En el ecosistema constituido en la industria del entretenimiento aquellos enfrentamientos... aquellas batallas... las luchas interminables entre el (presunto) bien y frente al (presunto) mal parecen continuar y... no dejan de producir sentido.

  • Por Ricardo Rivas
  • Periodista
  • X: @RtrivasRivas
  • Fotos Gentileza

Unas pocas horas atrás finalizó el acuerdo Nuevo START, que obligó a los Estados Unidos y a Rusia a limitar sus arse­nales nucleares. Ya no debe­rán hacerlo. No es bueno. Y mucho menos lo es cuando la paz y la seguridad trans­nacionales peligran. Hay demasiadas tensiones y no es la sensatez la señal que emerge tanto desde Was­hington como desde Moscú o desde cualquier otro cen­tro de poder. Al momento de la finalización del acuerdo –si las partes cumplieron durante su vigencia– según un reporte oficial del Depar­tamento de Estado nortea­mericano, hay “700 misiles balísticos intercontinentales (ICBM); 1.550 ojivas nuclea­res (colocadas en ese tipo de vectores) y 800 lanzadores (para disparar esos sistemas de armas que se encuentran en) submarinos y bombar­deros pesados, desplegados o no”.

La guerra nuclear está a la vuelta de la esquina. Aun­que no es una novedad, vale recordar que la aldea global se encuentra bajo una muy grave amenaza. ¿Qué podrá suceder a partir de ahora? No es sencillo imaginarlo. Enri­que Ayala, un experto consul­tado por RFI (Radio Francia Internacional), explica que “teóricamente se sería libre de volver a una escalada nuclear, aunque lo más proba­ble es que esto no se produzca y que, aunque el tratado no esté en vigor, se mantengan los niveles de armas nuclea­res actuales, que son más que suficientes para una disua­sión entre ambas potencias”.

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LICENCIA PARA MATAR

Siento que el futuro es ayer. Y, en ese ejercicio de memo­ria, no puedo evitar recordar que Albert Einstein predijo que después de una even­tual tercera guerra mundial, la siguiente “la pelearemos con palos”. Enciendo la tele. La sonrisa de Elliot Carver (Jonathan Price) es marca­damente profesional. El traje gris estilo Mao que viste con­trasta claramente con el smo­king impecable que calza con estilo “Bond... James Bond” (Pierre Brosnan, en este caso) que, pese a que revela su famoso nombre en público y dice ser “banquero en Suiza”, millones sabemos que se trata del agente secreto 007 –del MI6 británico– y que tiene “licencia para matar”, aun­que él solo asesina a malos profesionales en defensa del “mundo libre”.

Memorial de Guerra del Cuerpo de Marines. Obra del escultor Felix de Weldon, inaugurado en 1954, muy cerca del cementerio de Arlington y del Pentágono. El artista se inspiró en la foto de Joe Rosenthal, la historia que fue

Así lo concibió Ian Lancas­ter Fleming (1908-1964) – periodista, escritor y oficial de inteligencia naval en la Gran Bretaña– desde 1952 cuando publicó “Casino Royal”, la primera de once novelas de espionaje que escribió. Setenta y cuatro años pasa­ron desde entonces. Brosnan es el quinto 007 desde Sean Connery (1930-2020), el pri­mero en la saga cinematográ­fica de James Bond con unas 26 películas desde 1962 hasta nuestros días. Sentado en la noche de este viernes en la vieja mecedora, con el copón bien provisto con un cabernet franc Catena Zapata Estiba Reservada, con Netflix ante mis ojos, la memoria vuela hasta aquellos tiempos bipo­lares en los que los unos y los otros mutuamente se enfren­taban.

Procuro el relax total. Desde la pantalla Carver, enorme anfitrión en París, coloquial­mente explica a sus invita­dos e invitadas que desde esa noche dispondrá de un con­junto de satélites que “son solo herramientas de infor­mación”.... “¡o de desinforma­ción!”, acota Bond implaca­ble. Elliot Carver (el malo de la película), magnate tecno­lógico que lidera un potente conglomerado multimedial novedoso que se enfrenta con los medios tradicionales ingleses, lo ignora.

Con una copa de Don Perig­non en su mano derecha, explica que está listo para “iluminar los puntos remo­tos del mundo”. Sin detenerse ni para respirar, aclara que lo hará “no por dinero, sino para el mejor entendimiento entre los pueblos”. Agrega que “a cambio” espera alcanzar “el dominio mundial. Completo, absoluto, total. Pero no sobre gobiernos o ideologías. Sobre la tiranía, el aislamiento y la ignorancia. (Porque) El Grupo Carver tiene la capa­cidad de llegar a cada persona, en cada aldea, en cada nación (…), pero no teman (porque) a los hombres y mujeres de este planeta, mis hermanos y hermanas a los que humilde­mente sirvo... Prometo repor­tar las noticias sin temor ni prejuicios. Prometo ser una fuerza para el bien en este mundo... Luchar contra la injusticia, aplastar la intole­rancia, luchar contra la inhu­manidad. Dar libertad a cada instante... Ese es el objetivo del Grupo Carver”, declara finalmente con solemnidad.

