierto modo, una despedida. Después vendrían los viajes, las ciudades, los escenarios y un progresivo alejamiento de la tierra natal.

Tras una gira por Brasil en 1929, Barrios recorrió durante los años siguientes distintos países de América Latina y Europa. En 1939 aceptó la invitación del presidente salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez para radicarse en El Salvador. Allí ejerció la docencia en el Conservatorio Nacional de Música y encontró el lugar donde transcurrirían sus últimos años.

Un infarto puso fin a su vida el 7 de agosto de 1944. Fue enterrado en el Cementerio de los Ilustres. En 1985 sus restos fueron declarados patrimonio nacional de El Salvador, una decisión que terminó convirtiéndose en un obstáculo jurídico para los sucesivos intentos paraguayos de repatriación.

Pero la historia de Barrios plantea una ironía mayor. Paraguay reclama sus restos mientras durante décadas pareció olvidar su música.

EL EXTRAÑO DESTINO DE UN PROFETA

Durante buena parte del siglo XX, su obra no ocupó en Paraguay el lugar que hoy parece natural concederle. Mientras en otros lugares sus composiciones comenzaban a formar parte del repertorio guitarrístico, en su propio país su nombre sobrevivía con una presencia más cercana a la leyenda que al conocimiento profundo de su producción.

Fue necesario que intérpretes y estudiosos emprendieran una paciente tarea de recuperación. Cayo Sila Godoy, Felipe Sosa, Berta Rojas, Luz María Bobadilla y otros músicos contribuyeron decisivamente a devolver a Barrios al centro de la conversación musical paraguaya.

El redescubrimiento de Barrios no consistió solamente en volver a escuchar sus composiciones. Significó también comprender que Paraguay había producido a un músico capaz de dialogar con la tradición europea de la guitarra clásica y, al mismo tiempo, incorporar a su obra las cadencias, los ritmos y las sensibilidades de América Latina. En sus manos, la guitarra podía ser universal sin dejar de ser paraguaya.

La discusión sobre sus restos encierra, en el fondo, una cuestión más compleja. ¿A quién pertenece Agustín Barrios?

Paraguay puede reivindicarlo como uno de sus hijos más ilustres. El Salvador puede recordar que allí vivió sus últimos años, ejerció la docencia, murió y permanece sepultado. América Latina puede considerarlo uno de los grandes músicos surgidos de este continente. Y el mundo de la guitarra clásica lo reconoce como una figura fundamental de su repertorio.

UNA OBRA QUE TRASCIENDE

Quizás todas esas respuestas sean verdaderas. Porque la grandeza de Barrios reside precisamente en haber trascendido el lugar de nacimiento. Su obra partió de Paraguay, pero no quedó encerrada en sus fronteras. Viajó con él, cruzó océanos, entró en conservatorios, pasó de maestro a alumno y terminó incorporándose al repertorio de guitarristas de distintas partes del planeta.

Por eso, la repatriación de sus restos puede ser un acto legítimo de memoria nacional, pero no debería confundirse con la recuperación de su legado. A Barrios no hay que traerlo de vuelta: hay que seguir escuchándolo.

Quizá haya algo de profundamente paraguayo en esa paradoja. Durante años dejamos que uno de nuestros mayores artistas se alejara hasta convertirse casi en un desconocido dentro de su propia casa. Ahora queremos recuperar sus restos, cuando su música ya encontró una patria mucho más extensa.

Barrios permanece donde siempre quiso estar: en las seis cuerdas de una guitarra.

Y cada vez que alguien toca “Julia Florida”, “Danza paraguaya”, “Las abejas” o “La catedral”, aquel hombre que alguna vez abandonó Paraguay vuelve, por unos minutos, a caminar entre nosotros porque la patria que siempre habitará será la guitarra.

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