El pasado 4 de febrero se cumplieron tres décadas del accidente de aviación más mortífero en la historia del Paraguay hasta la fecha. Un avión carguero se estrelló sobre una plaza en la ciudad de Mariano Roque Alonso. El resultado fue la muerte de los cuatro tripulantes de la aeronave y de 18 personas que estaban en tierra. Las investigaciones posteriores revelaron que el accidente se debió a un error humano. Este acontecimiento dejó una profunda marca sobre todo en aquellos que perdieron a un ser querido.

  • Por Emiliano Cáceres
  • Periodista
  • Fotos Gentileza

Era el domingo 4 de febrero de 1996. El día estaba soleado, ideal para el asado en familia. En el barrio Monseñor Boga­rín de la ciudad de Mariano Roque Alonso se vivía una jornada amena. Niños y jóve­nes se divertían en una plaza, jugando a la pelota, mientras los demás socializaban. Ese día, la familia García tenía una reunión familiar. Todos disfrutaban de la agradable jornada. De pronto se escu­chó el sonido del motor de un avión. A nadie le extrañó, ya que era habitual debido a la cercanía al aeropuerto. Sin embargo, aquel sonido se hizo cada vez más fuerte. Una sombra comenzó a oscurecer todo. Luego, un estruendo y una explosión. En un abrir y cerrar de ojos, aquella amena jornada se llenó de fuego, gri­tos, dolor y desesperación.

EXCESO DE CONFIANZA

Ese día, un avión de carga McDonell Douglas DC-8 55F equipado con cuatro moto­res, perteneciente a la aero­línea colombiana Líneas Aéreas del Caribe (LAC), se preparó para despegar desde el Aeropuerto Internacional Silvio Pettirossi con des­tino a São Paulo, Brasil, para recoger una carga y llevarla a Barranquilla, Colombia. Para ese momento, la aero­nave tenía unos 30 años de antigüedad. A pesar de ello, estaba en excelentes condi­ciones para volar. La tripu­lación estaba compuesta por el capitán José Muñoz, el pri­mer oficial y copiloto José Karft y el ingeniero de vuelo Hernando Sánchez. A bordo también iba un pasajero. Todos eran de nacionalidad colombiana. Las condiciones de vuelo eran inmejorables: el día estaba soleado, no había vientos fuertes, la visibilidad era óptima, el avión estaba en buenas condiciones y la tripulación estaba bien des­cansada.

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Los pilotos estaban muy con­fiados en este vuelo.

UNA BROMA FATAL

El piloto Muñoz decidió que era el momento perfecto para probar las habilidades del copiloto Karft, quien era el más novato de la tripula­ción. Muñoz le cedió al copi­loto los controles del tetra­motor. A las 14:30, el DC-8 de LAC despegó sin proble­mas. Poco después del despe­gue, para “probar” la capaci­dad de reacción del copiloto, el capitán redujo la poten­cia de uno de los motores del ala izquierda, lo que generó una asimetría de empuje, causando que la aeronave se inclinara a la izquierda.

Posteriormente, el ingeniero de vuelo redujo la potencia del motor 2 del ala izquierda. Esto hizo que el avión perdiera más empuje y se inclinara aún más. El capitán y el ingeniero pre­sionan al copiloto para recu­perar la posición normal. Pero los dos motores restantes no pueden mantener el ascenso. El copiloto lucha por estabi­lizar el avión, pero a tan baja altitud no pudo concretar nin­guna maniobra.

CONSECUENCIAS

El DC-8 acabó estrellándose en la canchita de una plaza del barrio Monseñor Boga­rín, arrasando con cinco casas. Murieron sus 4 tripu­lantes y 18 personas en tierra, 13 de ellas eran niños. Con un total de 22 fallecidos, este es a la fecha de hoy el accidente de aviación más mortal en la his­toria del Paraguay. La familia García perdió a 11 miembros. Los sobrevivientes vendieron posteriormente la propiedad y se fueron para siempre del barrio. Entre los fallecidos también estaba el matrimonio compuesto por Édgar Franco, de 24 años, y Perla Jara, de 23, y el pequeño hijo de ambos. Hoy en la casa de esa familia existe un oratorio en home­naje a todas las víctimas.

McDonell Douglas DC-8 con el esquema de Líneas Aéreas del Caribe, similar a la aeronave involucrada en el accidente

UNA MARCA EN LA HISTORIA AERONÁUTICA

El accidente de LAC en Mariano Roque Alonso fue uno de los episodios más oscuros en la historia aero­náutica de nuestro país. A lo largo del tiempo, el Para­guay tuvo varios incidentes aéreos.

El historiador aeronáu­tico Antonio Luis Sapienza, en conversación con La Nación/Nación Media, acota lo siguiente: “Si bien hasta ahora el accidente del DC-8 carguero de LAC en M.R. Alonso de 1996 ha sido el peor accidente de avia­ción en Paraguay en térmi­nos de destrucción y pér­didas de vidas humanas, el siguiente accidente fue tam­bién devastador, aunque no de la magnitud del de 1996: el vuelo 263 de Panair do Brasil era un vuelo regular de pasajeros. Cubría el trayecto desde el aeropuerto de Londres Heathrow, hasta el Aeropuerto Inter­nacional Ministro Pistarini en Ezeiza, cerca de Buenos Aires, con escalas programa­das en París, Lisboa, Dakar, Recife, Río de Janeiro, São Paulo y Asunción. El 16 de junio de 1955, alrededor de la 1 AM, la aeronave involu­crada, un Lockheed L-149 Constellation, matrícula PP-PDJ, se estrelló mien­tras procedía a descender, a 13 km del aeropuerto inter­nacional de Asunción, espe­cíficamente en Fernando de la Mora (Paraguay). Había 24 personas a bordo, de ellas 16 murieron”.

Sobre el historial de siniestros aeronáuticos en nuestro país y sus cau­sas, Sapienza acota que “si bien Paraguay no tiene el tráfico civil y comercial de otros países, el índice de accidentes aéreos ha sido relativamente bajo. En la gran mayoría de ellos y hablando de manera gene­ral, el más alto porcentaje ha sido de errores humanos no solo atribuibles a pilo­tos paraguayos, sino tam­bién a extranjeros. Luego le siguen accidentes e inciden­tes por causas meteorológi­cas y problemas técnicos en las aeronaves. Han habido pocos accidentes aéreos en la aviación comercial”.

Lo ocurrido el 4 de febrero de 1996 debe ser una lección para los pilotos. Nunca deben estar excesivamente confia­dos por más buenas condi­ciones de vuelo que haya. Tampoco pueden realizar maniobras imprudentes, en especial en una fase crítica de vuelo como el despegue. Errores de este tipo cuestan vidas inocentes y provocan heridas prácticamente impo­sibles de sanar.

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