- Jorge Zárate
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- Fotos: Archivo/Gentileza
La de los adolescentes cateados para entrar al colegio se transformó en una imagen muy fuerte de la semana. Producto de la preocupación de padres y sociedad en general por la reiteración de casos, la respuesta, en mirada de los especialistas, debería ser más integral. Aquí el análisis de un sociólogo, un psicólogo y un psiquiatra para acercarse al problema desde una mirada multidimensional. Desde el MEC dan cuenta de que en su mayoría son episodios motivados por retos o desafíos planteados en redes y que se activan protocolos y acciones para intentar prevenirlo.
Los registros del Ministerio de Educación y Ciencias (MEC) señalan que se dieron unos 50 casos de amenazas de tiroteos en las escuelas del país, en episodios que crecieron en el último tiempo a raíz de la viralización en redes sociales.
Para el sociólogo Carlos Peris, lo que no debe hacerse es “caer en el pánico moral ni en el reduccionismo. Las amenazas no surgen de la nada: son síntomas de procesos sociales más profundos. Estamos ante una crisis de integración social, donde los lazos que unen a los jóvenes con sus comunidades, instituciones y proyectos de vida se han debilitado considerablemente”, recuerda.
Agrega que “a eso se suma la exposición sostenida a narrativas de violencia, la precarización de la vida cotidiana de muchas familias paraguayas y la sobreexposición descontrolada a las redes sociales”.
Peris, que es director del programa de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Asunción (FACSO-UNA), entiende que para intentar resolverlo “lo que se puede hacer es actuar en varios niveles simultáneamente: el escolar, el familiar, el comunitario y el institucional. No hay una solución única ni rápida”.
ATENCIÓN A LA SALUD MENTAL
Para el psicólogo Martín Negrete, “la respuesta inmediata no puede limitarse a protocolos de seguridad física como cerrar escuelas o aumentar vigilancia. Es necesario activar equipos de salud mental en las instituciones afectadas, identificar al adolescente que emitió la amenaza no solo como un perpetrador potencial, sino como alguien en crisis que necesita intervención psicosocial urgente. Al mismo tiempo, evaluar el clima emocional de toda la comunidad educativa, porque donde hay una amenaza visible suele haber muchos otros jóvenes en situación de crisis y sufrimiento silencioso”, sugiere.
Negrete, quien es investigador y consultor en temas de salud pública y mental, destaca que el fenómeno “tiene un componente de contagio social: cuando una amenaza recibe atención masiva, se convierte involuntariamente en un modelo para otros jóvenes que buscan visibilidad o atención. Los medios de comunicación tienen una responsabilidad enorme en cómo cubren estos eventos. Informar con detalle, con nombres, con dramatismo excesivo alimenta el ciclo. Estos casos necesitan que periodistas, psicólogos e instituciones educativas construyan juntos una narrativa pública que no romantice ni amplifique estas conductas, sino que ponga el foco en la prevención, la escucha y la respuesta comunitaria”, apunta.
Para el psiquiatra Aldo Castiglioni, “lo primero es no minimizar la situación, pero tampoco sobredimensionarla de manera que genere pánico. Las amenazas deben ser tomadas siempre en serio, con protocolos claros de verificación y respuesta rápida”.
Castiglioni, que es presidente de la Sociedad Paraguaya de Suicidología, propone: “A mediano y largo plazo, es clave trabajar en la prevención. Esto implica fortalecer los equipos de orientación escolar, promover la educación socioemocional y generar espacios seguros para que los estudiantes puedan expresar sus emociones y pensamientos. También es importante el trabajo coordinado entre escuelas, familias y autoridades. La seguridad debe ser un esfuerzo compartido”.
RESPUESTAS INSTITUCIONALES
Negrete apunta que las respuestas institucionales suelen involucrar “más control, vigilancia, sanciones. Eso es comprensible, pero insuficiente. Lo que se espera es una respuesta que combine la seguridad física con la intervención psicosocial sistemática. Se necesitan con urgencia protocolos de intervención en crisis que incluyan equipos de salud mental escolares entrenados, no solo guardias de seguridad”.
Peris recuerda que en principio “tienden a privilegiar la dimensión securitaria y no está mal como medida de emergencia, pero es claramente insuficiente. Falta la integralidad, me preocupa que la respuesta derive en pura penalización de los adolescentes. Muchas de estas amenazas provienen de chicos en situaciones de extrema vulnerabilidad psicológica y social, no de potenciales asesinos. Tratarlos como criminales antes de escucharlos es un error que profundiza el problema”, señala.
En tanto, Castiglioni espera que se dé “una respuesta organizada y coherente. Esto incluye protocolos claros de actuación, comunicación responsable con las familias y articulación con fuerzas de seguridad cuando sea necesario. Las instituciones deben avanzar hacia la capacitación docente en detección temprana de señales de alerta, fortalecimiento de equipos técnicos y desarrollo de programas de convivencia escolar”.
