• Urariano Mota
  • Escritor brasileño
  • Fotos: Gentileza

En tiempos en que el deporte parece estar limitado a la lógica del espectáculo y el consumo, el autor de este artículo rememora un episodio poco conocido que constituye una verdadera lección de dignidad ante la barbarie.

En tiempos de Copa del Mundo, los periodistas recuerdan y debaten, aquí y allá, sobre el mejor gol de toda la historia de la competencia. Algunos eligen el de Maradona contra Inglaterra en 1986. Otros, aquel casi gol de Pelé contra Uruguay en México 1970, en el que dribla al portero sin balón.

Pero yo elijo, por la fuerza ética, el valor y la belleza de su gesto, el de Carlos Caszely, una estrella del fútbol chileno. Caszely es el jugador más popular y querido de la historia de Colo-Colo y de la selección de Chile. Hoy se le conoce como el Chino, el Rey del Metro Cuadrado o el Gerente.

Para mí su mayor logro es este: en plena época de asesinatos y fusilamientos de opositores, en un acto oficial dentro del palacio presidencial, Caszely se negó a darle la mano al dictador Augusto Pinochet. Leamos la manera en que él mismo recuerda ese raro y hermoso momento años después:

UNA OBLIGACIÓN

“Oí pasos. Fue aterrador. De repente, las puertas se abrieron. Apareció una figura con capa, gafas de sol y sombrero. Tenía una cara amarga, dura. Fue a saludar a cada uno de los jugadores clasificados para el Mundial. Cuando se acercó, puse las manos en la espalda. Me tendió la mano, pero me negué a estrecharla. Como ser humano, esa era mi obligación. Tenía a todo un pueblo sufriendo a mis espaldas”.

Las razones de ese gesto –de ese heroísmo– son anteriores. No fue un impulso ciego. El jugador había sido vinculado al expresidente Salvador Allende; él mismo era socialista, como el presidente asesinado. Tras el golpe de Estado, Caszely se marchó a jugar al fútbol español. ¿Y qué hace entonces el régimen? Cerca del Mundial de Alemania 1974, los militares secuestran, encarcelan y torturan a la madre del jugador.

Un intento, al parecer, de silenciarlo y obligarlo a jugar con la selección bajo la sombra del régimen. Entre todos los perseguidos por la dictadura, él era la figura más visible del fútbol chileno. Caszely encontró el acto tan brutal como absurdo y años después declaró:

“Todavía hoy no está claro por qué lo hicieron. La detuvieron y la torturaron salvajemente, y a día de hoy no sabemos de qué la acusaron. Recuerdo un país triste, silencioso, sin risas. Una nación que entraba en la oscuridad. Sabía lo que vendría. Tenía miedo, no por mí, sino por mis amigos y mi familia. Sabía que estaban en peligro por mis ideas”.

Para unos el mejor gol de la historia es el de Maradona a los ingleses, para otros el casi gol de Pelé a Uruguay

DETENIDA Y TORTURADA

Su madre fue detenida, torturada y liberada sin cargos. Y poco después, el jugador se encontró cara a cara con el dictador, en la despedida oficial antes del Mundial de Alemania 1974. Fue en ese momento cuando Caszely llevó las manos a la espalda mientras Pinochet avanzaba para saludar uno a uno a los jugadores. Caszely fue el único que lo rechazó.

Mientras escribo recordando aquel acto, percibo un perfume –uno de esos inolvidables cuya composición no viene de ningún frasco, sino del recuerdo que rodea a un gesto–. En aquel maldito y mágico 1973, cuando el mundo conocido se desmoronaba y las esperanzas todavía eran grandes, ocurrió este gesto de Caszely, tan poco divulgado, casi secreto. Y qué valor, habría que decir.

Aquí, si hubiera espacio, deberíamos discutir lo equivocados que están los que piensan que el valor es un atributo de los hombres que se burlan del peligro. No lo es. El valor es la fidelidad al sentimiento del honor, del deber o del amor. Por eso decimos: qué afecto y grandeza en ser fieles a lo más íntimo sentimos en esos brazos detrás de Caszely mientras el dictador avanzaba contra él.

Seguramente el jugador estaba temblando, pero aun así no cedió. Por eso me parece el mejor golazo de la historia.

Etiquetas: #gol#mundiales

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