El deseo es una especie de fuerza motriz que se sustenta en una carencia estructural y de ninguna manera en la satisfacción real de esa carencia. Es un reto que, a pesar de ser inalcanzable, impulsa al sujeto a sustituir aquel objeto deseado por otro en forma constante.

  • Por Ricardo Rivas
  • Periodista
  • @RtrivasRivas

“El periodismo es lindo por­que se conoce gente”, sostiene el colega periodista y escritor Carlos Ulanovsky. De hecho, su libro más reciente, publicado por Editorial Marea en 2025, así se titula. Y, más allá o más acá de si “es lindo” –o no– que en este oficio se conozca gente (una afirmación que me parece demasiado amplia y rayana en la exageración aun­que, tal vez, el señor Ulano­vsky haya intentado lúcida­mente ironizar), no puedo desmentirlo porque, en el andar del periodista –como en la vida misma– “siempre ha habido (y, seguramente, habrá) chorros, maquiavelos y estafaos, contentos y amar­gaos, valores y dublé”, como en 1934 lo poetizó don Enri­que Santos Discépolo (1901- 1951), en el tango “Camba­lache”, y serán también las gentes que conoceremos.

Es así. Pero, creo necesario consignarlo, entre la gente que “se conoce” muchos y muchas son patéticas. Así recuerdo a RM, un personaje latinoa­mericano, megalómano, con adquirida vocación de “mata­siete”, como se suele llamar a fanfarrones y fanfarronas en algunas sociedades en las que el español es la base de sus len­guajes, y al que solo aludiré – espero comprendan mi discre­ción– con aquellas dos letras.

“Ya feliz y caminando por capi­tal”, dijo el apreciado amigo antártico en el brevísimo vídeo de WhatsApp que recibí cuando promediaba la tarde del pasado martes. Contundente. Las imá­genes (solo 14 segundos) permi­tían ver las dos piernas flacas y pálidas de un hombre que, con ojotas, caminaba por una vereda sobre viejas baldosas cuadri­culadas. El audio, por su parte, llegó cargado con la tan simpá­tica tonada que tienen aquellas y aquellos nacidos y criados (NYCs) en la provincia argen­tina de Córdoba, unos 1.200 kilómetros al sudoeste de mi querida Asunción.

Sonreí. Respondí con alegría. Un mes exacto había pasado desde que escuché esa misma voz en el momento de partir de regreso al continente desde el aeródromo de la Base Maram­bio, en la Antártida. Desde entonces, ningún otro Hércu­les C130 había podido llegar hasta allí ni partir desde esa pista de 1.250 metros de tierra que junto con mi amigo-her­mano Daniel Bertagno camina­mos desde una cabecera a otra durante nuestra inolvidable experiencia antártica.

El objeto del deseo no refiere ni da cuenta de una cosa material porque no lo es, explica Jacques Lacan (1901-1981). Es el “objeto a” desear esa especie de motor que se sustenta en una carencia estructural del sujeto que desea

SENTIMIENTO COMPARTIDO

Confieso que también me siento feliz por la felicidad del recién llegado porque sé de qué se trata desde cuando en aquella madru­gada del pasado 21 de diciem­bre arribamos al aeropuerto de El Palomar luego de 35 días en las cercanías del Polo Sur. Curioso sentimiento compar­tido. Supongo, por cierto, que la felicidad siempre lo es, aunque no sea lo mismo para todos y ni para todas. ¿Pero... es necesaria la felicidad y saberse feliz? Siento que sí porque percibo ese sen­timiento (ese estado) como un objeto del deseo, deseado, desea­ble e incluso alcanzable por el que no es recomendable obse­sionarse.

“El hombre más feliz es aquel que depende menos de la feli­cidad”, sentenció Séneca (Lucio Anneo, 4 a.NE - 65 d.NE). La voz de aquel estoico, dramaturgo, estadista y orador romano que nació en Córdoba, España (territorio entonces pertene­ciente al Imperio romano), suena hasta nuestros días. Y no solo por sus reflexiones acerca de la felicidad. También por sus búsquedas en procura de articular la vida pública con el sosiego interior. Para él, ser feliz pasaba por la moderación y la virtud para transitar una vida plena. La felicidad induce a (y sugiere) encontrarla en el inte­rior de cada ser humano.

Los días que corren entre la última decena de cada diciem­bre y la primera veintena de cada enero todos los años son parti­culares. Más allá de las creen­cias y las religiones con sus for­mas diversas de organizar la medición del tiempo, mayori­tariamente son momentos en los que en una buena parte de la humanidad las unas y los otros se desean mutuamente la felicidad. Curioso, por cierto. Particular­mente porque, según el diccio­nario de la Real Academia Espa­ñola (RAE), esa felicidad que se desea apunta a que las otreda­des alcancen un “estado de grata satisfacción espiritual y física”.

Es posible, por cierto, que esos deseos expresos no sean más que una suerte de forma de decir social con la que se pro­cure la empatía. Pero... ¿cómo saber qué habrá de satisfacer espiritual y físicamente a quien fuere que tengamos delante de nosotros? Enorme interrogante, por cierto. Desear la felicidad – creo haber aprendido– puede disparar múltiples ambiciones que, en sí mismas, no debieran ser categorizadas en forma más compleja que la de ser solo una ambición.

