• Richard Moreira
  • Enviado especial

A pocos kilómetros de China continental, una isla taiwanesa combatió sin balas: la confrontación se libró con propaganda lanzada al viento.

Durante la Guerra Fría se produjeron numerosos episodios de conflicto y hostilidades en todo el mundo, que estaba dividido en aquellos azarosos años entre Este y Oeste. Algunos hoy resultan lejanos en el tiempo, pero siguen atrayendo como parte de la historia reciente. Otros, más cercanos y conocidos en Latinoamérica por su contexto y sus consecuencias, permanecen muy presentes en la memoria colectiva, como la invasión a la Bahía de Cochinos (Cuba) o el Operativo Cóndor, que coordinó la represión a movimientos de izquierda entre varios gobiernos dictatoriales de la región.

Pero la abundancia de episodios fundamentales mechados con otros más anecdóticos hacen que se pierdan capítulos menos difundidos, más ajenos al relato occidental, que no dejan de generar una fuerte impresión. La historia que sigue es uno de ellos: la torre sónica de Kinmen.

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Para mí, que ya la conocía a través de los libros de historia, resultó incluso una experiencia especial poder estar allí, frente al muro que tuvo un papel clave en la guerra de propaganda entre Taiwán y China.

EL ESTRECHO

La isla de Formosa, donde se asienta Taiwán, está ubicada en el extremo occidental del mar de Filipinas; se encuentra a unos 150 kilómetros de China, de la que está separada por el estrecho. Kinmen, por su parte, es un condado administrado por Taipéi, pese a su cercanía inmediata con el continente.

Tras la fallida invasión de 1949, el gobierno de Pekín decidió no atacar más a Kinmen, al menos no con armas convencionales. La artillería pesada fue sustituida por la artillería de la propaganda, que se convirtió en el principal instrumento de este nuevo tipo de “guerra”, prolongada hasta finales de la década de 1970.

Esta hostilidad edulcorada tenía reglas claras: China lanzaba sus proyectiles los días impares y Taiwán respondía los días pares. Los artefactos carecían de explosivos y transportaban folletos, panfletos y mensajes políticos.

LA BATALLA EN ONDA CORTA

Pero pronto otra vía de confrontación cobró protagonismo: las transmisiones radiofónicas. La guerra de propaganda evolucionó hacia un nuevo estadio. Desde el continente, las emisoras emitían proclamas a favor de la reunificación e instaban a los soldados destacados en Kinmen a desertar y pasarse a China, prometiendo trato benevolente. La respuesta taiwanesa no se hizo esperar: mediante emisiones en onda corta, sus proclamas cargadas de ideas capitalistas destacaban las ventajas de la prosperidad económica y de una sociedad floreciente bajo su administración.

En su afán por intensificar esta guerra psicológica, Taiwán elevó el desafío un escalón más y construyó un altavoz gigante, una torre sónica de diez metros de altura, diseñada para que los mensajes pudieran escucharse en la provincia china de Fujian, donde está asentada hoy la floreciente Xiamen.

La torre instalada en Beishan es una estructura de hormigón armado con forma de cubo, que cuenta con 48 cavidades –dispuestas en ocho filas por seis columnas– donde se montaron potentes altavoces. El sonido emitido era tan intenso que podía escucharse hasta a 25 kilómetros de distancia, atravesando el estrecho y llegando incluso al interior de Xiamen.

Desde Beishan se observa hoy la pujante ciudad de Xiamen, una megalópolis de más de 5 millones de habitantes

SÍMBOLO

Como símbolo de modernidad y vanguardia, los taiwaneses no se limitaban a difundir consignas políticas: intercalaban canciones de la célebre cantante Teresa Teng, cuya voz se convirtió en un arma inesperada dentro de esta singular guerra sonora.

Al de Beishan también se construyó otra estructura del otro lado de la isla. Esta es la estación de observación y radiodifusión Mashan, que también era utilizada para enviar mensajes de propaganda, aunque de menor dimensión, con un puesto de observación, su uso también era para patrulla y control de las actividades del otro lado de la orilla.

Con el correr del tiempo, estos dos emplazamientos se convirtieron en un hito cultural y turístico de Kinmen, que marca y refleja una era de tensión constante, pero también de una peculiar forma de convivencia armada y de una paz relativa.

Esta “guerra” sónica se extendió hasta finales de la década de 1970, cuando dejó de operar por razones geopolíticas. Hoy, el muro de Beishan es un ícono de Kinmen: un testigo silencioso de aquellos años de Guerra Fría, cuando comunistas y nacionalistas se enfrentaban no solo con armas, sino también con palabras, música y mensajes lanzados al viento.

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