• Fotos: Néstor Soto

En esta edición del programa “Expresso”, del canal GEN/Nación Media, Augusto dos Santos conversa con la arqueóloga Ruth Alison sobre una disciplina poco cultivada en el Paraguay y casi sin oferta académica. Sin embargo, este campo de estudios tiene un enorme potencial en nuestro país, pues debajo de la superficie de nuestro suelo yace mucha información que puede aportar mucho a la comprensión de nuestro pasado histórico y de dónde venimos.

–¿Podés comen­tarnos cómo empezás a intere­sarte en la arqueología?

–Como la mayoría de los soñadores de los años 80. Yo a los 10, 11 años de edad ya comenzaba con inves­tigaciones, ir a bibliotecas. Por ahí fui descubriendo mi pasión, lo que después se con­vierte en un amor verdadero, que es el pasado, la historia. Empecé con Egipto leyendo a Herodoto, después Sinuhé, el egipcio. Lo que más me atrajo realmente era ese perfil de descubrir las aven­turas y recorrer, observar. Estar siempre atento a todo y en silencio a veces y con­templando todo lo que tie­nes alrededor en el entorno y ahí vas encontrando la X en el tesoro.

–¿Y cómo lo adoptaste como profesión?

–A los 15 años me entero de que en Paraguay no había la carrera de arqueología. Fue como una decepción, un poco de tristeza, pero nunca paré, siempre dije “voy para ade­lante, hay que buscar algo para hacerlo realidad”.

–¿Cuál fue tu primera tarea formal dentro del mundo de la arqueología?

–Recuerdo que conocí a varios amigos del área de historia del Paraguay y me invitan a trabajar en histo­ria militar del Paraguay. “¿Te parece si hacemos un pos­grado en historia militar?”, me plantearon. “Maravilloso”, les dije. Con eso podría abocarme más a la arqueo­logía en campos de batalla. Pero antes de eso ya estaba dentro de las trincheras investigando. Mi decisión de quedarme en el ámbito fue cuando estuve en el campo de batalla de Lomas Valen­tinas, Itá Ybaté, en Villeta. Me dijeron que parece que hay trincheras, pero no se ven, no entendemos si hay o no hay. Entonces, les pedí unos meses, voy a leer algu­nos libros, reviso y empecé yo misma a confeccionar mis planos, mis croquis. Fui­mos primero con un grupo de amigos de historia, luego ya empecé a irme sola. Fue un momento maravilloso para mí, pues yo no tenía mucha fe a lo que tratamos de construir. Eran como pie­zas de un rompecabezas que vas uniendo. Coincidió todo y llegamos a encontrar tres trincheras, uno de los cam­pamentos más importantes también y luego encuentro una fosa común.

–¿Se puede decir que ese fue el momento eureka más importante de tu vida pro­fesional?

–Ese fue. Recuerdo que reco­rría bastante, me quedaba por días, acampaba ahí. Desde entonces hacíamos las comu­nicaciones previas. Recuerdo que ya me iba a contactar con la gente de la Municipalidad y ellos mismos nos apoyaban, nos daban agua, abrían la capillita para tener un bañito.

UNA EXPERIENCIA DEFINITORIA

–¿Y era un campo privado o público?

–Es un campo comunal, diga­mos. De hecho, fue un basu­rero municipal. En el primer recorrido había un car­tel enorme detrás de unas malezas que decía “basu­rero municipal” y nadie sabía que fue un campo de batalla. Antes que nada hicimos una limpieza de las malezas y empezamos a ver cosas. Subi­mos al monumento famoso y desde la altura empezábamos a mirar cosas y yo les digo a algunos compañeros “miren esta línea, miren el mapa, pueden ser las trincheras”. Veo un vacío, yo quiero ir a ver ese vacío. Fue un trabajo coo­perativo muy bonito. Cuando fui sola, encontré un tape po’i, un caminito chiquito, entro yo y desde que entro a la tierra colorada empiezo a ver como puntos blancos y manchas blancas en la tierra. Lo que parecían manchas blancas eran huesos. Empiezo a revi­sar más la fosa, tomo fotogra­fías, registro todo y encuen­tro un cúmulo más grande. Encuentro un fémur. Era un fémur pequeñito, al levan­tar se parte y al partirse cae una bala mini (bala Minié) de adentro. Estaba dentro del hueso del fémur. La bala mini es una bala brasileña. En historia militar también nos abocamos mucho al tema balístico e identificaba lo que eran las balas del Ejército argentino, uruguayo, brasi­leño, paraguayo también.

