• Carlos Zárate*
  • Fotos: Gentileza

Pocos espacios públicos en Asunción concentran tanta historia como la plaza Juan E. O’Leary, un verdadero catálogo de símbolos y disputas ideológicas que iniciaron hace cien años y cuyos vestigios todavía pueden hallarse hoy en el sitio. Elementos y situaciones tan singulares, que bien podrían ambientar una buena novela histórica de misterio e intrigas.

La manzana que ocupa la plaza O’Leary fue, en tiempos de la colonia, una expansión del convento de La Merced y hacia fines del siglo XVIII empezó a ser utilizado como sitio de intercambio comercial a cielo abierto. El edificio del Mercado Guasu se construyó ahí en la primera mitad del siglo XIX, convirtiendo al sector en el de mayor dinámica comercial de la capital. Tras la demolición de aquel edificio en el año 1909, el predio fue durante mucho tiempo un extenso baldío repleto de escombros, que se usaba eventualmente para actividades transitorias, casi siempre asociadas a rodeo de animales y ferias.

Con la designación de Miguel Ángel Alfaro como intendente de la capital en 1924 (hasta la fecha, único arquitecto en haber ocupado dicho cargo), inició un período de intensa actividad de diseño en los espacios públicos, que fue reforzada por sus sucesores. En tal contexto, la citada plaza recibió la atención reclamada durante tantos años por la ciudadanía.

Invitación al canal de WhatsApp de La Nación PY

EL PRIMER DISEÑO

A inicios del año 1927, la plaza ya contaba con un trazado bien definido, aunque todavía sin jardinería, la cual fue incorporada a partir del año siguiente.

En cuanto a su estilo, aquel diseño era claro representante del neoclasicismo a la manera francesa, caracterizado por la simetría, la composición basada en figuras geométricas básicas (triángulo equilátero, cuadrado, círculo) y la sobriedad de la jardinería.

Un análisis detallado del proceso compositivo permite entender las formas que fueron utilizadas y la cantidad de veces, además de la proporción entre ellas. Es así que se identifican tres segmentos de círculo de distinto tamaño, pero con un patrón que las relaciona: la proporción entre ellas varía a razón de 1,618, número considerado perfecto en la antigua Grecia.

Aunque aquel diseño ya no existe, persisten algunos vestigios. El más notable es el ancho de las veredas, superior al de las cuadras vecinas y con medidas que no son resultado de una norma, sino de encajar triángulos equiláteros y cuadrados en una manzana rectangular.

UN TOQUE DE FILOSOFÍA

Aquella composición presentaba tres ejes rectilíneos, tres curvas, tres cuadrados y tres triángulos. Es factible suponer que para su autor esa cifra era importante. Esto en una época en la cual todavía era bastante común diseñar incorporando simbología numérica para generar homenajes o resaltar ideas.

El número tres posee una carga simbólica muy importante para occidente. Puede hallarse tanto en religión (por ejemplo, la Santísima Trinidad) como en la filosofía. En esta última, tuvo mucha importancia en América precisamente en la época de la que data el diseño debido al auge del pensamiento positivista, que también contó en Paraguay con notables representantes, entre ellos el Dr. Cecilio Báez.

El positivismo fue una corriente filosófica originada en Europa a mediados del siglo XIX, que respaldaba la producción de conocimiento a partir del método científico. Consideraba, además, que la vida humana tenía tres niveles distintos en su desarrollo: el teológico, el metafísico y, finalmente, el positivo, como una aspiración o meta. Esto explicaría la diferencia de tamaño entre las formas del diseño de la plaza y la convergencia de los tres senderos rectilíneos en un punto final.

DONDE NACE EL SOL

Pese a su ubicación céntrica y la gran cantidad de personas que la visitaban todos los días y a toda hora, la plaza no tuvo nombre oficial sino hasta el año 1940. Antes de esto, todas sus denominaciones eran extraoficiales. Es así que se encuentran tanto notas periodísticas como documentos oficiales de las décadas de 1920 y 1930, donde se la identificaba indistintamente con el nombre de plaza o placita, a veces del Mercado, a veces “sin nombre” o “innominada”.

Esta extraña falta de interés de las autoridades en asignarle un nombre oficial es, como mínimo, sugerente. Y habilita a considerar que existieran también motivaciones alegóricas en tal aparente desinterés por nominar un lugar situado en el corazón de la capital.

Para la masonería, lo innombrable tiene valor positivo. Se lo describe también como lo inefable, es decir, algo tan singular que no puede ser explicado con palabras, sino vivido a través de una experiencia. Con esto, no parece tan arriesgado suponer que otros acontecimientos en dicho sitio no fuesen simple azar o coincidencia.

Por ejemplo, la instalación de un kiosco-bar denominado Oriental en el interior de la plaza, a fines del año 1929. El término “oriente” es otro de gran importancia para la masonería. Al ser el punto donde “nace” el sol, representa la “iluminación” del conocimiento, la máxima aspiración humana.

No está demás mencionar que, durante las animadas noches de aquellos años, el barcito de la plaza era asiduamente frecuentado por numerosos intelectuales locales, muchos de ellos también figuras de la masonería paraguaya.

Época en que el nombre oficial era Mariscal Estigarribia. Se observan senderos de ripio, vegetación criteriosamente dispuesta y delicadamente moldeada. Año 1940

LA BATALLA DE LOS DISEÑOS

Durante las primeras décadas del siglo XX, en Paraguay se consolidó un vínculo muy estrecho entre pensamiento positivista, masonería y liberalismo. De hecho, el ya mencionado Dr. Cecilio Báez es considerado por muchos como el mayor representante local de esos tres campos.

