- Toni Roberto
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Este domingo, Toni Roberto rememora un episodio triste de la niñez que sana a partir de una muestra de pesebres antiguos rescatados por el padre Hugo Fernández.
Era una tardecita de diciembre de 1979. El pesebre fue colocado como todos los años en la gruta de la casa. El hogar del niño era una casita de piedras en un rincón de la terracita de la calle Alberdi. En el fondo, un improvisado foco que daba el detalle eléctrico de la época. Al día siguiente, a la mañana temprano, al sentarnos en el sillón de hierro de la antigua fábrica de Rodríguez Hermanos, un instante, otra mirada, el Niño, la Virgen, el san José y todas las piezas que adornaban aquel pesebre paraguayo habían desaparecido.
El pesebre había sido robado. Hoy, después de tantos años, me hace pensar en una mesa vacía, en un hogar sin esperanzas, en una partida, en personas que pasan en muchas casas en soledad, en los mayores abandonados.
EL PESEBRE DEL PADRE HUGO
Todo esto revivió en mí al ver una publicación del padre Hugo Fernández, quien se encuentra al rescate de piezas de pesebres paraguayos de otras épocas. Al mirar las fotos, reconocí aquel pesebre al estilo del mío y supe también el origen y producción, así como la época. Entre los años 30 y los años 50, el lugar, la alfarería de los Micheletto. Un importante negocio del barrio Dr. Francia de Asunción que era muy conocido por sus fuertes tejas y ladrillos, que se producían en Chaco’i, al otro lado del río, en la misma Gran Asunción.
LA FILANTROPÍA DE TATIANA
A veces las redes nos ayudan a conocer datos. Yo, por mi lado, el origen de aquel pesebre malogrado y, por otro, la pregunta del padre Hugo sobre más datos de esa empresa de otros tiempos, que hasta ahora conserva toda su memoria, gracias al altruismo y filantropía de la bisnieta de los fundadores, Tatiana Genovese Micheletto, ahí en el mismo barrio que la vio nacer.
EL PESEBRE DE CATEURA
Así, la nostalgia del recuerdo del pasado de la niñez me llevó a revisar mi archivo y a encontrar un pesebre de Cateura. Una obra del inmortal artista plástico popular paraguayo Jacinto Rivero, de aquella zona del sur asunceno, cuando todavía se podía divisar el río antes de que la basura en las últimas décadas cubriera por completo la mirada al horizonte desde su ventana.
Ahí, en ese rincón de la Asunción, siguen croando las ranas, los teros, con el olor a Navidad de “Dos trocitos de madera”, la popular pieza musical de Maneco, que entona perfectamente con esta obra en blanco y negro que publico.
Al final, aquel momento de tristeza de mi niñez se llenó de amor y recuerdos de otras épocas. A veces la memoria sana y cura las heridas y, sobre todo, en este preludio de Navidad tan acelerado de los primeros veinticinco años del nuevo siglo, que se detiene por un momento en este frenético tiempo de alegrías y también de tristezas.

