De lo ocurrido el 1 de marzo de 1870 en Cerro Corá existen versiones múltiples: algunas llenas de ficción, otras apoyadas en el rigor documental, y numerosos relatos atravesados por exageraciones y detracciones extremas.
- Por Óscar Bogado Rolón
- Fotos: Gentileza
Esa diversidad no es casual. Cerro Corá no es un simple lugar: es el punto final de una guerra que ocasionó la destrucción y el padecimiento de toda una nación. A Francisco Solano López lo acompaña, desde entonces, una imagen vinculada al sacrificio.
El escocés Thomas Carlyle afirmaba que la historia del mundo es la biografía de los grandes hombres. Y es indiscutible que, cualquier estudio sobre la guerra contra la Triple Alianza, no puede tener solvencia sin abordar el protagonismo de López.
En esta ocasión, limitaremos este relato a lo ocurrido aquel día en Cerro Corá, que en nuestro país originó el Día de los Héroes. Tal vez López no haya sido excepcional en sus cualidades personales; sin embargo, las circunstancias extremas de aquella guerra colosal lo hicieron trascender como pocos. Quizás sus cualidades personales no pasaban de la media, pero jamás cayó en la indiferencia y el tedio que rodean a los mediocres: nadie en la historia del Paraguay ha despertado tanta admiración y tanto odio. Su figura no admite matices; oscila entre la exaltación y el vilipendio.
Se lo acusa de haber llevado a su gente al calvario, forzándolo. Esa afirmación resulta, cuando menos, discutible. Ningún pueblo resiste durante tanto tiempo contra su propia voluntad sin rebelarse. Los césares más gallardos no murieron en batallas gloriosas, sino asesinados o envenenados en sus aposentos. En el caso paraguayo, además, los primeros en escribir la historia de la guerra y su principal protagonista fueron los vencedores: enemigos interesados en justificar atrocidades y traidores necesitados de coartadas morales. Aunque ningún hombre encarne por sí solo a una nación, el destino de López quedó indisolublemente ligado al de su país.
PROCESIÓN ESPECTRAL
Cerro Corá fue la última batalla que libró el ejército paraguayo contra las fuerzas aliadas. Hasta allí llegó, a principios de febrero, la procesión espectral que aún acompañaba al mariscal: hombres, mujeres y niños exhaustos. Los que no habían muerto en combate sucumbieron al hambre, a las enfermedades o a las decisiones sumarias de los tribunales de sangre. El desenlace de la guerra estaba sellado desde las derrotas de Ytororó, Avay y Lomas Valentinas, a fines de 1868. Asunción estaba ocupada; un gobierno de facto respondía a los invasores. El Chaco seguía en manos argentinas.
Las fuerzas paraguayas eran apenas un remanente. Aproximadamente cuatrocientos hombres, según lo refieren Francisco Isidoro Resquín, Juan Crisóstomo Centurión y Silvestre Aveiro. Hombres mal alimentados, exhaustos, sin posibilidad real de sostener un nuevo combate ni defender hasta el mejor de los reductos.
El general Correia de Câmara, comandante de las tropas brasileñas, ordenó el ataque. La avanzada de Paso Tacuara fue sorprendida y superada con rapidez. Los escasos combatientes que lograron huir alertaron al campamento paraguayo, que improvisó una defensa en el paso del Aquidabán con cuatro piezas de artillería al mando del coronel Ángel Moreno.
Poco antes, López había reunido a su Estado Mayor. Aferrado hasta el final a las formalidades del mando, expuso la situación y las escasas alternativas. La decisión fue unánime y terminante: enfrentar al enemigo y morir combatiendo. Cruzar la cordillera significaba internarse en territorio brasileño. La caravana andrajosa llegó hasta el último palmo de suelo paraguayo. No tenía sentido seguir huyendo y prolongar una agonía sin horizonte.
EL ÚLTIMO COMBATE
El combate comenzó cerca de las once de la mañana y duró apenas quince minutos. La caballería brasileña arrasó la débil defensa y dio con López. En su huida fue herido de gravedad por una lanzada del cabo Francisco Lacerda, conocido como Chico Diabo.
El vizconde de Taunay describe el episodio con precisión: “Cuando la Caballería brasileña al mando del coronel Joca Tavares invadió el campamento del dictador, él se encontraba montado en un caballo bayo-blanco, y rodeado de oficiales a pie, armados de lanza y espada. El entrevero fue fuerte: aquel estado mayor se desbandó, cubriéndose de cadáveres el campo. López tuvo que defenderse y su espada hirió levemente a un oficial nuestro. Fue entonces que el cabo Chico Diabo, ordenanza del coronel Tavares, dio el primer lanzazo, lanzazo mortal, porque pegó sobre la ingle alcanzando los intestinos. Pero él no cayó, y dando riendas al animal intentó huir hacia un montecillo, acompañado de dos personas también a caballo”.
