• Paulo César López
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  • Fotos: Gentileza

El 20 de junio de 2021 moría el escritor argentino Juan Forn de un infarto. A sus 61 años se encontraba en el clímax de su producción literaria, por lo que su muerte se lamentó además por tempranera. Sus necrológicas recordaban que detestaba el verbo “fallecer”. Así que sus colegas escribieron entonces sin eufemismos: lo que le sobrevino fue la muerte.

Ya arrastraba algunos problemas de salud y él mismo nos cuenta en una de sus novelas que le vio la cara a la muerte en aquella fría y frívola Buenos Aires de los noventa, tan infame en el relato del progresismo de ese país. Tras aquel episodio, en 2002 se fue a vivir a Villa Gesell y allí hizo una nueva vida cerca del mar, donde luego de un tiempo empezó a escribir sus contratapas en el diario Página/12 tras caminatas y lecturas en la playa.

Desde 2008 y durante más de una década regaló a sus lectores esos textos que constituyen un género en sí mismos. Englobando novela, cuento corto, poesía, ensayo y hasta confesión íntima compartía biografías y anecdotarios de músicos, poetas suicidas, matemáticos anfetamínicos, cineastas, científicos chiflados, perseguidos políticos, las guerras y crímenes del siglo XX, películas de culto, historias escondidas de fotografías icónicas, amantes desesperados, jardineros, mayordomos, taxistas y pordioseros. Parafraseando a uno de sus personajes, ningún oficio es menor si se lo ejerce con pasión.

El principal ingrediente que mantiene a sus lectores atrapados y a la espera de la siguiente contratapa es la curiosidad sobre qué descubrimiento nos regalará esta vez.

Hablando de él mismo a través de uno de sus personajes, el guionista y director de cine sueco Ingmar Bergman, cita una entrevista en la que había asegurado que “la curiosidad me salvó. Me salvó del miedo, de la ignorancia. Fue lo único, en mi adolescencia, y es lo único, todavía hoy”.

RE-CONOCIMIENTO

El efecto inevitable de sus textos es que cada lector escuchará, verá o buscará saber más sobre la canción, poemario, novela, lugar, película, vida trágica o sea lo que sea de lo que nos haya hablado. Al mismo tiempo, Forn tiene el poder de hablar de sí mismo a través de otros y al mismo tiempo de nosotros mismos.

¿Quién acaso más que él podría recomendarnos una lectura como esta? En la Italia ocupada, Natalia Ginzburg es la viuda de un intelectual antifascista de origen ruso asesinado por los nazis y se cree inútil. Los socios de su difunto marido le dan un puesto en una editorial que había sido creada a iniciativa de este último con la misión de que, además de combatir el fascismo, alguna vez en Italia sus amados rusos puedan ser leídos en traducciones como dios manda.

Allí, en ese puesto, que pensó que se lo dieron por lástima, trabajaba con furia incluso los domingos para luchar contra la pereza que creía la poseía. Durante las noches, tras acostar a sus hijos, escribía cosas que creía insignificantes, pero a pesar de ello lo siguió haciendo.

En un librito titulado “Las pequeñas virtudes” confesó: “A veces pienso que no he sido desgraciada en mi vida, que soy injusta cuando acuso al destino de haber tenido tan escasa benevolencia conmigo, porque me ha dado mi oficio. No podría imaginar mi vida sin él. Ha estado siempre ahí, no me ha dejado nunca, cuando lo creía dormido su mirada vigilante estaba puesta en mí. Nunca fue un consuelo, una distracción, una compañía. Es un amo. Hay que tragar saliva y lágrimas, apretar los dientes y servirlo, cuando él nos lo pide. Entonces, nos ayuda a mantenernos en pie, a vencer la locura, la desesperación y la fiebre. Pero debe ser él quien manda, debemos saber que se negará a prestarnos atención si se la pedimos. Sé muy bien que soy una escritora pequeña. Si me pregunto ¿escritora pequeña como quién? Me entristece pensar en otros nombres, así que prefiero creer que nadie ha sido nunca como yo, por pequeña que sea, aunque como escritora sea una pulga o un mosquito”. Tiempo después remataría en su ratonera de Londres: “Conocemos bien nuestra cobardía y bastante mal nuestro valor”.

Su escenario preferido es el siglo XX y la Segunda Guerra en particular, donde desfilan polacos, judíos y comunistas durante la ocupación alemana de Varsovia o la Unión Soviética de Stalin.

Uno de sus tantos poetas suicidas, Ossip Mandelstam, escribió un “Epigrama contra Stalin” luego de la difusión de un retrato propagandístico del líder soviético. Había un detalle que había pasado inadvertido para la mayoría: el Hombre de Acero seguía con los dedos las líneas a medida que iba leyendo, lo cual provocó una mofa clandestina y sigilosa en quienes se atrevieron. “Tus bigotes de cucaracha, tus dedos como gordos gusanos”, reza parte del epíteto.

Boris Pasternak consternado le replicó que “eso no es un poema. Es un acto suicida, una sentencia de muerte en dieciséis versos”. Cuentan que Mandelstam en su destierro siberiano aceptó su suerte como si nada e incluso a menudo decía que no había que quejarse: “Vivimos en el único país que respeta la poesía; matan por ella”.

SU “RETIRO”

En 2017 sus contratapas dejaron de salir abruptamente. En entrevistas dijo que dejaría de escribirlas para no “automatizar el recurso” y que se volcaría más a su rol de editor y traductor. En ese lapso, publicó una reedición aumentada de “La tierra elegida”, una compilación de sus “notas largas, acaso demasiado largas”, según sus propias palabras, del Suplemento Radar, un género en sí mismos al igual que sus contratapas.

Estas luego de un tiempo siguieron apareciendo con irregular periodicidad hasta la última, publicada apenas dos días antes de su muerte, “Homero en los Balcanes”, en la que hablaba de uno de los grandes misterios de la literatura: el origen de la poesía oral, su forma de creación y transmisión.

Forn encarnaba el lema borgeano de que “un escritor es más que nada un buen lector”. De esta manera, cada libro nos lleva necesariamente a otros libros. Al igual que los adeptos del bibliotecario ciego, la cofradía de fornianos no ha desaparecido y permanece quizá en la manera en que más le hubiera gustado: en libros impresos.

Como contracara de esta época de influenciadores (término horrible si es que los hay), de todo el contenido trivial que ya cansa, la buena literatura sigue buscando el refugio del papel.

En “La paradoja de mi tribu”, Forn habla de múltiples contradicciones, entre ellas la de la tecnología: “Cuanto más inteligentes se vuelven, más tontos nos estimulan a ser”. Los medios con los que leemos y escribimos no son neutros: moldean nuestro pensamiento.

Forn ignora, como todos nosotros, cuántas generaciones le quedan a la tribu de los lectores, aunque su paradoja final es precisa: “Solo podremos concebir el fin del libro si lo leemos en un libro”.

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