- Juan Carlos Dos Santos G.
- Columnista internacional
- Fotos: Gentileza
El tamaño geográfico o la falta de litoral oceánico no sentencian de forma inevitable la sumisión de una patria. Frente a la erosión global del derecho internacional y las asimetrías evidentes del vecindario, la doctrina de las democracias de Asia Oriental demuestra que la mejor defensa de un país de menor peso relativo no es igualar la masa del gigante, sino encarecer drásticamente el costo de su arbitrariedad.
En los manuales de estrategia militar contemporánea, un concepto zoológico ha ganado un protagonismo indiscutible: la doctrina del puercoespín. Desarrollada originalmente para Taiwán y hoy adoptada con pragmatismo por naciones del Pacífico Occidental como Filipinas o Singapur frente a la presión de China, esta filosofía parte de una premisa realista.
Un puercoespín jamás podrá destruir a un depredador en combate abierto, pero posee la capacidad de volverse un bocado tan doloroso e indigerible que el atacante prefiere desistir.
En los últimos debates de centros de pensamiento como el Center for a New American Security (CNAS) y el CSIS, la estrategia ha evolucionado hacia esquemas de saturación tecnológica autónoma.
Taiwán, por ejemplo, ha comenzado a congelar sus presupuestos en lo que llama “armas de vanidad” –grandes buques convencionales o costosos cazas que la aviación china aniquilaría en las primeras horas– para sembrar sus costas con miles de drones de bajo costo, misiles antibuque móviles montados sobre camiones civiles y minas submarinas inteligentes.
La disuasión ya no se mide en toneladas de acero, sino en redes descentralizadas y ágiles que multiplican exponencialmente el costo político y económico de cualquier intento de coacción.
Ejemplos del uso práctico de estas nuevas armas defensivas lo vemos en acción en la guerra entre Ucrania y Rusia, y también el uso de drones de Irán contra objetivos militares y civiles en los reinos del Golfo Pérsico y en Israel.
LAS ESPINAS SOBERANAS DE LA CUENCA DEL PLATA
Este manual de asimetría inteligente guarda una aplicación civil y estratégica perfecta para el Paraguay mediterráneo. ¿Cómo puede nuestro país aplicar la mentalidad del puercoespín en la hidrovía Paraguay-Paraná sin poseer el peso geopolítico de Brasil o la escala de Argentina? La respuesta no radica en una carrera armamentística fluvial, sino en la construcción de “espinas” institucionales, soberanas y tecnológicas en el río.
La primera espina paraguaya debe ser el monitoreo tecnológico propio. Paraguay ostenta la tercera flota de barcazas más grande del planeta. Dejar que la digitalización, el rastreo satelital y los sensores de tráfico de nuestra principal vía comercial queden en manos de tecnologías opacas provistas por terceros es un error estratégico fundamental.
El control del flujo de datos sobre qué cargamos y hacia dónde navegamos debe ser un software estrictamente paraguayo. Quien posee la visibilidad del río posee la soberanía de la ruta.
PRAGMATISMO CONTRA EL PÉNDULO POLÍTICO
La segunda espina es de carácter diplomático. Las alianzas que hoy articulan los países del Sudeste Asiático enseñan que la defensa de los nodos estratégicos debe superar los compadrazgos ideológicos. Manila o Hanói cooperan con Tokio no por afinidades partidarias, sino por una cruda convergencia de intereses de Estado.
Paraguay debe estructurar una política fluvial que sea absolutamente ciega al color del gobierno de turno en Buenos Aires o Brasilia. Las afinidades ideológicas actuales o futuras con nuestros vecinos son un bálsamo temporal, pero la historia sudamericana es esencialmente pendular.
El blindaje de la hidrovía exige un anclaje multilateral estricto, elevando cualquier fricción técnica o peaje arbitrario hacia tribunales internacionales y mecanismos de arbitraje irrestrictos. Forzar a los gigantes de la región a pagar un costo reputacional global si violan los tratados vigentes es nuestra mejor defensa asimétrica.
EL COSTO DE SER DIGERIBLES
Confiar la supervivencia económica a la simple buena voluntad del vecindario es una ingenuidad que se paga con soberanía. Una muestra de esto fue la crisis por el ingreso de Venezuela al Mercosur entre 2012 y 2013.
Adoptar la mentalidad del puercoespín en nuestros ríos –fortaleciendo el derecho internacional, liderando la tecnología de control y ejerciendo un pragmatismo indomable– es la única garantía de que nuestra principal vena comercial siga respondiendo a las decisiones tomadas en Asunción.
Si nos volvemos un actor predecible y dócil, seremos un bocado fácil; si afilamos nuestras espinas legales y tecnológicas, garantizaremos la libertad de nuestro futuro mediterráneo.
DOCTRINA DEL PUERCOESPÍN
Conocida formalmente en los manuales de defensa como Porcupine Strategy, fue acuñada en el año 2008 por el profesor William S. Murray, un estratega del U.S. Naval War College (la Escuela de Guerra Naval de los Estados Unidos).
Murray escribió un documento fundamental en el que analizaba que Taiwán estaba cometiendo un error crítico al gastar su presupuesto en armas caras y convencionales (como grandes fragatas o cazas F-16) porque China popular las destruiría en los primeros minutos de una invasión mediante una lluvia de misiles balísticos. Su tesis fue clara: “Taiwán debe convertirse en un puercoespín: un animal pequeño que no ataca a nadie, pero cuyas espinas hacen que cualquier depredador que intente tragárselo sufra un dolor insoportable”.