La hegemonía del Partido Liberal (1904-1940) coincide plenamente con aquel periodo. Precisamente, en parte como signo de la época, en parte como estrategia de propaganda, los espacios públicos de Asunción y otras ciudades del país exhibían jardines neoclasicistas de exquisitos diseños y fino cuidado. Era uno de los logros más vistosos que podía ostentar el liberalismo.

Por lo tanto, no es de extrañar que Higinio Morínigo (presidente entre los años 1940 y 1948), tras distanciarse del apoyo que le otorgaba el Partido Liberal, haya ordenado la suplantación de todos esos jardines por un diseño totalmente distinto, basado en un modelo seriado de senderos diagonales, más acorde a los tiempos autoritarios que se estaban instalando.

LA BATALLA DE LOS NOMBRES

Higinio Morínigo accedió a la presidencia tras la muerte trágica del mariscal José F. Estigarribia, último presidente liberal del siglo XX. El luctuoso suceso fue ocasión para otorgar por primera vez un nombre oficial a la plaza. Por mandato del Congreso Nacional, pasó a llamarse con el nombre del malogrado mariscal en setiembre de 1940.

Aunque la plaza mantuvo oficialmente dicho nombre por quince años, a partir del derrocamiento de Morínigo en 1948 fue extraoficialmente denominada como Juan O’Leary. Finalmente, fue oficializado el cambio de nombre en el año 1955, que sigue vigente hasta hoy.

Existen razones de sobra que explican las motivaciones del cambio. Juan O’Leary no solo fue una de las más destacadas figuras de la intelectualidad colorada, también fue un reconocido antagonista de Cecilio Báez, con quien sostuvo intensas discusiones a inicios del siglo XX. Si ya se había hecho el esfuerzo de cambiar el diseño, lo del nombre fue apenas un trámite. No solo terminó por eliminar toda referencia liberal en el lugar, también marcó el inicio de la hegemonía colorada, vigente hasta hoy.

Aparentemente, no existirían vínculos entre O’Leary y la masonería. No habría integrado ninguna logia ni llegó a manifestarse públicamente a favor o en contra de ellas. No obstante, asintió que su nombre sea adjudicado a la plaza, borrando así las últimas referencias liberal y masónica, respectivamente.

Jardín del Mercado, ya sin el Kiosco Oriental. Fuente: Quién es quién en Paraguay (año 1941)

¿UNA REVANCHA?

Quizás no pase de una coincidencia, pero tampoco está demás señalar que esta silenciosa batalla de nombres tuvo una inesperada réplica hace unos años, en una plazoleta del barrio Republicano de Asunción, cuyo sugerente nombre oficial es Sol Naciente. Una crónica periodística del año 2022 mostraba que, en el vetusto y despintado cartel que indicaba su nombre, todavía podía leerse el anterior: Juan O’Leary.

UN SOBREVIVIENTE: EL OMBLIGO DEL PARAGUAY

Aunque el diseño original fue suprimido en el año 1943, se instaló en aquella oportunidad una pequeña placa en el sitio coincidente con la punta del triángulo de aquel trazado. Con el tiempo, fueron rapiñadas sus partes metálicas, pero la placa de cemento, que reproduce una cruz formada por cuatro flores de lis, todavía sigue en el lugar. La misma indicaba el antiguo kilómetro cero y fue colocada por el Instituto Geográfico Militar, IGM (actual Disergemil).

¿Por qué se escogió aquel punto como inicial del país? Todavía existe un vacío de información al respecto. Lo más que puede hacerse –por ahora– es señalar que la punta del triángulo estaba orientada al noreste, también cargado de mucha significación para la masonería, ya que es entendido en dicho contexto como “la esquina del aprendiz”, el “punto de inicio” hacia la “iluminación”.

En la imagen aún se observa la pequeña placa central, que fue rapiñada, donde se consigna que este punto era considerado el kilómetro cero

LA GRAN PREGUNTA

¿Debería restaurarse el diseño original? Sin dudas que sí. Se trataba de un diseño de altísima calidad estética y que representaba una época en que la municipalidad mostraba con hechos una genuina voluntad de ofrecer a sus ciudadanos espacios públicos de calidad, siguiendo las tendencias de diseño urbano de las ciudades más importantes del continente.

Esfuerzo que se valora más todavía poniendo en perspectiva temporal, recordando que fue realizado en una época en que eran muy escasos los profesionales del diseño urbano (faltaban más de tres décadas para que se funde la primera facultad de arquitectura), no existía servicio de agua corriente (vital para mantener un jardín), con herramientas muy rudimentarias (el acero inoxidable no sería popular sino a partir de mediados del siglo XX) y con una plantilla de apenas 400 funcionarios (ante los más de diez mil en la actualidad).

El jardín neoclasicista que ostentó esta plaza hace cien años fue reproducido en postales y publicaciones nacionales y extranjeras como carta de presentación del país, mostrando con orgullo uno de sus escenarios más cuidados y concurridos. Recuperar un jardín público centenario no solo permitirá el reencuentro de los asuncenos con los símbolos de su propia historia, sino que ofrecerá un plus valioso para apuntalar la industria del turismo local, que ha demostrado en los últimos años importantes y auspiciosos avances.

Reconstrucción del plano del jardín diseñado en 1927 para el predio que ocupa actualmente la plaza Juan E. O’Leary. Fuente: Carlos Zárate
Fotografía aérea que muestra el rediseño del jardín en el predio de la actual plaza Juan E. O’Leary. Nótese las dos araucarias del diseño original, salvadas por coincidir su ubicación con los parterres del nuevo diseño. Ca. 1945
  • * Docente de Historia de la Arquitectura del Paisaje en Paraguay de FADA-UNA

Déjanos tus comentarios en Voiz