“Pro pace et fraternitate gentium” (Por la paz y el espíritu de fraternidad entre los hombres), es el lema que tiene inscripto la medalla que reciben quienes son reconocidos y galardonados con el Premio Nobel de la Paz

FANTASÍA DE MILLONES

En el pasado cercano –para que se me pueda entender– supe de RM, un enriquecido hombre de negocios que en la fantasía de millones tiene todo lo necesario para ser feliz. A través de un que­rido amigo-hermano académico de relevancia global me senté a su lado durante un almuerzo que concretamos en un lugar tan elegante como tradicional de Buenos Aires, especializado en la cocina española. Dichara­chero. Simpático. De verba oní­rica, en aquella oportunidad, a quienes compartíamos la mesa, nos propuso soñar en la certeza de alcanzar el amor y la paz a partir de programas de educa­ción y trabajo inclusivos. Para todos y todas desde las niñeces.

No trepidó en el transcurso de una larga sobremesa autorre­ferencial en ejemplificar su pro­yecto comentándonos que su vida laboral informal comenzó “cuando era pequeño –un des­amparado niño de la calle que dormía en los bancos de las pla­zas, mendigaba y comía cuando podía– lustraba los zapatos de los ricos de mi pueblo a menos de doscientos kilómetros de la frontera con los Estados Unidos para que mi mamacita pudiera alimentarnos”.

Seguí con atención y en silen­cio su charla, aunque en un momento aporté –como un dato coloquial– que mi ami­go-hermano Adolfo Pérez Esquivel (93), Premio Nobel de la Paz 1980, “cuando tenía 10 años vendía diarios en los tranvías”. Por la mirada repen­tinamente iluminada de aquel tertuliano extremadamente hablador supe que aquel dato histórico lo sacudió. “Después, si tú puedes, tomemos un café”, convidó. Acepté.

En procura de mi adhesión la charla continuó. “Cuéntame de tu amigo vendedor de diarios y Premio Nobel”, espetó sin pro­legómenos. Sus ojos brillaron. Los interrogantes que siguie­ron a ese momento me resul­taron vacuos. En pocos meses volvimos a reunirnos en una muy importante ciudad nor­teamericana latina, en París y, nuevamente, en Buenos Aires. Recurrente, su conversación – una y otra vez– volvía sobre los que autopercibía como “bien ganados merecimientos para ser galardonado con el Nobel de la Paz”.

EL NEFELIBATA

Lo dijo una y otra vez. Exte­nuante. Pero admito que hasta hoy no solo lo recuerdo, sino que procuro comprenderlo porque no me conforma pen­sar que se trata de un nefeli­bata o de alguien que padece de un trastorno obsesivo-com­pulsivo (TOC) y ya, porque (supongo) quizás no lo sea. Aunque hacia allí me inclino dados sus comentarios y acti­tudes recurrentes con las que exterioriza sus ansiedades e incansable afán de figuración y reconocimiento público.

Allá por 2023, en México, leí un texto de Eduardo Emmanuel Ramosclamont Cázares que me atrapó. En él sostiene que “desde Platón hasta Lacan, la natura­leza del deseo ha sido objeto de profunda reflexión y análisis”, pero inmediatamente después dispara algunos interrogantes. “¿Qué es realmente lo que desea­mos cuando decimos que desea­mos? ¿Es el objeto en sí o es el acto mismo de desear?”.

Y, en ese contexto, apoyándose en Jacques Lacan (1901-1981), apunta que “el objeto causa del deseo (es un) elemento escu­rridizo que motiva nuestro deseo, pero que nunca es com­pletamente alcanzable (porque es) ese ‘algo más’ que siempre parece estar más allá de nues­tro alcance, sin importar cuánto lo persigamos”. Así planteado Rosaclamont Cazares dice que el deseo “es el motor que impulsa nuestra búsqueda, pero que, paradójicamente, nunca quere­mos encontrar en su totalidad”.

Agrega que “lo que realmente nos seduce no es el objeto en sí, sino la falta de él (dado que) no deseamos el objeto en su tota­lidad, sino la tensión, la caren­cia, el vacío que se crea al no poseerlo (y) es esta carencia la que nos impulsa a seguir bus­cando, a seguir deseando (por­que) si tuviéramos el objeto de nuestro deseo en su totalidad, el deseo cesaría, y con él, la magia de la búsqueda”.

“El objeto causa del deseo (es un) elemento escurridizo que motiva nuestro deseo, pero que nunca es completamente alcanzable”, sostiene Eduardo Emmanuel Ramos clamont Cazares

CARENCIA

Es la carencia la que seduce al que desea. “No hay nada más bello que lo que nunca he tenido / Nada más amado que lo que perdí / Perdóname si hoy busco en la arena / Una Luna llena que arañaba el mar....”, canta Serrat desde 1971 cuando, al parecer, se enamoró sin éxito de Lucía, una azafata de Iberia que lo atendió en un vuelo intercontinental.