EL MAÑANA NUNCA MUERE

Lo que sigue es más de lo mismo siempre en este tipo de contenidos que, en este caso, se llama “El mañana nunca muere”. Entrecierro los ojos. No espero el final. He visto toda la saga Bond. Sé que una vez más el 007 evitó la tercera guerra mun­dial, que impidió con valen­tía, entrega, coraje y com­promiso patriótico un nuevo holocausto nuclear y que –finalmente– tendrá intimi­dad con la señorita Wai Lin (Michelle Yeoh), un coronel encubierto del ejército chino.

Verdad vs. verosímil. “En el cine siempre está lo visi­ble, lo invisible y lo que cada uno ve”, nos explicaba con enorme vocación docente y social el muy querido profe­sor Carlos Vallina, cuando promediaba la década de los 90 en el siglo pasado y maes­trábamos en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social (FPyCS) de la Univer­sidad Nacional de La Plata (UNLP).

Con esa mirada sostenía que “el cine estaba en las entrañas de la cultura popular, como el folletín o el periódico”. Lo explicaba y argumentaba con pasión. Iba desde los herma­nos Lumiere, en Francia; hasta los trabajos de Thomas Edison en Estados Unidos con su kinetoscopio, cuando ape­nas faltaban unos pocos años para que finalizara el siglo XIX. Nada quedaba afuera de sus conversaciones que escuchábamos con el más profundo deseo de aprender. De saber. Palabra más palabra menos, Vallina enfatizaba en que “el cine es un espectáculo de masas”.

Puntualizaba que “fue la pri­mera industria cultural” del siglo pasado porque, además, “el consumo de imágenes no requiere de conocimientos previos como sí lo exige la lectura de un diario o de un libro”. Poco más de tres déca­das pasaron desde enton­ces. Desde las clases inolvi­dables de cada viernes con el profe Vallina. Pero, desde entonces, tengo claro que al siglo XX, por sobre cual­quier otro soporte, lo relató el cine. También sus verda­des y mentiras. Pensábamos y soñábamos en clave de cine. No es poca cosa, por cierto. Especialmente cuando se trata de la construcción (o reconstrucción) de la histo­ria (o la memoria) de corto, mediano o largo plazo. No somos pocos quienes sospe­chamos que de alguna forma la historia es lo que las élites o las y los poderosos “quieren o necesitan” que se conozca del pasado.

Joe Rosenthal, fotoperiodista de la agencia Associated Press, Premio Pulitzer por la segunda foto al finalizar la batalla del monte Suribachi, en la isla Iwo Jima, el 23 de febrero de 1945, poco después de las 10 AM

VERSIONES

En aquellos tiempos de trán­sitos académicos e intensos debates en los claustros de la educación superior de pos­grado recuerdo que –con aquella hipótesis en carne viva– intuíamos que casi todo hecho trascendente era posi­ble que tuviera al menos tres versiones: la real, la fotográ­fica y la cinematográfica.

En la tarde del 28 de diciem­bre de 2023 aquellos deba­tes y sospechas que nunca inhumé regresaron con fuerza cuando caminábamos por la capital de los Estados Unidos. Después de visitar el cementerio de Arlington, en Washington DC, junto con Cristina llegamos en el estado de Virginia hasta el grupo escultórico que muy cerca del Pentágono recuerda la batalla de Iwo Jima, que los marines norteamerica­nos pelaron contra el ejército imperial japonés en el frente del Pacífico en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial.

El monumento, creado por Felix de Weldon, que fue inaugurado en 1954 y se lo conoce como Memorial de Guerra del Cuerpo de Mari­nes, fue esculpido a partir de una foto que capturó el fotó­grafo de Associated Press Joe Rosenthal, poco después de las 10 AM del 23 de febrero de 1945, en el momento en que media docena de sol­dados enclavaban una ban­dera norteamericana en la cima del monte Suribachi. Desde entonces, a partir de aquel registro, los marines Ira Hayes, Franklin Sousley, John Bradley, Harlon Block, Mike Strank y Rene Gagnon ocupan un lugar de privilegio en el bronce de la historia y de la memoria colectiva también construida con el cine.

El colega Rosenthal, por aquel registro, fue premiado con el Pulitzer. Sin embargo, la “ins­tantánea” de aquella acción de guerra fue otra que… final­mente no fue la historia. La “de verdad”, como decíamos de niños, mostraba una bandera más pequeña que un sol­dado guardaba en su mochila y, junto con sus camaradas, colgaron de una cañería de agua perforada a balazos durante la batalla. De aque­lla acción triunfal –gloriosa para los guerreros– guardó registro para siempre el sar­gento Lou Lowery. Esa debió ser la historia para siempre.