Tras ese primer enfrentamiento, López se interna en una picada cuya estrechez lo obliga a apearse. Al dar unos pasos cae, debilitado por la herida que sufriera. El coronel Silvestre Aveiro, el sargento mayor Manuel Cabrera y el alférez Ignacio Silva lo ayudan tratando de hacerle cruzar el arroyo, sin que puedan lograrlo porque en ese tramo la barranca era muy alta. Quedó sostenido en una palma caída, mientras Aveiro e Ibarra buscaban un acceso más fácil.
Entonces el enemigo le da alcance. Estaba postrado, recostado sobre el brazo izquierdo, con la espada en la mano derecha, los pies dentro del agua y el cuerpo sobre el terreno poco elevado de la margen izquierda del arroyo. En esa posición lo encontró el general brasileño, quien al intimarle rendición obtuvo como respuesta la frase: “No le entrego mi espada, muero con mi espada y por mi patria”.
ASESINATO ALEVOSO
Una frase que parecía preparada para este último acto que se volvió ritual. Como respuesta, un soldado le dispara certeramente por detrás, acabando con su vida. Dicho por Juan E. O’Leary, “fue asesinado alevosamente el inerme presidente paraguayo”.
El general Câmara dio distintas versiones sobre este hecho y recibió muchas críticas. Juan Silvano Godoy afirma que “el general Correia de Câmara sufrió en ese momento un acceso de ofuscación fatal. Desconoció la misión levantada y caballeresca de conservar la vida del prisionero inerme. Careció del discernimiento para apreciar el trascendente beneficio que reportaría a la causa de la Alianza y al lustre inmortal de su propio nombre, el mariscal-presidente vivo como trofeo de guerra, en la final victoria de una campaña épica”.
Francisco Doratioto concluye que, en verdad, un tiro de fusil aceleró la muerte de López, pero “este general (Câmara) se vio forzado a sacrificar la verdad a la razón de Estado. El Gobierno Imperial decidió evitar que en los Estados Unidos y en Europa se pensase que Solano López había muerto cuando podía haber sido hecho prisionero, lo cual le hubiese acarreado al Imperio dificultades internacionales”. La ejecución del mariscal, herido y acorralado, por la espalda, fue el cimiento del personaje heroico que sirve de estandarte al nacionalismo paraguayo.
DIAGONAL DE SANGRE
Efraím Cardozo, en una de sus conocidas crónicas por los cien años de la contienda, sintetizaba: “La gran epopeya había terminado. Quedaba trazada la diagonal de sangre que cruzó todo el territorio nacional, de rincón a rincón, y que rubricó para siempre el derecho del Paraguay a la existencia”.
Elisa Lynch, la compañera de López hasta la última batalla y no menos vilipendiada que él, se salvó de la muerte y de vejámenes al invocar nacionalidad inglesa. No tuvo la misma suerte su hijo Panchito López, con quince años, pero con el grado de coronel, quien al ser encarado por el teniente coronel Francisco Antônio Martins e intimado a rendirse, se negó e intentó resistir recibiendo en consecuencia el disparo letal de una carabina Spencer; lo mismo ocurrió con el vicepresidente Francisco Sánchez, anciano casi octogenario, quien, al no querer rendirse, también fue muerto por los soldados brasileños.
En Asunción, el gobierno de facto celebró un te deum “por la muerte del tirano”, mientras en los salones oficiales lo festejaban con bailes y aclamaciones. Sarmiento, al recibir la noticia, envió una serenata a Mitre y en una correspondencia a Mrs. Mann escribía sobre el particular: “No crea que soy cruel. Es providencial que un tirano haya hecho morir a todo ese pueblo guaraní. Era preciso purgar la tierra de toda esa excrecencia humana”.
La cacería de López había concluido, pero el sufrimiento de su pueblo, no.
Su muerte puso fin a una era y dio inicio a otra historia. Su figura fue utilizada durante décadas para explicar la guerra y justificar sus atrocidades. Sobre su cadáver simbólico se depositaron todas las culpas: la obstinación, el exterminio, la derrota absoluta. Era necesario un rostro para el horror, un nombre que absorbiera el espanto colectivo.
RESIGNIFICACIÓN
Pero los pueblos no viven solo de hechos: viven de relatos. A comienzos del siglo XX, cuando el Paraguay comenzó a reconstruir su identidad devastada, la figura de López fue resignificada. El mismo hombre que había encarnado la catástrofe fue elevado a héroe trágico, a mito fundador. El propio mariscal, en una de las últimas reuniones con su diezmada tropa, se expresó con un tono entre resignado y profético: “Deben saber que el que triunfa es aquel que muere por una causa bella, no el que permanece vivo en la escena de combate”.
Joseph Campbell advirtió que el héroe no es aquel que triunfa, sino quien muere y es transformado por la comunidad. López cumplió ese destino arquetípico: derrotado, sacrificado, convertido en símbolo. Ya no importaba tanto el hombre histórico, con sus errores y responsabilidades, sino la figura que permitía al Paraguay narrarse a sí mismo como nación sobreviviente.
Así, López se convirtió en un mito: el del héroe que cae para que el pueblo exista. Y como todo mito poderoso, sigue interpelando, dividiendo y revelando más de 150 años después las heridas profundas de la historia paraguaya.