En esta entrega de “Expresso”, Augusto dos Santos indaga sobre la situación de la salud mental en el país, y aborda problemática en auge: la depresión. La invitada fue la psicóloga María Esther Benítez Bogarín, quien como terapeuta familiar sistémica explica y comenta, desde su experiencia en consultorio, cuál es el escenario y aporta tips fundamentales.

ADS: –¿Qué está pasando con la depresión en el mundo de hoy? ¿Puede decirse que es como más intensa que en el pasado?

MEB: –Bueno, en realidad, no es que sea más intensa. En el siglo XX, no digo que se normalizó la expresión, pero por lo menos se le puso nombre. Cuando nombrás algo y es como que corrés un velo y sale. Antes, los hom­bres en particular no tenían permiso de sentirse mal, tampoco tenían permiso de llorar, de caer. Había que sos­tener sobre los hombros todo un estilo, toda una forma de vida. Y las mujeres se le lla­maba melancolía, el estado blue, en inglés. La depresión, yo diría que es casi un com­ponente de nuestra cultura, ¿por qué? Porque nuestra cultura es sumamente exi­gente hoy en día. Nos piden cosas todo el tiempo. Nos piden que tengamos que ser altos, flacos, rubios, ojos azu­les, llenos de dinero y con un auto alta gama en la puerta, que tengamos una vida social importante, que nuestros hijos o nietos estén en un X colegio, que hagamos viajes, que subamos fotos, que ten­gamos un nivel adquisitivo importante. Hasta ahí, toda la parte social de la depresión. Pero, si vamos a hablar de la parte clínica, sí, hay com­ponentes que, de las causas mismas de la depresión, hay razones genéticas, hay fami­lias depresivas, hay familias enteras depresivas, pero se nombra un poco más, se dice, se siente mal, no se halla, entonces, es como que se nombra, se le dice. Pero de nuevo volvemos, Augusto, a un tema que es lo que hoy se llama epigenética, que son todos los fac­tores sociales externos, que inciden sobre el ADN para que la persona sea o no de X manera, en este caso, depresiva. Entonces, ergo, volvemos a lo social. A las condiciones externas. La gente tiene vergüenza, tiene miedo, tiene miedo de ir al psicólogo, tiene miedo de ir al psiquiatra, pero hay que ir.

¿Cómo tensionan las redes sociales y su presión de representarse siempre feliz?

–Lo que se encuentra afuera nos tensiona mucho. Yo suelo decir, hay que salir medio revestido de algo, porque te incendia lo que está afuera. A veces, se plantea como un mundo que uno construye, se niega, se dice no está pasando nada, “a mí no me afecta lo que pasa en este momento en el mundo”, por ejemplo, todo lo que tenemos en Oriente Medio, pero claro que nos afecta.

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–Yo admiro mucho a la gente de entre 35 y 40 años que sale al mundo de la competencia;si es mujer, puede que tenga un hijo pequeño, y tiene que com­petir, digamos, en un mundo que le exige estar permanen­temente de buen humor. Esos son héroes.

–Tenés que estar up. Sí. Como hay una expresión que suelo leer: “terraza, terraza, terraza, nunca sótano”. No se puede. Reconocé que a veces no estás “terraza”, que las más de las veces no estás “terraza”. Estarás por el tercer piso, una cosa así, y bastantemente, si cabe la pésima expresión, “sótano”. Entonces, se debe poner la mirada sobre uno mismo. ¿Cómo estoy yo en este mundo que me está apre­tando, atosigando, en donde tengo que cumplir –en el caso de las mujeres– roles? Tengo que poner dinero, tengo que poner buena cara, tengo que estar competitiva, tengo que estar en peso, tengo que estar con ciertas marcas. Es muy difícil, muy difícil hoy en día, y para los varones también. Toda esa exclusión social que de repente ocurre con varones de ciertas categorías sociales, de ciertos físicos, de ciertos comportamientos, incluso de ciertas elecciones sexua­les. Hoy está muy marcado, muy visto.

Ese arte de represen­tar te impide representar “sótanos”, te obliga a repre­sentar “terrazas”, ¿cómo hago para no engañarme? ¿Cómo lidio con esa situa­ción y qué debo hacer para sostener el equilibrio de salud mental?

–Los profesionales de la psicología, sobre todo los de mi corriente, que yo soy terapeuta familiar sisté­mica, usamos una expre­sión que es el “¿para qué?”, no es “¿por qué?” ¿Para qué yo estoy en este lugar? Entonces, empiezan a surgir las respuestas. Para eso se necesita un nivel, un espa­cio, un tiempo, un nivel de introspección que me diga, por ejemplo, ¿para qué yo estoy en este matrimonio? ¿Para qué estoy en esta pareja? ¿Para qué estoy en este trabajo? Entonces, es increíble cómo en el cere­bro las conexiones nervio­sas empiezan a moverserápidamente, y empiezan las respuestas.

¿Qué cambia con cambiar las palabras en las pregun­tas?

–“Por qué” es causa, y “para qué” es razón.

Una es más intervenible que la otra

–Las razones, casi todas son intervenibles, casi todas, sin excepción. Hago la salvedad, siempre y cuando la persona esté sana y se dé cuenta de su para qué.

¿Cómo se ayuda una persona que está en el “sótano”?