Sin embargo, no fue así. Una orden del coronel Chandler Johnson, que observó desde su comando en la playa lo que hacían sus soldados, lo impidió. “Que el teniente Schrier ponga esta bandera más grande al tope para que cada hijo de puta en esta isla apestosa pueda verla” y “que me traiga la que acaba de izar” con los marines Hank Han­sen (sin casco), Boots Tho­mas (sentado), Harold Schrier (detrás de Thomas), Louis Charlo (solo se ve su mano en el mástil), Jim Michels (con fusil) y Charles Lind­berg (detrás de Michel), como se los ve en la foto de Lowery que no fue.

Ian Lancaster Fleming (1908-1964), agente de inteligencia naval británico, periodista y escritor. Creador de “Bond... James Bond”, el agente 007 con “licencia para matar”

LA HISTORIA MODIFICADA

Tal vez, Chandler Johnson priorizó producir sentido antes que destacar a aque­llos combatientes que –en el blanco y negro predominante de la época– exudaban adre­nalina, transmitían agota­miento, evidenciaban estrés de combate y alcanzaron la gloria sin dejar la vida en el campo de batalla. Fuerte y clara. Así fue la orden de Johnson. Sin espacio para réplicas ni dudas la verda­dera historia fue modificada.

“La historia la escriben los ganadores”, consignó en la revista británica Tribune George Orwell en 1944. No faltan quienes la misma expresión se la adjudican a Winston Churchill. Dicha por uno o por otro –como concepto– “History written by the victors”, trocó en sen­tido común. A tal punto que esa frase tan contundente y desgarradora como cínica e impúdica desde algún tiempo la llevan estampadas algunas tazas que a un costo prome­dio de 9 dólares se ofrecen en las plataformas de compras.

Cuando vi “Cartas de Iwo Jima”, tremenda película que produjo y dirigió Clint Eas­twood (96), supe que Orwell fue muy preciso. Clint contó la historia de un valiente ofi­cial japonés que Japón nunca contó. Los que vencen siem­pre escriben. El historiador Eric Hobsbawm (1917-2012) –egipcio nativo y ciudadano británico– consideró que el siglo XX fue “corto”. Estu­dioso como pocos, produc­tor de pensamiento tan crí­tico como inevitable a la hora de estudiar e intentar com­prender la centuria pasada, a la que caracterizó como “la era de los extremos”, sostenía que esos cien años calendario (en su análisis) solo fueron setenta y siete.

De allí que –para él– el pun­tapié inicial de la centuria se concretó el 28 de julio de 1914, cuando el Imperio aus­trohúngaro declara formal­mente la guerra a Serbia y finaliza el 25 de diciembre de 1991 cuando el premier Mijail Gorbachov renunció a liderar la Unión de Repúblicas Socia­listas Soviéticas (URSS) y arrió en el Kremlin la ban­dera de ese Estado después de casi siete décadas. Un día más tarde el Sóviet Supremo fue en la misma línea. Rati­ficó lo hecho. El mundo polí­ticamente bipolar ya no era.

BORRÓN Y CUENTA NUEVA

Hobsbawm –de conviccio­nes comunistas– no trepidó en rubricar aquel deceso que, pese a ello, para él no fue para nada borrón y cuenta nueva. Con otros marcos de análisis Francis Fukuyama dijo entonces que estába­mos frente al fin de la histo­ria. Corría el 1992 y, en ese contexto, planteaba ante el derrumbe del socialismo real que las democracias liberales habían ganado la lucha ideo­lógica como consecuencia del fin de la Guerra Fría. El comu­nismo había sido derrotado.

Unos pocos meses más tarde, en Foreing Affairs, Samuel Huntington sostiene la posi­bilidad de múltiples vio­lencias que, en su análisis, devendrían de las incom­prensiones posibles entre “nueve civilizaciones” que enumera. Subsahariana, latinoamericana, sínica, hindú, budista, nipona, occi­dental, ortodoxa e islámica. Aquel artículo y sus convic­ciones motorizaron un texto de alto impacto epocal: “El choque de civilizaciones y la reconstrucción del orden mundial”.

¿Dónde estamos ahora? ¿Hacia dónde vamos? Angustia global. Incerti­dumbre. Releo Hobsbawm, Fukuyama, Huntington, Winston Churchill, Henry Kissinger. Incomprendo. En el ecosistema consti­tuido en la industria del entretenimiento aquellos enfrentamientos... aquellas batallas... las luchas inter­minables entre el (presunto) bien y frente al (presunto) mal parecen continuar y... no dejan de producir sentido. El Holocausto, la Segunda Gue­rra Mundial… la de Corea (que nunca ha finalizado porque técnicamente está en un “alto el fuego”) …y la Fría… parecen ser intermi­nables o a punto de repetirse, cuando amanezca el sol que ya vimos porque el pasado nunca termina.

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