• Paulo César López
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La oralidad suele presentarse como una forma precaria de transmitir el conocimiento frente a la escritura. Sin embargo, las grandes tradiciones indígenas de América demuestran que la memoria colectiva puede ser más resistente que el papel, pues allí donde los saberes escritos fueron destruidos o alterados, la palabra hablada siguió viva.

La historia suele repetir que la escritura preserva la memoria y que la oralidad está condenada al olvido. En cambio, la experiencia de los pueblos indígenas de América demuestra, en muchos casos, exactamente lo contrario: fueron las voces transmitidas de generación en generación las que lograron resistir mejor la conquista, la evangelización y los intentos de borrar culturas enteras.

Existe un viejo aforismo latino que durante siglos fue aceptado como una verdad indiscutible: “Verba volant, scripta manent”: las palabras vuelan, lo escrito queda. La frase resume una de las convicciones más profundas de la tradición occidental: solo aquello que queda fijado en el papel merece el nombre de conocimiento perdurable y lo oral es un saber de menor categoría.

Paradójicamente, muchas de las grandes tradiciones indígenas sobrevivieron precisamente porque nunca dependieron de la escritura. Mientras innumerables manuscritos fueron destruidos, manipulados o reinterpretados por los conquistadores, la memoria colectiva siguió resguardando relatos, ceremonias y cosmovisiones que continuaron viajando de boca en boca durante siglos.

REFUGIO EFICAZ

La oralidad, tantas veces considerada una forma “inferior” de transmisión cultural, terminó convirtiéndose en el refugio más eficaz frente a la colonización.

Dos obras fundamentales permiten comprender esa paradoja: el “Pop wuj”, libro sagrado de los mayas quiché, y el “Ayvu rapyta”, recopilación de la tradición religiosa de los mbyá-guaraní realizada por León Cadogan. Aunque pertenecen a pueblos distintos y a contextos históricos diferentes, ambas muestran hasta qué punto la memoria oral fue capaz de preservar una herencia cultural que la escritura, en ocasiones, terminó distorsionando.

El caso del “Pop wuj” resulta especialmente revelador. De los aproximadamente cincuenta códices mayas que se estima existieron antes de la conquista, apenas tres sobreviven en la actualidad, todos conservados en museos europeos. La versión que conocemos fue traducida al castellano por el sacerdote dominico Francisco Jiménez, cuyo trabajo estuvo inevitablemente atravesado por la cosmovisión cristiana de la época. A ello se sumó una dificultad menos visible, pero igualmente decisiva: el alfabeto castellano era incapaz de representar con fidelidad la riqueza fonética del idioma quiché.

Tiempo después, el investigador indígena guatemalteco Adrián I. Chávez emprendió una tarea de restitución lingüística incorporando nuevos signos para reproducir sonidos ausentes en el castellano y recuperando significados que habían quedado ocultos tras siglos de traducciones. Sin embargo, su trabajo solo fue posible porque aún sobrevivían personas capaces de narrar esas historias tal como las habían aprendido de sus antepasados. La memoria oral había conservado lo que los manuscritos habían perdido.

Algo semejante ocurrió con el universo espiritual de los mbyá-guaraní del Guairá. Cuando Cadogan publicó en 1946 el “Ayvu rapyta”, muchos creían que las antiguas creencias indígenas habían desaparecido bajo el peso de la evangelización. Sin embargo, los cantos sagrados seguían vivos en la voz de los oporaíva, los sabios encargados de transmitir el conocimiento ancestral. Años después, Carlos Martínez Gamba encontraría una continuidad de esa tradición entre las comunidades mbyá de Misiones.

RIQUEZA FONÉTICA

La escritura permitió que ese patrimonio llegara hasta nosotros, pero no fue ella la que lo mantuvo vivo durante siglos. Esa tarea correspondió a la palabra. La escritura fija un texto, pero también lo inmoviliza. La oralidad, en cambio, incorpora matices imposibles de registrar en un libro: la entonación, los silencios, el ritmo, el gesto, la música, la participación del auditorio. Cada narración es al mismo tiempo memoria y recreación.

En la tradición guaraní, una misma secuencia fonética puede adquirir significados distintos según la velocidad de pronunciación, las pausas o la intención ritual del oficiante. Esa riqueza expresiva desaparece inevitablemente cuando las palabras quedan inmovilizadas sobre una página escrita.

La investigadora Angélica Albérico de Quinteros, en un estudio titulado “Apuntes para el estudio de la creación oral guaraní”, mostró cómo ciertos pasajes del “Ayvu rapyta” admiten múltiples interpretaciones durante su ejecución oral, posibilidades semánticas que la escritura reduce a una sola lectura.

RESISTENCIA CULTURAL

La consecuencia resulta paradójica. Aquello que durante siglos fue considerado una debilidad –la ausencia de escritura– terminó convirtiéndose en una extraordinaria estrategia de resistencia cultural. Mientras numerosos textos escritos fueron censurados, alterados o reinterpretados por los vencedores, las tradiciones orales permanecieron protegidas en un territorio inaccesible para el poder colonial: la memoria de sus pueblos.

Por tanto, no siempre permanece lo escrito ni siempre se desvanece la palabra. De hecho, en América muchas veces ocurrió exactamente lo contrario. Los cantos ceremoniales y los relatos repetidos ritualmente generación tras generación demostraron poseer una capacidad de supervivencia que ningún archivo pudo garantizar.

La historia de las culturas indígenas recuerda que la memoria no depende exclusivamente del papel. Depende, sobre todo, de una comunidad que encuentra en la palabra hablada o cantada la forma suprema de vivir su libertad y espiritualidad.

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