¿Cómo se cuenta la guerra de hoy en tiempos de redes, de realidades virtuales, de realidades reales, de realidades mixtas y de hibrideces? Todo parece haber cambiado en sus formas y técnicas narrativas. La cultura de lo divertido y de los juegos en red avanza indetenible.

  • Por Ricardo Rivas
  • Periodista
  • X: @RtrivasRivas
  • Fotos Gentileza

Cuando Charles Lewis Gruneisen (1806- 1879) comenzó a reportar desde los campos de batalla la que históricamente se conoce como la primera guerra carlista, en España, para The Morning Post, en 1837, el formato de los rela­tos que –desde el inicio de la vida misma– dan cuenta de guerras y guerrillas cambió para siempre. No son (somos) escasos los que seguimos los pasos profesionales de Gru­neisen. De hecho, a Williams Howard Russell (1821-1907), que para The Times cubrió la guerra de Crimea equipado con un telégrafo, con fre­cuencia se lo menciona como “el padre de los correspon­sales de guerra modernos”. Por su parte, se alude a Roger Fenton (1819-1869), como el primero de los fotógrafos de guerra, también en Crimea donde fue compañero de tra­bajo de Russell. Hay mujeres que siguieron sus pasos. Entre ellas, Sofía Casanova (1861- 1958) y la grandiosa Martha Gellhorn (1908-1998) –ter­cera esposa de Ernest Hemin­gway entre 1940 y 1945– que como aquellos pioneros con­taron (y siguen haciéndolo con relatos magistrales que escribieron para siempre) his­torias de crueldad, de amor, de tristezas, de pérdidas, de genocidios, de exterminios que permiten saber, conocer y reflexionar sobre la condi­ción humana y, por qué no, sobre las múltiples y tan fre­cuentes in-humanidades que suelen abrumar, angustiar y entristecer.

La guerra más reciente –sin que nadie la declare formal­mente como lo exige el dere­cho internacional– comenzó el pasado 28 de febrero. Arti­lleros y pilotos de Estados Unidos e Israel calibraron los dispositivos de sus sis­temas de armas y –como lo anunciaron desde varias semanas– con bombardeos selectivos, de alta precisión, dispararon sobre Teherán. Desde entonces, dieciséis días corren hasta hoy de violencia extrema. Donald Trump, el comandante en jefe norteamericano, llama Furia Épica a la operación lanzada para destruir el programa nuclear y el desarrollo misilístico de la República Islámica de Irán, una teocracia cruel, sanguina­ria y violadora sistemática de los derechos humanos. Por su parte, Benjamin Netanyahu, homólogo israelí del estadou­nidense, a la misma opera­ción, le dio el nombre clave de Rugido del León.

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El Estado teocrático iraní se sacudió. Una buena parte de la élite persa fue asesinada. El autocrático líder iraní, ayatollah Alí Hoseiní Jame­neí (1939-2026), cayó junto con unos cuarenta de los car­gos que lo (y se) protegían en un refugio instalado dentro de un colegio colmado de niños y niñas que usaron como escu­dos. Apenas recuperados del ataque inicial, los comandan­tes de la Guardia Republicana sobrevivientes respondieron a los ataques recibidos con cien­tos de drones, misiles (algu­nos hipersónicos) que hicieron blanco en varios de los países de esa región. La lucha, desde aquel día, crece en intensidad, aunque la criminal política interna represiva iraní conti­núa. El mayor de los hijos del líder abatido, Mojtaba Jame­neí, quien también fue herido (algunos reportes dicen que “gravemente”) en ese ata­que inicial, desde el pasado domingo 8 es el flamante líder persa.

El mundo trepida. Se tensa. Y tiene por qué. Marcelo Can­telmi, jefe de información internacional del diario Cla­rín y director del Observato­rio de Política Internacional de la Universidad de Palermo (UP), precisa que “Irán es el cuarto productor mundial de petróleo”, destaca que “casi el 80 % del total lo envía a China” y detalla que “entre el 13 % y el 15 % de las compras de crudo (que realiza Beijing se trans­porta) por vía marítima” a tra­vés del estrecho de Ormuz que la Guardia Republicana de la Revolución persa mantiene cerrado a sangre y fuego con ataques a buques-tanque pri­vados. La evolución de la eco­nomía global da cuenta en sus resultados de que no es China la única potencia perjudicada.

Con un telégrafo, Billy Russel cubrió para The Times la guerra de Crimea. Martha Gellhorn, tercera esposa de Ernest Hemingway, cubrió desde los campos de batalla la guerra civil Española

EL PETRÓLEO

Las batallas crecen en intensi­dad. La posibilidad de un ata­que nuclear de “baja intensi­dad”, numerosos analistas de reconocido prestigio y serie­dad la evalúan como una acción posible por parte de alguno de los contendientes. Las mayores reservas hidro­carburíferas del planeta se localizan en ese teatro de operaciones. Las acciones de combate se expanden. Dro­nes y misiles iraníes una y otra vez estallan sobre pobla­dores indefensos en Tel Aviv, Dubai, en el aeropuerto de Catar, en instalaciones diplo­máticas y militares norteame­ricanas y hasta en alguna base británica en la isla de Chipre. Fuerzas conjuntas europeas añaden tensión en el Medite­rráneo hacia donde navegan y patrullan para proteger a ese terruño que es parte de la Unión Europea.