En aquel atardecer de cuando promediaba el 2023, junto con RM estaban algunos de sus familiares más cercanos. Fue –si no la última– una de las últimas oportunidades en que nos reuni­mos personalmente. El punto de encuentro fue en el piso más alto del edificio de la corporación que lidera. Té, café y agua sobre una larga mesa. Alguna tensión sobrevolaba cuando explicó mi presencia. Destacó desmesura­damente mi cercanía con dos de las personas galardonadas con el Premio Nobel de la Paz.

Sorpresivamente, me dio la pala­bra para que hablara sobre los premiados. El ya mencionado Adolfo y Rigoberta Menchú Tum (67), Nobel de 1992 y, más tarde, Premio Princesa de Astu­rias 1998, y Premio Glamour a la Pacificadora 2008. Lentamente expliqué que ambos son activis­tas en la defensa y promoción de los derechos humanos desde muchas décadas. Que se enfren­taron a sanguinarios dictado­res criminales en defensa de sus pueblos oprimidos.

Precisé que “en general” los galardonados y sus familia­res sufrieron encarcelamien­tos, torturas, persecuciones. Sus acompañantes trepida­ron. El rostro de RM involun­tariamente se contrajo. Per­cibí disgusto. “Pero…. ¿quiénes postularon a esas personas?”, consultó. “Tanto los postulan­tes como los postulados se man­tienen en secreto”, respondí. Apunté luego que cada premia­ción suele discernirse en reserva absoluta.

MÉRITOS

Comenté que “muchos de los méritos de algunos premia­dos por el Comité de Oslo no se conocen en profundidad”. Recordé que en 2009 lo reci­bió el 44.º presidente de los Estados Unidos, Barak Hus­sein Obama. RM, una vez más, expresó su convicción de ser merecedor del Premio Nobel de la Paz. Sus allegados, tími­damente, intentaron persua­dirlo para que desistiera y, más aún, lo exhortaron para que se cuidara y para que escuches “lo que dice este periodista”.

Bajé la vista. Simulé estar abru­mado aunque, en verdad, mi deseo era el de no quedar atra­pado en una interna familiar. “He hecho mucho más que todos los que mencionaste sin enfren­tarme con nadie, sin generar tensiones sociales ni políticas y, además, pongo dinero de mi bolsillo para educar a los pobres para que tengan herramientas para sostenerse y ser social­mente útiles...”, dijo el anfitrión. Lo interrumpí.

“RM, el Nobel es una conse­cuencia y el resultado de años de militancia social...”, expresé con firmeza. “Y, justamente, el Premio Nobel que se otorga a las y los pacifistas lo es mucho más que ningún otro...”, enfa­ticé. Un pesado silencio se ins­taló por algunos minutos entre quienes allí nos encontrábamos. El cónclave perdía sentido. Visi­blemente molesto, RM pidió la atención. Todas las miradas se posaron en él.

“Bueno, bueno... dejo a un lado el Nobel de la Paz, como ustedes me piden que lo haga, pero... cla­ramente tengo la más genuina convicción de que debieran darme el de educación y el de medicina. Los dos...”. El silencio se expandió. El cónclave finalizó. Estoy casi seguro de que no vol­vimos a vernos. No hubo saludos ni amabilidades en la despedida. Procuro comprender.

FUERZA MOTRIZ

Vuelvo a Lacan, que con meti­culosidad nos enseñó –desde la perspectiva psicoanalí­tica– que el objeto del deseo no refiere ni da cuenta de una cosa material, porque no lo es. No. Don Jacques lo define como “el objeto a” desear o como ese objeto que “es causa de deseo”. Los invito a complejizar. Con­ceptualmente, Lacan define el deseo como una especie de fuerza motriz que se sustenta en una carencia estructu­ral (del sujeto) y, de ninguna manera, en la satisfacción (real, fáctica) de esa carencia. Es una forma de reto, de desafío, que a pesar de ser inalcanzable, impulsa al sujeto a sustituir aquel objeto deseado por otro en forma constante.

Metonimia permanente. Para que se entienda con un ejemplo muy parecido al que mis maes­tros pusieron delante de mis ojos para que pudiera apren­der y entender de qué me hablan cuando me hablan. El objeto del deseo –el objeto a.… desear– por ejemplo, el Premio Nobel de la Paz al que seguramente apunta todavía RM, que también puede ser el de Educación o el de Medi­cina (objetos sustitutos), son constitutivos del ciclo metoní­mico ad infitum.

RM, desde la perspectiva laca­niana, tal vez, no vaya por el Nobel de la Paz que –según él lo expresa– tanto lo merece como también podrían ser el de Edu­cación o el de Medicina. No. Esos galardones a desear son los que causan, impulsan e inspiran su gestión, su trabajo y hasta su vida misma. De ninguna manera son el fin en sí mismos. El fin de RM o de cualquier otro –por qué no– es el de poner fin a la carencia que sabe y siente. Al vacío creado por “lo que nunca he tenido” o “lo que perdí”, como lo canta el Nano. ¿Qué es lo que no se entiende, nos asombra y hasta escanda­liza? Gràcies, Joan Manuel.

Dejanos tu comentario