- Gonzalo Cáceres
- Periodista
- Fotos: Gentileza
La religión enhebró una relación con el poder que inspira y organiza la vida política, ejerciendo un impacto directo en la economía, donde la conjunción de voluntades establece presupuestos, configura valores y propicia, o no, la prosperidad económica.
El sociólogo alemán Max Weber planteó en su momento una tesis que todavía levanta posturas divididas. En “La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905)”, afirmó que la moral protestante (específicamente la calvinista) ayudó a crear el capitalismo moderno con el trabajo duro, el ahorro y la disciplina como signos del “favor divino”.
En la lógica de Weber, la prosperidad no era pecado, sino prueba de virtud, porque veía en la religión una suerte de motor cultural del desarrollo económico.
Sin embargo, no todos compartieron el entusiasmo de Weber. En su obra “Religión y el auge del capitalismo” (1926), el historiador inglés Richard Henry Tawney ofreció años después una mirada más ácida y menos idealista. Para él, la reforma protestante debilitó la autoridad moral de la Iglesia católica, dando a los empresarios de la pujante burguesía la licencia para “perseguir el lucro sin culpa”. Si Weber veía “disciplina espiritual”, Tawney adelantó una época donde los billetes hablarían “con acento divino”.
La tensión entre la fe como guía moral –y como legitimación del poder económico– cruzó el Atlántico. En América Latina, el escenario fue aún más complejo: la religión convivió con la política, tanto que se fundió con ella (desde la colonia, el catolicismo acompañó la conquista, la administración del Estado y las jerarquías sociales).
DIOS, LOS POBRES Y LOS DICTADORES
Pensadores latinoamericanos del siglo XX denunciaron el papel de la Iglesia como sostén del poder autoritario. Uno de ellos fue el teólogo uruguayo Juan Luis Segundo, quien allá por los años setenta acusó a la jerarquía eclesiástica de predicar la humildad mientras negociaba por sus propios intereses. Según él, la Iglesia de Jesús de Nazaret mutó hacia un instrumento de control social.
Otro contestatario clave fue el peruano Gustavo Gutiérrez, fundador de la censurada teología de la liberación. En su obra homónima (1971), Gutiérrez defendió una idea radical: la pobreza no es un designio de Dios, sino propia de estructuras injustas.
Argumentó que “la fe auténtica debía ponerse del lado de los oprimidos”. Su propuesta lo enfrentó al Vaticano y marcó un punto de quiebre en la historia religiosa del continente.
LIBERTAD INDIVIDUAL
Por su parte, el gurú del neoliberalismo estadounidense Milton Friedman también propuso lo suyo. En “Capitalismo y libertad” (1962), advertía que mezclar religión y política era una amenaza para la libertad individual, ya que “la economía debía mantenerse lejos de los dogmas morales y las interferencias estatales”.
Friedman entendía que el mercado tenía “su propia lógica” y cualquier intento de guiarlo –desde la fe o la ética– solo generaba “distorsiones”. La idea era clara: dejar a cada cosa por su camino: el tiempo demostró que ni siquiera en las economías más liberales la religión desaparece del todo.
Por ejemplo, los movimientos evangélicos han crecido tanto que ya hacen gala de influencia en las elecciones (y en la producción de leyes) de la principal economía del mundo, la de los Estados Unidos. En Sudamérica, las iglesias pentecostales se han interpuesto como un actor a tener en cuenta en el mapa político, porque sus líderes imponen prioridades presupuestarias, condicionan programas sociales y marcan la agenda “moral” del Estado (por imagen y aceptación “conviene” no llevarle la contraria).
FE PÚBLICA Y ECONOMÍA PRIVADA
El filósofo canadiense Charles Taylor, en “La era secular” (2007), propone una lectura menos combativa: ya no vivimos en sociedades religiosas, pero la religión sigue siendo una voz importante. No se trata de expulsarla del espacio público, sino aprender a convivir con ella sin apoderarse de la moral colectiva.
El problema, dice Taylor, surge cuando una sola creencia intenta dictar las reglas del juego, porque la política se vuelve dogmática y los recursos terminan sirviendo a quienes se consideran los “benditos”.
La historia reciente ofrece ejemplos de sobra: gobiernos que usan la religión para justificar recortes sociales, empresarios que apelan a la “voluntad divina” para justificar la desigualdad o instituciones que predican la austeridad mientras acumulan fortunas.
A pesar de todo ello, la religión es algo inherente al ser humano y la libertad de conciencia es uno de los avances más significativos de nuestras sociedades, aunque aún hay muchas en donde no rige. La fe –en cualquiera de sus formas– sigue siendo una fuente de propósito, inspiración y valores. El desafío es mantenerla como inspiración moral, no como herramienta de poder. Que oriente, pero que no gobierne.