Los autodenominados Guar­dianes de la Revolución de Irán –integrados por tropas espe­ciales con alta capacitación para dañar a sus oponentes a la vez que parte sustancial de un esquema de negocios de élite que desarrollan con recursos estatales, según coincidentes expertos de relevantes– decla­ran que desarrollan una “gue­rra de desgaste” contra Esta­dos Unidos e Israel. “Ellos deben considerar la posibili­dad de verse involucrados en una guerra (…) a largo plazo que destruirá toda la economía estadounidense y la economía mundial, y que provocará que todas sus capacidades milita­res se erosionen hasta el punto de la destrucción”, sostuvo Ali Fadavi, un muy influyente asistente del comandante de los “guardianes”, ante la IRIB (televisión oficial iraní) que luego reprodujeron Press TV, en inglés y francés; e, His­panTV, en español.

El precio del petróleo crece. Cantelmi explica que The Economist consigna que “si el crudo supera los cien dóla­res, como está ocurriendo, el PBI mundial se reducirá 0,4 % por ciento y la inflación global crecería 1,2 %”. Cálcu­los. Estimaciones. ¿A cuánto llegará el precio del barril de petróleo Brent? En la tarde del pasado viernes, cerca de las 4:36 pm en Argentina y Para­guay, cotizaba en alza a USD 102,65. La consultora Goldam Sachs estima que para fin de este mes alcanzará los USD 150. Los números de la gue­rra desalientan la marcha de la economía global. Hay pre­ocupación entre financistas, emprendedores que alcanza incluso a los llamados oligar­cas tecnológicos.

¿Cantidad de víctimas? No hay precisiones. Se conoce poco y solo se mueven algunos datos del horror. La incom­pletud informativa favorece las emocionalidades que las partes procuran conseguir. En “El arte de la guerra”, la máxima obra de Sun Tzu, a quien muchos señalan como “el más grande estratega de todos los tiempos”, sostiene que “la guerra se basa en el engaño”.

El miércoles pasado CNN informó que –hasta ese día– la Agencia de Noticias de Acti­vistas de Derechos Humanos (HRANA), con sede en Esta­dos Unidos, reportó “que 1.262 civiles y 190 militares han muerto”, desde el inicio de las operaciones. En el Líbano, al menos 570 personas murie­ron (...) según informó la Uni­dad de Gestión del Riesgo de Desastres” de ese país, en tanto que la Fuerza de Defensa de Israel informó sobre “dos soldados israelíes (que) también murieron en el sur del Líbano (en) la madru­gada del domingo” 8 de marzo. Precisó CNN además de la existencia de víctimas fatales en Iraq, Israel, Kuwait, Emi­ratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Bahrein y Omán. A las 5:29 pm, el barril de petró­leo Brent alcanza USD 103,51. En el resumen de mercado de Brent Last Day Financial los números en alza –en tiempo real– corren como si imitaran a los de un taxímetro a lo largo de un viaje interminable.

La primera fotógrafa de guerra, Sofía Casanova

CAMUFLAJE

Sobre esta guerra se informa muy poco y casi nada. Las potencias involucradas cla­ramente siguen a Sun Tzu. No es nuevo. Ocultar tam­bién puede ser una política en cualquier país, en cualquier organización, en cualquier lugar y hasta en cualquier familia. Con las revelacio­nes que emergieron en 1971 de los que se conocen como “Los papeles del Pentágono”, el mundo supo del contenido de un documento secreto en el que se reseñan no solo las acciones de los Estados Uni­dos en Vietnam entre 1945 y 1967 sino que –blanco sobre negro– el mundo conoció que cinco administraciones nor­teamericanas, republicanas y demócratas, ocultaron información (mintieron) sobre las acciones bélicas en Indochina. Las patas con las que excusa­ron aquellas mentiras fueron, entre otras, la Guerra Fría, la seguridad nacional y... unos sesenta mil soldados nor­teamericanos cayeron para siempre en el sudeste asiático. Fuentes serias dicen que cerca de dos millones de personas de toda nacionalidad también fueron asesinadas durante aquel conflicto. La tele, con el tiempo, documentó aque­llo. Periodistas como Walter Cronkite (1916-2009) o Mike Wallace (1918-2012) llevaron aquellos testimonios bélicos tardíamente a millones de personas. También lo hicieron la BBC de Londres, la que hoy es RFI (Radio Francia Inter­nacional) y, hasta los medios de la entonces Unión de Repú­blicas Socialistas Soviéticas (URSS), radio Pekín y tantos otros revelaron sus farsas criminales camufladas como guerras justas y necesarias.