–¿Cómo te marcó esa expe­riencia?

–Fueron mis inicios, no entendía todavía lo que era la antropología forense para hacer identificación, nada, y ahí comienzo a estudiar. Empecé por el fémur. Me encuentro con que el fémur era de un subadulto, o sea, un infante. Eso me tocó muy fuerte y ahí yo dije “quiero abocarme a la arqueología de campos de batalla” y estu­diar el otro lado de la antro­pología y la arqueología, que es la parte más humana. O sea, más allá del desenvol­vimiento de las tropas, el armamento, todo ese desa­rrollo bélico, más geopolítico digamos. Yo dije “quiero ver el otro lado, quiero estudiar sobre los soldados, la pobla­ción civil que sufrió ahí, varones, mujeres, niños, todo”. Ahí se inició todo y sin darme cuenta después de muchos años se inicia lo que fue ya mi vocación en la parte de antropología forense.

–¿De qué año estamos hablando?

–Año 2008 más o menos. Sabíamos de la presencia del Ministerio de Defensa, el Museo de Historia Mili­tar, el Instituto de Estudios Históricos. Entonces, ahí empezamos a solicitar hacer más investigación sobre esto y cómo se puede proteger el lugar también. La protección del lugar y declararlo como sitio histórico y de relevan­cia. Muchos años después parcialmente conseguimos ayuda con el interés de la Municipalidad para la protec­ción. Después ya comenzába­mos a encontrarnos con los saqueadores o los buscado­res de tesoro, que era también todo un dilema en ese tiempo y hoy un poco más diplomáticamente ya se puede conver­sar con ellos al menos.

LA MIRADA ARQUEOLÓGICA

–¿Para la mirada experta del arqueólogo la super­ficie ofrece signos de qué cosas tiene abajo?

–Sí, muchísimo. Es un entre­namiento constante, el entrenamiento del ojo. Me ha ayudado mucho como crimi­nalista también, para enten­der las escenas del crimen.

–Debe haber sentimientos muy encontrados, ¿ver­dad? Primero, es un mis­terio, segundo debe ser divertido, pero a veces también debe ser tedioso. Digo porque en este oficio nada se hace con prisa, ¿no?

–Nada. Todo lo que se haga con prisa es una pérdida de información, a veces puede ser la pérdida fatal de la his­toria, la historia de lo que te puede contar ese hueso o ese árbol o esa mesa. Hoy que tenemos ya un poco más de arqueólogos en el país se están dedicando a la arqueo­logía en obras civiles, en las obras grandes. Esa es una negociación con el equipo de ingenieros de decirles “por favor, paren las máquinas un rato porque encontramos esto”. Uno de mis lemas pre­feridos es el de Howard Car­ter, el que descubrió la tumba de Tutankamón, de que perseverancia más fantasía es igual a éxito. Pero la perseve­rancia por sobre todo y tam­bién la humildad.

–¿Hay mucho por descu­brir en los campos de bata­lla de Paraguay todavía?

–Sí, mucho. De la Guerra Grande y de la guerra del Chaco también. Hay mucho y a la vez es como una carrera. Vamos con la ciencia para rescatar, descubrir, preser­var y dejar a la vista para la memoria viva, pero la otra parte son los buscadores de tesoro. De terror.

–¿Y los buscadores de plata yvyguy están tan vigentes hoy como antes?

–Sí. Incluso ellos tienen más tecnología que nosotros, que somos un equipo pequeño de científicos más humildes y no podemos conseguir maquinarias de ese porte y ellos sí tienen. Y tienen tam­bién ya una estructura con­formada. Hacen sus tra­bajos y trabajan en las madrugadas.

