- David Velázquez Seiferheld
- Historiador
- Fotos: Gentileza
La historia de la formación docente en el Paraguay no es una línea de tiempo limpia y lineal, sino que se asemeja a un yacimiento geológico, una suerte de estratigrafía pedagógica donde los distintos paradigmas se sedimentan, conviven y se interpenetran. Para comprender la revolución que significó el normalismo, es indispensable observar el suelo primordial sobre el cual se asentó.
Antes de la consolidación de las instituciones modernas, durante la época colonial y la Primera República (tiempos de José Gaspar Rodríguez de Francia y los López), la enseñanza en el país fue predominantemente asistemática.
En aquel entonces, no existían escuelas formadoras de maestros; el educador era un “idóneo” cuya legitimidad no nacía de un saber pedagógico especializado, sino de su lealtad al rey primero, y al gobierno republicano, después, pero siempre de su intachable conducta moral. Este estrato primordial forjó el paradigma del “docente-modelo”, un referente católico, moral y realista, primero, patriótico, después, cuya autoridad emanaba del ser antes que del saber pedagógico.
El primer intento estatal de institucionalizar la formación de los maestros ocurrió durante el gobierno de Carlos Antonio López. En 1855, el patriarca encomendó al español Ildefonso Bermejo la creación de una Escuela Normal. A pesar de un inicio auspicioso con exámenes públicos y buena receptividad social, el proyecto resultó un fracaso.
En menos de dos años, la escuela debió clausurarse debido a que los jóvenes adelantados se retiraban al verse igualados con los principiantes, sumado a la inconveniencia de los horarios y la falta de disciplina para contener a los estudiantes.
Los alumnos fueron designados como maestros de primeras letras o derivados a las escuelas de latinidad, postergando la profesionalización docente por varias décadas, un retraso que luego se agravaría trágicamente con el estallido y la devastación de la guerra de la Triple Alianza.
LA RECONSTRUCCIÓN
Tras la hecatombe bélica que arruinó la infraestructura del país y diezmó a su población, el Estado se vio en la imperiosa necesidad de reconstruir el sistema educativo. Es en este contexto de posguerra que emerge el normalismo, no solo como un modelo educativo, sino como parte fundamental de la lógica intelectual del novecentismo.
Esta generación de intelectuales buscaba fervientemente “la renovación de modos de vida, de sistemas de orientación intelectual” y un método distinto para superar los desencuentros históricos latentes a treinta años de terminada la guerra.
Una figura clave en esta etapa de transición fue Rosa Peña de González, una normalista egresada en la Argentina que, junto a su esposo, Juan G. González, realizó una intensa labor de promoción de la instrucción pública.
Bajo su influencia, regresaron al país maestros paraguayos formados en el normalismo de la célebre Escuela del Paraná, entre ellos Atanasio C. Riera, quien, al asumir la Superintendencia de Instrucción Pública en 1889, impulsó profundos cambios, como la creación de conferencias pedagógicas y academias de docentes.
Riera fue fundamental al propiciar la creación de la escuela graduada de niñas en 1890, antecedente directo de la escuela normal de maestras. Para este proyecto, el Gobierno invitó a retornar al Paraguay a Adela y Celsa Speratti, dos brillantes normalistas paraguayas que se habían graduado en Concepción del Uruguay y ejercían en la Argentina.
UN HITO CLAVE
El esfuerzo de esta generación rindió sus frutos definitivos en 1896, año que marcó un hito clave para la educación y la cultura del Paraguay con la aparición institucional del normalismo en la formación del magisterio.
El 7 de marzo de ese año se autorizó la creación de la Escuela Normal de Niñas, y el 1 de mayo comenzaron las clases en el edificio que había sido la casa de Carlos Antonio López. Adela Speratti asumió la dirección de la escuela de niñas, mientras que el argentino Francisco Tapia dirigió la de varones.
Con la fundación de la Escuela Normal, se instauró el paradigma del “docente-transmisor”, fuertemente amparado en las corrientes del positivismo y el higienismo. Bajo esta nueva capa de la estratigrafía pedagógica, el conocimiento pasó a ser concebido como una verdad científica objetiva que debía ser depositada en el alumno para asegurar el progreso de la nación.
La mente del niño era vista como una tabula rasa que podía ser llenada con cualquier contenido, y el maestro se erigió como un indispensable agente civilizador, destinado a combatir la barbarie y encaminar al país hacia la modernidad.