DIÁLOGO Y ASAMBLEAS
El sociólogo Peris entiende que es “imprescindible” buscar un espacio de diálogo asambleario con los estudiantes: “Es perfectamente viable si hay voluntad política y pedagógica. La escuela tiene que recuperar su dimensión como espacio de palabra. Los adolescentes están atravesando transformaciones enormes en su identidad, en su relación con la tecnología, con la violencia que ven en sus barrios, con la incertidumbre del futuro y en muchos casos no tienen adultos dispuestos a escucharlos de verdad”.
Apunta entonces que “las asambleas escolares, los espacios de escucha activa, los círculos restaurativos tienen evidencia empírica a favor. Lo que se necesita es que los docentes se animen a ceder protagonismo porque es un proceso de todos, especialmente de los niños que no son sujetos pasivos”.
Negrete coincide en la importancia de abrir más espacios de escucha y diálogo: “Los adolescentes que emiten amenazas, en la mayoría de los casos, llevan meses o años sintiéndose ignorados o violentados dentro de sus propias instituciones educativas. Las asambleas, los círculos de diálogo y los espacios de escucha activa tienen un potencial preventivo enorme porque permiten que el malestar encuentre un canal de expresión legítimo antes de que escale”.
Señala que “estos espacios deben ser genuinos: los jóvenes detectan rápidamente cuándo se los convoca para cumplir una formalidad y cuándo su voz realmente importa. La diferencia entre uno y otro puede ser la que hay entre prevención y crisis”.
Para Castiglioni, estas instancias participativas “ayudan a construir sentido de pertenencia y a disminuir la violencia. Cuando los jóvenes sienten que su voz importa, es menos probable que canalicen su malestar de forma destructiva. Eso sí, estos espacios deben estar bien acompañados por adultos capacitados, para que no se conviertan en simples catarsis, sino en oportunidades de construcción colectiva”, concluye.
FORMARSE EN PREVENCIÓN Y DIÁLOGO
“Los casos analizados son retos virales, no hay un indicio de algo que tenga mayor fuerza o raíz profunda, la tendencia es que lo hacen por querer ser reconocidos, observados”, dice Leda Palmerola, del MEC.
Si bien los casos siguen siendo analizados, básicamente ese es el cuadro de situación que se da en promedio. “Tenemos que ir indagando más, de una vez no vamos a tener toda la visualización. Se hacen entrevistas y distintos acercamientos e iremos viendo, van a ir saliendo otras situaciones que hacen que los comportamientos se presenten como la falta de acompañamiento familiar. Quedan los chicos solos, los padres trabajan todo el día y no tienen tiempo para hablar con ellos, para conversar de lo que les importa sin juzgar, sin una mirada adultocentrista”, expone.
Palmerola, que es directora de Desarrollo Educativo, apunta que “la articulación entre los organismos se va consolidando y cuando necesitamos llegar a terreno, tenemos apoyos de las Codeni (Consejería Municipal por los Derechos del Niño, Niña y Adolescente) y los ministerios de Salud, Niñez, fuerzas de seguridad, etc.”.
Explica que no solo se busca atender una denuncia por amenaza de tiroteo, sino que también ir viendo otros trasfondos que suelen aparecer como violencia intrafamiliar, maltrato, abuso sexual y otras conductas conflictivas que son recibidas por las docentes. “Ellas perciben las situaciones de vulneración y allí se inicia el proceso con los organismos predispuestos a colaborar”, expone.
DIÁLOGO Y FORMACIÓN
Según Leda Palmerola, se va analizando lo que depara cada caso particularizado, pero siempre se sugiere a los colegios “crear espacios, conversatorios, trabajando todo lo que tenga que ver con convivencia sana, liderazgo de los estudiantes con sus pares, para que acompañados de sus coordinadores se pueda mejorar el clima escolar en todas las dimensiones”.
Apunta allí que se tuvieron “experiencias positivas en el Colegio Ysaty, donde se fue fomentando el buen trato y la buena convivencia con ayuda de las familias”.
Expone a su vez que existen esfuerzos para vincular a los adultos: “Hemos intentando alternativas, escuela para padres en el horario que pueden, webinarios para que les llegue la información, mensajería con flyers y otras que seguimos poniendo en marcha para poder contar con ellos y que puedan fortalecer su formación de padres”, dice.
Por otra parte, asegura que se avanza también en lo curricular. “Estamos trabajando con la prevención primaria en el currículum nacional”, cuenta, señalando que el MEC ya incorpora en la formación de los docentes herramientas para atender este tipo de problemas.
“En cada área se trabaja con la prevención de violencia, autocuidado, factores protectores. Esa es nuestra primera llegada en cada aula y una vez que suceden estas cosas tenemos un protocolo para actuación y materiales para acompañar a los docentes para ayudarlos en cómo trabajar en la prevención”, dice amplificando el concepto.
Indica que cuando se dan las amenazas, los equipos del MEC se acercan a los establecimientos. “Tenemos proyectos que trabajan en riesgos socioemocionales, prevención de abuso sexual infantil y otros temas que hacen a las comunidades educativas porque cada aula refleja un microclima de la sociedad actual”, recuerda.