- Juan Carlos Dos Santos G.
- Editor y columnista internacional
- Fotos: Gentileza
Una superpotencia económica atrapada por la geografía. A pesar de contar con la armada más numerosa del planeta, los barcos y submarinos de China no pueden salir al océano abierto sin pedir permiso. El responsable es un arco de islas, estrechos vigilados y bases aliadas –con Taiwán y Okinawa como ejes críticos– que actúan como un tapón militarizado
Para entender la vulnerabilidad de este cerco, es necesario mirar hacia el norte del archipiélago, específicamente a las islas Nansei y la prefectura de Okinawa. Esta región alberga el estrecho de Miyako, una de las pocas y valiosas vías marítimas internacionales de aguas profundas que permiten el acceso directo al Pacífico abierto. Para la Marina del Ejército Popular de Liberación (PLAN, por sus siglas
en inglés), cruzar por aquí es una necesidad logística; para Japón y Estados Unidos, es una línea roja.
Consciente de esto, Beijing no busca una invasión anfibia tradicional en este sector, sino un quiebre por saturación. A través de incursiones casi diarias de cazas, bombarderos y buques de guerra, China somete a las Fuerzas de Autodefensa de Japón a una constante guerra de desgaste psicológico y operativo, buscando normalizar su presencia en aguas que Tokio considera soberanas.
INTERCEPTANDO DESDE OKINAWA
Durante mi estadía en Okinawa, a comienzo de octubre del año pasado, fui testigo en primera línea de cómo, al menos en dos y hasta en tres ocasiones diariamente, cazas japoneses (F-15) y aeronaves especializadas en guerra electrónica y antisubmarina (P-3C Orion) dejaban la base aeronaval de Naha para ir en busca de intrusos, ya sean aviones, barcos espías disfrazados de pesqueros, guardacostas artillados o incluso submarinos chinos, que amenazaban con ingresar al espacio aéreo japonés o a sus aguas territoriales.
A toda esta situación, la respuesta japonesa ha sido contundente: la progresiva militarización de sus islas periféricas con baterías de misiles antibuque de última generación y radares de alerta temprana demuestra que el eslabón del norte está lejos de ceder fácilmente.
TAIWÁN, LA CLAVE
Si Okinawa es el tapón del norte, Taiwán es la pieza maestra de todo el tablero. Ubicada exactamente en el centro de la Primera Cadena de Islas, esta isla democrática representa el obstáculo más formidable para las ambiciones globales de Beijing, pero también su objetivo más codiciado.
No se trata solo de una cuestión de orgullo histórico o control tecnológico; es, ante todo, un imperativo geográfico. Occidente peca de ingenuo al creer que China desea apropiarse de Taiwán, ya sea por supuestos sentimientos nacionalistas, por historia o por semiconductores. El secreto del deseo de China sobre Taiwán es geográfico, al ser la pieza fundamental que detiene su deseo expansionista.
PERO… ¿POR QUÉ TAIWÁN?
Actualmente, la costa continental de China da a mares poco profundos, lo que dificulta enormemente que sus submarinos nucleares salgan a patrullar sin ser detectados por la tecnología acústica de los aliados. Controlar Taiwán rompería la cadena a la mitad y cambiaría las reglas del juego de inmediato.
Al dominar la costa este de Taiwán, la armada china tendría acceso directo a las fosas profundas del Pacífico. Desde allí, sus submarinos podrían desaparecer en el océano abierto, anulando la capacidad de detección temprana de Estados Unidos. Además, la caída de Taiwán generaría un efecto de pinza inmediato sobre sus vecinos.
Con bases aéreas y navales chinas operando en la isla, la prefectura japonesa de Okinawa quedaría cercada y vulnerable por el sur, y las rutas marítimas comerciales que abastecen de petróleo y materias primas a Japón y Corea del Sur quedarían bajo el control absoluto de Beijing. Quien controla Taiwán controla el pulso del Asia-Pacífico.
FILIPINAS, EL ÚLTIMO ESLABÓN DE LA PRIMERA CADENA
En el extremo meridional de la cadena, el escenario cambia de la tensión militar abierta a una guerra asimétrica de “zona gris”. Aquí, el objetivo de Beijing es el estrecho de Luzón –el corredor marítimo entre Taiwán y Filipinas– y la Zona Económica Exclusiva (ZEE) de Manila.
En este sector, ante la imposibilidad de quebrar el cerco por la fuerza, China ha optado por alterar la geografía misma. Mediante el dragado masivo y el relleno de arrecifes y atolones en disputadas aguas filipinas, Beijing ha construido una red de islas artificiales fuertemente militarizadas.
Lo que antes eran rocas semisumergidas, hoy son bases operativas con pistas de aterrizaje capaces de recibir bombarderos, sistemas de misiles antibuque y radares de largo alcance.
Esta estrategia de hechos consumados busca un quiebre silencioso: empujar la presencia naval de Filipinas y sus aliados hacia el este, erosionando la efectividad de la Primera Cadena desde abajo.
Si China consolida el control militar sobre la ZEE filipina, logrará dos objetivos críticos. Primero, flanquear a Taiwán desde el sur, facilitando un eventual bloqueo. Segundo, establecer un corredor protegido para que su flota del Sur pueda deslizarse hacia el Pacífico abierto.
Filipinas, consciente de este peligro, ha vuelto a estrechar filas con Washington, permitiendo el acceso estadounidense a bases clave frente a Taiwán, transformando este frente en un polvorín silencioso. EL VEREDICTO GEOGRÁFICO
La Primera Cadena de Islas sigue en pie, pero sus costuras están bajo una presión sin precedentes. Beijing sabe que mientras este muro insular permanezca intacto, su estatus de superpotencia global estará incompleto.
Cada incursión en Okinawa, cada presión sobre Taiwán y cada isla artificial en Filipinas son golpes de martillo sobre una estructura que, de llegar a romperse, cambiará para siempre el equilibrio de poder en el planeta, abriendo el camino de China hacia el control total del océano profundo.
PRÓXIMA ENTREGA: ¿Y si se rompe la Primera Cadena de Islas?