–Cuando se cuestiona, y hay como una inquietud que nos pasa, me molesta algo, “no me hallo”. Yo uso mucho la expresión hallarse, que es muy paraguaya, y para mí, encierra muchas respuestas el no me hallo, “ndavy’ái”, no me hallo acá. Entonces, me empiezo a cuestionar. Y, de repente, creo que tal vez va a ser un poco fuerte la expre­sión, pero hay que gozar de un nivel elevado de necedad para no darte cuenta de lo que no te hace hallar. Entonces aga­rrás tus bártulos y te marchás elegantemente.

¿Y cuán importante es hallarse para la salud?

–Muy.La definición de salud mental dice que es el bienestar social, físico, emocional, psi­cológico, y espiritual. Enton­ces, es un bienestar completo, y cuando te empieza a sonar una pequeña alarma en algún lugar, ponele, en la parte espi­ritual, hace caso a esa alarma.

¿Y por qué hay tanto apego a ese lugar del “no hallarse”?

–Y probablemente por algo que se llama zona de con­fort. Yo me quedo ahí, y eso me desgasta, nos desgasta, como pareja, como padres, como trabajadores. Tiene mucho que ver la cultura, fundamentalmente los ape­gos. La cultura es una de las espaldas más grandes que tenemos, yo diría que es la espalda que tenemos, la edu­cación.

¿Qué relevancia tiene la edad para la depresión?

–Hay niños con depresión, hay niños chiquitos con depresión. Para empezar, por ahí pudo haber sido un niño no deseado, hay muchí­simas causas, pudo haber sido un niño que tal vez se le intentó de repente abor­tar y no se logró el aborto, pudo haber sufrido abusos, maltratos, violencia física, violencia emocional, vio­lencia psicológica. Es decir, hay muchas razones por las que un niño puede depri­mirse. Un niño de por sí no es depresión, no hay razo­nes, salvo que haya alguna neurodivergencia que no se haya detectado a tiempo. Los adolescentes también se deprimen.

¿Cuál es el porcentaje de personas que van a la con­sulta sin que pasen nada con sus hijos?

–No es muy frecuente, a mí me encanta cuando ocurre. Es un indicador demasiado grande de amor, inconmensurable, de amor, o sea, de papás pre­ocupados.

¿Sigue existiendo esa resistencia tan fuerte de la gente más grande en con­sultar?

–Sí. Cuando va a ser pareja, matrimonio, mi señora me dijo que tenemos que venir. No se discute lo que dice la patrona, pero hay una resis­tencia, y es muy importante. Dicen cosas como “yo no tengo nada, yo estoy bien, a mí no me pasa nada. Ella es la que dice que yo…”.

¿Hay formas de buscar contención, algo asequible?

–Sí. Sí, hay. Hay fundaciones. Yo estuve en una fundación hasta hace poco. Trabajamos muchísimo durante toda la pandemia, y a un costo irri­sorio. Siguen habiendo cos­tos sociales muy bajos. Tam­bién servicios gratuitos. Hay demasiada información en las redes, y no todo es cierto. O sea, casi nada. Entonces, hay que recurrir a profe­sionales. Por más que sea barato, por más que sea gra­tis, no te va a mentir.

¿Cómo estamos en este momento en nuestra socie­dad respecto del tema del suicidio?

–Hay un alto índice de sui­cidios, muy alto, un porcen­taje muy alto. Y de intentos, es cuestión de revisar un poco, de visitar los centros asistenciales, de cómo sacan a las personas del consumo de sustancias, consumo de pastillas, autoeliminación por corte, por armas, enve­nenamiento. Yo creo que eso se debe a la desesperanza. Ahora tenemos más fotos, más redes que te muestran todo lo que hay que ser. La gente mira fotos de familias, y dice, “pero yo no tengo eso, yo estoy solo acá, en una pie­cita de 300.000 guaraníes, sin baño, ¿y dónde está mi familia? Yo tengo un título, y en vez de trabajar de lo que dice mi título y de lo que estu­dié, estoy de limpiador o de limpiadora. Soy empleada doméstica, estoy en manos de un maltratador”. Hay des­esperanza, pero hay también una gran muestra de que todo está bien.

¿Cuál es la principal causa de depresión entre la gente grande?

–De grandes es la insatisfac­ción con la vida que están lle­vando. En todos los aspectos, familiar, económica, social, de salud física. También hay muchas razones para que un joven se deprima. La parte espiritual es muy importante. Estos movimientos que tie­nen las iglesias y todo eso, los sostienen bastante, por lo menos, de reflexión.

Si al final del camino hay un cartel luminoso que dice “éxito”, ¿en qué medida una frustración en ese camino también es detonante de situaciones límite?

–Es, pero depende de su entorno familiar, social, etcé­tera, a qué se le llama éxito. El éxito es un ave elusiva, como el correcamino. Entonces, él puede ver el éxito de un papá profesional, exitoso, bri­llante, etcétera, una mamá así, todo lo que vos quieras. Y a lo mejor, eso al hijo no le emociona mucho.

¿Cómo solucionamos el problema de incomunica­ción entre personas?, la familia es solo uno de los problemas, después está el mundo exterior.

–Y atrás no se puede volver, eso es imposible. Lo único que tenemos es el presente, el pasado ya pasó, y el futuro no existe. Yo encuentro que es poner reglas claras, en las familias, los límites se han perdido.

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