• Toni Roberto
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Toni memora este domingo a una de las figuras más relevantes de la arquitectura paraguaya, quien recientemente partió hacia la eternidad. El profesor arquitecto Pablo Osvaldo Ruggero Salza forjó un legado valioso durante el ejercicio de su profesión, dejando huellas profundas en quienes tuvieron el privilegio de nutrirse de sus conocimientos y de su calidad humana. Hoy es leyenda.

Era marzo de 1985. Empezaba la facultad en el viejo y austero taller, al lado de la antigua casa de la vieja facultad, tantas veces retratada por grandes acuarelistas. Sentado en un sencillo escritorio, un profesor de eterna sonrisa. Le digo mi nombre y me dice: “¿Tu apellido es Roberto?”. La emoción increíble, era la primera vez que alguien no me preguntaba: “¿Y tu apellido?”. A partir de ahí la amistad con el profe Pablo Ruggero se eternizó.

Empecé a ir a su estudio, me permitió alternar con su familia, la querida Tona Zarza y sus hijos. Sergio era aún un chico de 12 o 13 años que se notaba muy interesado en la ciudad, sus casas, sus historias. Sumado al enorme cariño que le tenía a su suegra, la inolvidable Idalia Flores de Zarza, profesora de varias generaciones quien me hizo amar las historias y los vericuetos de ellas.

UNA ESCUELA DE PASANTÍA

Pararme un rato en la esquina de José Berges y Rosa Peña es recordar esa casa que era como una escuela de pasantía de arquitectura; sus ayudantes en diferentes épocas: Dulce María Costa Martí, Cacho Vázquez, Juanchi Giangreco, Lourdes Talavera, Adela Maíz, Peky Squeff, Rosa y Annie Granada, Olga Galeano, Toto Fernández, Luis Alberto Boh, Hugo Zarza, Roque Cabral, Christian Andersen, Anneke Laratro, Teresa González Meyer, Alicia Basili, Malusa Ayala Bosio, José Rivarola, Haydée Motte, Bettina Bray, Ileana Canillas, Rodolfo Brugada, Juan Fadul, Laura Luraschi, Gustavo Glavinich, Vladimir Correa, Desirée Dumot, Karina Bittar, Raquel Yanho y muchos otros que voy recordando con el paso de mis manos por los teclados.

Las obras de Pablo y Tona son innumerables, desde las más sencillas, pasando por importantes residencias: Corvalán Ferrario, Laufer, Rasmussen González, Caballero Bosch, Riveros, Jiménez Gaona, González Saldívar, Giménez Uriarte, hasta grandes proyectos como el edificio de las oficinas de Palermo, el Condovac, el anfiteatro José Asunción Flores, el Humaitá, Ahorros Paraguayos y el Parapití conocido por muchos como el edifico del Da Vinci, este último realizado junto a Tona, Publio Fernández, N. Wiezell y J. Rubiani, por citar algunos.

Edificio oficinas Palermo. Diseño de Pablo Ruggero Salza, Tona Zarza, Sergio Ruggero y Pablo Ruggero Zarza. Luque, 2019

PABLO, HERMANO, TÍO, AMIGO

Pero Pablo Ruggero era, además, hermano, tío, amigo de muchos que en aquellos años buscábamos unas palabras de aliento en aquel mundo que estábamos por iniciar. Las clases de Teoría de la Arquitectura se volvían además lecciones de humanidad por su amplia manera de mirar el mundo.

Construyó junto a su inolvidable amigo Paolo Pederzani y otros una arquitectura de solidaridad que se llama la Comilona de Teletón, que animó a otros a empezar a hacer ayuda social a partir de aquellos sabrosos platos de otras épocas, siendo pionero en este hoy ya tradicional encuentro anual de delicias.

Al final, quiero recordar un momento de una de nuestras charlas allá por 1987, parados en la puerta de su casa y estudio, en esa angosta vereda de la calle Rosa Peña, cuando le digo: “Profe, no me gustan los cálculos, voy a dejar la facultad”, a lo que me responde: “Toni, hacé lo que tu corazón te dice”. Yo le respondo: “Gracias, profe”. Esas cortas y sintéticas palabras cambiaron mi manera de ver el mundo, me dieron libertad y eso solo puede hacer un gran maestro como lo fue el ya legendario profesor, arquitecto y pensador Pablo Osvaldo Ruggero Salza.

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