Pese a que aquellos engaños quedaron al descubierto, pese a que los tiempos pasan, las y los mentirosos de todos los tiempos no dejan de producir sentido con aquellas neceda­des como si los almanaques no perdieran sus hojas o los calendarios digitales no se quedaran sin baterías.

Entre 1973 y 1974 –cuando el mudo era mundial y para nada global– era posible ver en la tele la serie “El mundo en guerra”. Valioso aporte infor­mativo y didáctico. Con imá­genes de archivo remasteri­zadas y la estupenda locución en off de sir Laurence Olivier supimos algunas verdades de la Segunda Guerra Mundial. Más acá en el tiempo, cuando en la Casa Blanca habitaba el presidente George Hebert Bush (1989-1993), dos ope­raciones militares sacudie­ron al mundo de entonces. La operación Tormenta del Desierto y su continuidad en la que se conoce como la gue­rra del Golfo para derrocar al dictador iraquí Saddam Hus­sein. Mientras aquellas accio­nes bélicas se desarrollaban, la tele global también mos­traba poco y nada. Un cormo­rán empetrolado y un misil de precisión que caía sobre una vivienda en Bagdad –ambas en blanco y negro– las vimos una y mil veces. Una coalición de fuerzas constituida por fuera de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) se lanzó al campo de batalla para poner fin a armas de destruc­ción masiva que nunca fueron encontradas y se decía que estaban en los arsenales “del peligroso” líder iraquí. “En mi opinión… el pueblo debería apartar a Saddam”, dijo Bush por aquellos días previos a los combates en procura de una pueblada. Los periodistas de las cadenas informativas con pretensiones globales, desde el terreno, vestidos con ropas similares a las que vestían las tropas, reportaban “embe­ded (integrados)”, la guerra “en tiempo real”, en “vivo y directo” o como el recuerdo nos recuerda que lo hacían. Aquel dictador cayó. Las imá­genes de una multitud jalando cuerdas para derrumbar una estatua enorme del autócrata derrocado desplazaron y reemplazaron por un tiempo al cormorán y al misil.

JUEGOS DE GUERRA

La noche avanza. Sentado en la vieja mecedora procuro revi­sar cómo se cuenta la guerra de hoy en tiempos de redes, de realidades virtuales, de rea­lidades reales, de realidades mixtas y de hibrideces. Todo parece haber cambiado en sus formas y técnicas narrativas. La cultura de lo divertido y de los juegos en red avanza inde­tenible. La nocturnidad tam­bién. Miro el celu. Navego. Reviso los reels, las histo­rias, Instagram, Facebook, X (ex-Twitter), TikTok... Entre drones, misiles hipersónicos, aviones invisibles y enormes flotas que “se encuentran en el Golfo Pérsico” o “en el Medite­rráneo”, brevísimamente veo a Bob Esponja. Previamente –flashearon– Iron Man, Top Gun, imágenes reales de misi­les que caen sobre barcos de guerra, de grandes explosio­nes. Bob aparece una vez más para consultarme: “¿Quie­res verme hacerlo otra vez?”. Más imágenes bélicas. Hasta el 11-S agrede a mis ojos. Los contenidos son de una gran factura. Mortal Kombat, Call of Duty, entre otros “juegui­tos”. No falta nada. Sé que un querido amigo –DB, experto en contenidos– está despierto hasta tarde. Lo consulto con un WhatsApp. “¿Viste los reels que circulan en las redes con imágenes de la guerra en Irán?”. En unos pocos segun­dos responde. Está online. Como cualquier usuario mul­tipantalla sigo con mis ojos en el celu. “Yo soy el peligro”, me interpela Walter White, el de Breaking Bad. “¡Nos fuimos al carajo!”, me chatea DB. “El trá­fico es enorme”, añade.

Vuelvo a mis tiempos univer­sitarios, cuando maestraba en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social (FPyCS) de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). “Toda ope­ración de comunicación pro­duce sentido”, decía una y otra vez el profe Daniel Prieto Casti­llo. En la misma línea se expre­saba su colega Carlos Vallina. Incomprendo. Dos periodis­tas me dicen que los que vi son videos oficiales que fue­ron emitidos por las partes en conflicto. Quiero suponer que tales afirmaciones son fake news. La guerra nunca puede ser un juego. “Es un monstruo grande y pisa fuerte / toda la pobre inocencia de la gente...”, cantan León (Giecco) y Merce­des. Dormito. Sueño. Despierto sobresaltado. Un “Game Over” enorme titila ante mis ojos. Pero la vida real me asegura que la guerra más reciente no ha finalizado. Esa verdad ver­dadera me deprime. ¿Gamifi­cación de la guerra? El barril de petróleo Brent trepó hasta USD 103,86. El celu me ofrece las más recientes apps de jue­gos. La oferta me espanta. Esto no es bueno. No vamos bien.

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