• Gonzalo Cáceres
  • Periodista
  • Fotos: Gentileza

La libertad no es un grito ni una bandera. Es un hábito, una práctica constante. Y como todo hábito, tiende a olvidarse. Las novelas “Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury, y “Nosotros”, de Yevgueni Zamiatin, advierten sobre el peligro que no está en los regímenes que queman libros o vigilan a través de las paredes de cristal, sino en nuestra propia comodidad y apatía ante los asuntos que exigen acción.

Vigilancia digital, algoritmos que vaticinan nuestros deseos, información irrelevante hasta en la sopa y la cultura del scroll. Más de un siglo después de “Nosotros” (1924) y 73 años de “Fahrenheit 451” (1953), se confirma que Zamiatin y Bradbury no estaban solo describiendo futuros distópicos, sino adelantándose a su tiempo.

Hablamos de un paisaje casi invisible del que debemos preocuparnos y ocuparnos, porque se ajusta a nuestros días. O, cuando finalmente nos demos cuenta, podría ser muy tarde.

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CONTEXTO

Zamiatin escribió “Nosotros” en los primeros años de la Rusia soviética, cuando la Revolución prometía un futuro pujante, pero que rápidamente derivó en represión. Se imaginó una ciudad de cristal, donde las paredes son transparentes y el Estado puede estudiar cada gesto de sus ciudadanos. No hay intimidad, tampoco secretos. Todo está regulado por horarios y fórmulas que buscan la perfección colectiva.

Los habitantes de “Nosotros” entienden la vigilancia como si fuera natural. Se acostumbran a que el amor sea un privilegio controlado, que la imaginación sea síntoma de enfermedad. Poco a poco dejan de reclamar lo que alguna vez fue suyo: el derecho a ser distintos. La transparencia absoluta, que en teoría debería garantizar justicia, se convierte en un mecanismo de control asfixiante (se refleja en la obsesión contemporánea por la exposición en redes sociales, donde la intimidad se convierte en espectáculo).

En el mundo distó­pico de Ray Brad­bury, los bomberos no combaten los incendios, sino que se dedican a inci­nerar los libros

Tal crítica convirtió a Zamiatin en enemigo de los soviets y su obra fue prohibida (Orwell reconocería más tarde que “Nosotros” fue una influencia directa para “1984”).

Por su lado, Bradbury concibió “Fahrenheit 451” en plena era de la televisión y el macartismo (persecución anticomunista en EE. UU.). Su preocupación era la idea de que la gente, por comodidad, renunciara a la lectura y al pensamiento crítico. En este mundo, los bomberos no apagan incendios, porque su trabajo es quemar libros (objetos incómodos que contienen preguntas, dudas y contradicciones).

El fuego se traduce en la avalancha de información basura que amenaza con purgar nuestra capacidad de prestar atención a lo verdaderamente importante. Y lo notable es la indiferencia del pueblo (nadie procura por sus bibliotecas, no hay quien se arriesgue a salvar un volumen). La gente está demasiado ocupada con las pantallas, con la televisión que entretiene (Bradbury nos muestra que la censura más eficaz no es la que se impone a la fuerza).

Leer exige esfuerzo y el esfuerzo cuesta tiempo para el ocio, lo que no resulta placentero. Pensar a través de un libro implica enfrentarse a ideas que pueden contradecir nuestras propias convicciones, como lo plantea Bradbury.

Lo que une a Bradbury y Zamiatin es la idea de que la libertad no se apaga de golpe. En “Fahrenheit 451”, se diluye en la comodidad del entretenimiento. En “Nosotros”, se duerme en la costumbre (lo que no debía, pero fue normalizado) y la vigilancia constante.

EL INDIVIDUO CONTRA EL SISTEMA

Montag (el bombero de Bradbury) y D-503 (el ingeniero de Zamiatin) encarnan la tensión entre obediencia y libertad. Montag despierta su conciencia gracias a una joven que le recuerda la belleza de la curiosidad, por lo que descubre el valor de los libros y pasa a ser un fugitivo que intenta rescatar la memoria cultural de las llamas.

D-503, en cambio, se debate entre su lealtad al Estado y su deseo de amar. Su despertar es más lento y doloroso, con un final trágico (es sometido a una operación que elimina su capacidad de imaginar).

Si bien Bradbury ofrece un atisbo de esperanza (la resistencia cultural puede sobrevivir en pequeños grupos marginales), Zamiatin es más pesimista: su protagonista es derrotado y el Estado único se reafirma invencible.

Lo notorio es que estas novelas no hablan solo de futuros distópicos, sino de nosotros, acá y ahora. La libertad se apaga día a día, con gestos pequeños: en el clic que entrega nuestros datos, en la tarde que dejamos pasar sin cuestionar nada, en la conversación que evitamos porque aburre y/o incomoda, o a través de las situaciones en las que pretendemos no confrontar.

Porque siempre hay un instante en el que podemos despertar, pero es frágil. Si lo dejamos pasar, el fuego seguirá ardiendo y el cristal seguirá vigilando. La lección es clara: la libertad se pierde en el silencio, en la rutina. Y recuperarla, si alguna vez la dejamos escapar, será siempre más difícil que cuidarla desde el principio.

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