Un relato fascinante y lleno de nostalgia es el que nos comparte hoy Toni Roberto en Cuadernos de Barrio. Historias y anécdotas en torno a una mujer de la sociedad asuncena, de un altruismo extraordinario a pesar de su deficiencia visual, evocada por una hija que en los años 50 tuvo el coraje de romper paradigmas y forjar con carácter su propio destino.

“Robbiani, Isa­bel Grillón de, Vanguar­dia 18”, teléfono 6770. Esa dirección y ese número de la guía telefónica del año 1958 que atesoro me inter­peló siempre. Hace unos días voy a Taita y, entre charla y charla, vi una vieja inma­culada fotografía. Una her­mosa dama, una foto de los años 30. Pregunto: ¿quién es ella? Una mirada, un silen­cio, la repuesta: “Ella es mi mamá, Isabel Grillón”. En ese momento, toda esa devoción a esa enigmática dama que nunca conocí, y que por fin pude saber más detalles de ella, a través de su hija Materé Robbiani, una mujer asun­cena que, en los años 50, tuvo la osadía de decirle a su padre: “Papá, a mí no me gusta estudiar, quiero traba­jar”, dejando el cuarto curso del colegio Teresiano.

HISTORIA DE PELÍCULA

La historia de Isabel Grillón es como una película, desde la manera en que le conoció en un barco a su marido, el argentino Carlos Robbiani, muy vinculado a la alta socie­dad porteña de la primera mitad del siglo XX, pasando por la entrega a una vida de caridad en la sociedad capi­talina desde aquellos años 40 y su trabajo infatigable en la Comisión de Damas de Ayuda a la Lucha Contra el Cáncer, junto a Ernestina Figueredo de Troche y otras señoras, tarea que cumplió con una ceguera severa.

De esa manera, increíble­mente, recorría las impor­tantes casas de su barrio, pidiendo ayuda para aquel noble fin.

Salvatore Amodei y Irene Borello con dos alumnas. Asunción c. 1965.

LA CASA DISEÑADA POR ORSINI

Su residencia diseñada y construida por el maestro Orsini, ubicada en una de las más recatadas zonas residen­ciales de aquellas décadas, tenía como vecinos a importantes familias de la época como la de Harmodio Gonzá­lez, la de Irma Vargas, madre de Guillermo Caballero Var­gas, y, por supuesto, a la resi­dencia de la Embajada del Brasil, una enorme edifica­ción de una manzana entera, llena de verdades y leyendas de aquellos años, cuya auto­ría de su construcción se dis­putan varias encumbradas familias de la antigua ciudad de otros tiempos.

¡OH, LEZCANO!

Las anécdotas de esa cua­dra son únicas, como el día en que Materé, que tenía dos hermanos, Mabel y Carlos Raúl, decidió dejar el cole­gio. Previamente, agarró un papel, escribió y le entregó a su profesor.

La nota decía: “¡Oh, Lezcano!, yo que adoro el castellano y a su digno ejecutor, yo Lezcano te venero, aunque tú me pon­gas cero, más si tú me pones cero, yo te daré una patada en el trasero”.

Materé, esa hermosa mujer que guarda como un tesoro los recuerdos de su época, rememora como si fuera ayer, ese día que decidió salir del colegio: “Le recité y le dejé la esquela al profesor Lezcano. Salí del colegio caminando por las calles de Asunción hasta la casa de una amiga. Cuando volví, a lo lejos divisé que en la esquina de Van­guardia y Mcal. López esta­ban muchas monjas y vecinos con mi papá, desesperados, esperando que vuelva. Fue todo un acontecimiento en el barrio”.

LA MESA Y EL MANTEL

Su madre, Isabel, con la ceguera total que le aquejaba, ponía todos los días la mesa impecable con un inmacu­lado mantel blanco, con café, té, leche, galletitas y dulce de leche para esperar a todos sus nietos. En una de esas, Gui­llermo Bibolini, conocido por sus travesuras asuncenas, se hizo pasar por uno de sus nie­tos diciéndole: “Abuelita, aquí vengo a merendar contigo”, aprovechándose de la falta de visión de doña Isabel.

ROBBIANI Y EL TANGO DEL OLIMPIA

Al final, Materé recuerda a su padre, el escritor don Car­los Robbiani, el argentino que creó el tango del Olimpia, y nos recita un fragmento al despedirnos: “Soy del Olim­pia, campeón de campeones, de los once leones cansados de ganar. Soy del Decano, club soberano, que en el deporte supo triunfar. Que fue cuna de muchos campeones, que en mil ocasiones hicieron fla­mear nuestros colores. Que vencedores, que orgullo fue­ron del Paraguay…”.

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