• Gonzalo Cáceres
  • Periodista
  • Fotos: Gentileza / AFP

Los miles de lápidas no pueden seguir siendo la excusa para lanzar la próxima bomba, sino el argumento definitivo para parar la guerra, tal como lo entendieron los hijos de Abraham. Para el observador laico, los textos sagrados de las principales religiones monoteístas no son títulos de propiedad de la tierra, sino colecciones de relatos donde los protagonistas del ayer dejaron grabadas tanto nuestras peores pasiones como las más altas capacidades de supervivencia.

Desde esa perspectiva estrictamente independiente e histórica, pocas narraciones son tan urgentes para el mundo actual como el encuentro en la cueva de Macpela, en el corazón de la hoy fracturada ciudad de Hebrón.

Allí, un muro fortificado divide el espacio entre una sinagoga y una mezquita; de un lado se reza en hebreo y del otro en árabe, bajo la atenta mirada de soldados armados hasta los dientes. No es sino la trágica ironía de que el lugar donde la arqueología y la tradición sitúan la raíz de dos religiones hermanas sea hoy el punto palpable de su discordia.

El libro del Génesis (interpretado como literatura histórica y no como revelación divina) guarda una lección que vale su peso en oro. Cuenta el relato que, tras la muerte del patriarca Abraham, sus hijos Isaac e Ismael se reunieron para el funeral.

MADUREZ CIVILIZATORIA

Este silencioso encuentro no debe interpretarse como un milagro divino, sino como una muestra de madurez civilizatoria que las dos confesiones necesitan recordar, con urgencia, para avanzar hacia un futuro sin violencia.

Para entender el valor ético, hay que hablar del trasfondo, porque Isaac e Ismael no se habían reencontrado en buenos términos. La infancia de ambos estuvo marcada por los celos de sus madres y un doloroso episodio. Ismael, el hermano mayor, fue expulsado al desierto siendo apenas un adolescente, casi sin agua y con el estigma del rechazo familiar. Isaac, en cambio, se había quedado con los privilegios, las tierras y el estatus de hijo único.

Por eso, cuando el texto dice que Isaac e Ismael se juntaron para enterrar a su padre, el silencio de la escena es lo que realmente importa. La tradición no menciona discursos ni reclamos. Muestra a dos hombres uniendo fuerzas para trasladar el cuerpo del hombre que les dio la vida y depositarlo en la misma cueva donde yacía inhumada Sara (quien exigió la expulsión de Ismael).

CONTENCIÓN Y EMPATÍA

Los dos hermanos hicieron un titánico esfuerzo de contención y empatía. Ismael dejó de lado el rencor del desterrado. Isaac zanjó el orgullo del preferido y miró de frente al hermano que su propia familia había lastimado. Frente a la realidad de la muerte, el pasado dejó de importar. No se presentaron como el elegido y el paria; simplemente, como dos hijos al que el dolor de la pérdida los igualó en condiciones.

Llevar esta parábola al presente no es un llamado a la conversión religiosa, sino una súplica a la cordura. La gran lección de Macpela es que la paz no empieza con inútiles decretos políticos, sino cuando cada sociedad es capaz de entender el sufrimiento de la otra, porque no se puede utilizar el dolor propio como licencia para desconocer o eclipsar el dolor ajeno.

En el conflicto actual, el pueblo judío arrastra un sufrimiento histórico e innegable: siglos de persecución, el horror del Holocausto y el temor constante al exterminio. Por su parte, el pueblo palestino sufre el trauma del desplazamiento, la humillación diaria de la ocupación y la pérdida de sus hogares ancestrales.

El gran drama de los últimos tiempos es que cada bando utiliza sus propias heridas como un escudo, convirtiendo el sufrimiento colectivo en una lamentable competencia por ver quién o cuál es más víctima.

Un muro fortificado divide el espacio entre una sinagoga y una mezquita; de un lado se reza en hebreo y del otro en árabe

ENSEÑANZA

La historia de estos dos hermanos enseña que el verdadero avance ocurre cuando se es capaz de mirar a quien considerás enemigo y entender que su dolor es tan real y legítimo como el tuyo. La madre que llora a su hijo en Israel siente exactamente el mismo vacío en el alma que la madre que busca al suyo entre los escombros en Gaza. El luto no tiene bandera.

Asimismo, este reencuentro ofrece un aspecto fundamental de la convivencia: después de enterrar a su padre, Isaac e Ismael no se sometieron, ni uno obligó al otro a cambiar de vida. Cada uno mantuvo su identidad, se respetaron en la diferencia y regresaron a sus tierras por caminos separados.

Esto demuestra que la paz en la región no exige que los israelíes adopten la narrativa árabe ni que los palestinos olviden su historia y su identidad. No se trata de borrar quién es cada cual. Se trata de aceptar la realidad geográfica e histórica: son dos comunidades distintas, nacidas de una misma raíz cultural, que están ya destinadas a compartir el mismo territorio.

La situación no consiste en borrar al vecino del mapa, sino en aprender a gestionar la vida junto a él. Por desgracia, los sectores más extremistas de ambos bandos prefieren ignorar este pasaje. Eligen arrancar las páginas que hablan de tregua y perdón, y centrarse únicamente en los mitos que justifican la exclusión, la guerra o el derecho exclusivo sobre la tierra. Al hacerlo, traicionan la esencia de su propia historia compartida.

El único camino para salir de la oscuridad es que estas dos religiones hermanas recuerden la lección de la cueva de Hebrón. Hace falta que los líderes y los ciudadanos miren más allá del humo de los incendios, reconozcan el rostro del vecino y entiendan que, desprovistos de dogmas y armas, están frente a su propio hermano de sangre y de dolor.

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