- Óscar Bogado Rolón
- Foto: Gentileza
El 1 de febrero de 1855 tuvo lugar un incidente diplomático que casi llevó a la guerra al Paraguay y los EE. UU. El impasse se terminó resolviendo con una negociación y, aunque una de las partes no quedó enteramente satisfecha, la guerra de Secesión impuso otras prioridades.
El norteamericano Edward Hopkins llegó al Paraguay de Carlos Antonio López atraído por la creciente prosperidad del país en busca de fortuna. Se presentó como cónsul de su nación y agente de una corporación interesada en establecer diversos emprendimientos: un aserradero, una refinería de azúcar, una desmotadora de algodón y una fábrica de cigarros.
Las relaciones con el Gobierno comenzaron de manera auspiciosa, pero al cabo de un año se tornaron tensas. No fue por la exagerada codicia del norteamericano ni por su intento de establecer monopolios, ni siquiera por su falta de respeto a los reglamentos gubernamentales, sino a raíz de una bravuconada de su hermano Clemente.
Este paseaba a caballo con madame Guillermot, esposa del vicecónsul francés, cuando fueron interceptados por un soldado de apellido Silvero, que arreaba ganado. El militar les pidió apartarse del camino para no espantar a la tropa; Hopkins respondió con insultos, blandiendo su fusta. El soldado, en reacción, desenvainó su espada y lo derribó de un golpe.
Enterado del hecho, Hopkins acudió furioso ante López demandando justicia inmediata y castigo ejemplar para el soldado. El presidente, con inaudita paciencia, le sugirió presentar sus reclamaciones por escrito. El año 1854 llegaba a su fin mientras la crisis diplomática apenas comenzaba.
El conflicto se agravó. Hopkins formalizó un reclamo desproporcionado y, en respuesta, don Carlos canceló los permisos que le había otorgado, anuló la venta de un inmueble y revocó su exequátur de cónsul, además de la habilitación de los establecimientos industriales del norteamericano. Lo que comenzó como una disputa menor estaba transformándose en un conflicto diplomático de magnitud internacional.
EL WATER WITCH
Tiempo después, en los primeros meses de 1855, llegó hasta la confluencia de los ríos Paraguay y Paraná el Water Witch, una cañonera estadounidense que desde hacía un par de años exploraba la región y realizaba trabajos cartográficos. Anteriormente, la embarcación había navegado por aguas paraguayas con autorización oficial: primero con fines científicos y luego ayudando a Hopkins a abandonar el país tras su expulsión, auxilio que se había ejecutado con mucha prepotencia. Ahora, nuevamente, remontaba el Paraná en actitud beligerante.
Los ánimos estaban caldeados y las circunstancias habían cambiado. Tras la insolencia de Hopkins, que involucró a la cañonera norteamericana, el Gobierno paraguayo dictó un decreto que prohibía la navegación de embarcaciones extranjeras en aguas interiores del país. Desde el fuerte de Itapirú, primer bastión paraguayo al sur, se advirtió al Water Witch que no podía continuar su travesía río arriba; pero su comandante, el teniente Thomas Jefferson Page, desoyó la advertencia y prosiguió su ruta.
La fortaleza paraguaya disparó primero unos cañonazos de advertencia. Lejos de detenerse, el navío respondió con fuego. Las baterías paraguayas replicaron con disparos directos que dañaron la rueda de la embarcación y causaron la muerte del timonel. Ante la gravedad de los hechos, el Water Witch se vio obligado a emprender la retirada.
El Gobierno paraguayo protestó por la actitud del comandante de la cañonera. El hecho, como era de esperarse, generó un gran revuelo en la prensa internacional, especialmente en los Estados Unidos, donde el presidente James Buchanan, instigado por Hopkins, presentó cargos contra la República del Paraguay ante el Congreso, solicitando autorización para formular una reclamación y, en caso de negativa, emplear la fuerza.
REPARACIÓN
En 1857, Buchanan encomendó al juez James B. Bowlin exigir al Paraguay la reparación de las pérdidas sufridas por la compañía estadounidense, las disculpas por el ataque al Water Witch y una indemnización a la familia del marinero muerto en el altercado con la cañonera, y envió una flota de diecinueve barcos para exigir las respuestas.
Sin embargo, don Carlos no estaba dispuesto a someterse a las condiciones humillantes que proponía Buchanan y organizó sus defensas. La fortaleza de Humaitá estaba lista para entrar en acción, pero López prefería la solución diplomática.
A finales de 1859, la escuadra norteamericana llega al puerto de Buenos Aires, echó sus anclas en Corrientes y solo la cañonera Fulton subió hasta Asunción. A bordo iban el comodoro Shubrik, el jefe de la escuadra; el juez Bowlin y el secretario Samuel Ward. Arribaron a la capital paraguaya el 24 de enero de 1860.
Al principio, el recibimiento fue ceremonioso, aunque distante, pero a la noche los visitantes fueron agasajados con asado, baile y la presencia de las seductoras kygua vera, de trato hospitalario hacia los hombres.
NEGOCIACIONES
Superados los trámites de acreditación y recibimiento formal, se iniciaron las conversaciones con reclamos recíprocos, aunque sin salirse de la cortesía. Midiendo las reacciones de los norteamericanos, se pudo deducir que estos estaban más interesados en cerrar las negociaciones lo antes posible antes que pelear.
Finalmente, acordaron diferir la definición del valor de la indemnización recurriendo para ello a un arbitraje. Al principio, don Carlos insistió en la propuesta de que el tribunal arbitral se reúna en Asunción, pero terminó aceptando que se reúna en Washington.
Concluida la asamblea, López se reúne con Samuel Ward, el secretario de la misión, a fin de ultimar el texto del protocolo a suscribirse. Paraguay no se comprometió a pagar nada de antemano sin que tal obligación se respalde en una decisión ajustada a derecho.
Las negociaciones se cierran con la firma del protocolo y su resultado es dado a conocer a la ciudadanía con expresiones de júbilo. El corolario lo dan las fiestas ofrecidas esa noche, donde ya nadie repara en el tenor del acuerdo y todos celebran la paz asegurada.
EL FALLO
El 13 de agosto de 1860, el tribunal arbitral da a conocer su laudo. Por falta de pruebas, el Paraguay es exonerado de indemnizaciones o compensaciones.
Como era de esperarse, el fallo no fue del agrado del presidente Buchanan y, por lo mismo, planteó su anulación. Esta pretensión fue ratificada por su sucesor, Abraham Lincoln, con un mensaje en el que insistió en la revocación de lo resuelto.
La impugnación del Gobierno norteamericano no pudo prosperar por el inicio de la guerra de Secesión, que impuso su propia agenda y otras prioridades.
Así, López salió victorioso sin llegar al enfrentamiento armado. Logró mantener la paz en la región, aunque esta calma duraría solo unos años. Las indefiniciones fronterizas con los vecinos y la lucha por la hegemonía en el Río de la Plata seguirían agitando el ambiente anunciando futuros conflictos de devastadora magnitud.