MÁS INVESTIGACIÓN

–¿Qué más hay te parece como mate­ria pendiente en el país en térmi­nos arqueológi­cos? ¿Hay sufi­ciente arqueología en las ciudades, por ejemplo?

–Muy poca, poquísima investigación. No es como en la Argentina el desarrollo de la arqueo­logía urbana o arqueo­logía histórica desde los años 70. Nosotros recién estamos comenzando, pero fijate que las inves­tigaciones arqueológicas comienzan a la par que las obras grandes. Entonces, es difícil hacer un desarro­llo exclusivamente científico, histórico, arqueológico cuando estás trabajando.

–Eso es muy paradójico porque es una especie de “vamos a bancarle a los arqueólogos porque vamos a destruir todo acá”.

–Tal cual. Siempre está esto de no hay presupuesto para investigaciones científicas y lo digo en todo sentido, investigaciones científicas ampliamente. Imaginate que ni para investigaciones dentro de lo que son las cien­cias de la salud cuesta muchí­simo, lo que sería para la arqueología, que es más del ámbito histórico y que dicen pero ¿para qué? ¿De qué nos sirve? Y lo más frustrante es la falta de escuela, la forma­ción, la falta de oportuni­dades para todos o para la mayoría. Muy pocos tuvie­ron la oportunidad de salir del país para estudiar.

EL CAMPO DE LA ARQUEOLOGÍA FORENSE

–¿Qué es lo que hace una arqueóloga forense?

–Yo planteé desarrollar la arqueología forense en la investigación criminalís­tica en nuestro país, que no lo teníamos tampoco. Lo estoy desarrollando recién hace ocho años. Y cuesta porque cuando converso con otras instituciones, otros profesio­nales, les digo ¿qué técnicas vamos a abordar?, ¿cómo hacemos?, ¿están en pro­ceso de búsqueda?, ¿cómo lo van a hacer? “No sabe­mos cómo hacer”, me dicen. ¿Cómo activan ciertos proto­colos para búsqueda de desa­parecidos, de presunción de muertes y en búsqueda de cadáveres? ¿Cómo lo van a hacer? No sabemos. Enton­ces, en ese vacío encontré siempre las oportunidades en el momento que decían “no sé”. Para mí no hay eso de cruzarte de brazos. Todo tiene solución. La arqueo­logía forense se aplica a los conocimientos de la arqueo­logía tradicional también, de los métodos de búsqueda, y se combina bastante bien con la metodología de la criminalística, principal­mente la investigación de escena del crimen, de homi­cidio. Como te decía ante­riormente, lo primordial es la observación y tener ese ojo a rayos láser, el ojo clí­nico como se dice también para encontrar la respuesta en un lugar muy amplio o en un lugar pequeñito, pero es el entrenamiento constante también.

–Paraguay no es un clima muy favorable para el ejer­cicio de la arqueología, ¿verdad? Mucho calor...

–Se puede, se aguanta, en ciertos lugares más, otros menos. En el Chaco para mí es una maravilla trabajar. En el Chaco hay un calor seco, pero no es tan agobiante como los calores húmedos que hay hacia Ñeembucú, por ejemplo. Trabajar hacia la zona del Paraná es mucho más complicado también.

–¿Cuál es una materia pendiente tuya? ¿Qué que­rés hacer de futuro que figura como un sueño de arqueólogos?

–La formación de más per­sonas porque veo muchas necesidades. Tanto para la arqueología tradicional, que lo dejaría para mis cole­gas que se abocan más a la arqueología histórica, pero instarles a que se animen y que se abran a la formación. ¿Por qué te digo eso? Por­que hay algunos que dicen “no, no tenemos posibilida­des de hacer formación, no hay muchos interesados o no hay espacio, lugar y forma de hacerlo”. ¿Por qué no va a haber? Dejemos el egoísmo. Yo como docente en criminalística estoy enseñando lo que es la antropología forense, claro que siempre voy a lan­zarlo un poco más a lo que es la arqueología forense para la investigación de crímenes. Y, por favor, ya pasaron tantos años. Yo llego a medio siglo y antes de irme de este mundo quiero irme con eso de que se creó la carrera de arqueolo­gía en el Paraguay y que for­memos arqueólogos.

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