- Toni Roberto
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Toni Roberto sigue evocando nupcias memorables celebradas en la Asunción de antaño entre distinguidas familias de la alta sociedad. En esta ocasión, rescata del baúl de los recuerdos y nos comparte una pieza literaria dedicada a una bella novia cuya boda fuera una de las más suntuosas y comentadas de los 60.
¿Quién dijo que en el preludio de Navidad se puede hablar solo de eso? El artículo del domingo pasado “Casamientos de antes”, la boda Scavone-Daud derivó en la tercera entrega de este domingo.
LA BODA, EL FOTÓGRAFO Y EL CRONISTA
Las fotos y las letras del poeta y ensayista Hugo Rodríguez Alcalá por el casamiento de su sobrina Gilda Rodríguez Alcalá Casal Ribeiro con Rodney Elpidio Acevedo Bienick en la Catedral Metropolitana en 1962, que me acercara Lisa Acevedo de Daumas Ladouce, hace que uno se pregunte: ¿Hay mucho más que escribir? Al publicar las instantáneas de la boda y un fragmento del escrito de este exponente de la literatura paraguaya del siglo XX pareciera una pieza a cuatro manos entre un fotógrafo y un poeta, donde el receptor solo aprieta “play” y empieza la obra:
EL CASAMIENTO (FRAGMENTO)
“En suma: a mucha gente le había pasado lo que a la Catedral; estaba transformada y resplandecía. Me divertían los comentarios en torno mío. El tema de estos comentarios era, como te imaginarás, Gilda. Según algunos, sería ella la novia más linda del año. No, ¡que del año! ¡De los últimos diez años! ¡Y qué suerte tiene este Elpidio en llevarse esa maravilla de muchacha! Y no es solo linda, es una verdadera gran dama, a pesar de su edad. ¡Y tan amable!
Noté que de pronto hubo una especie de conmoción en toda la multitud de damas y caballeros, y que todas las miradas se dirigieron a la puerta principal del templo. ¡Ahí viene la novia!
A lo lejos vi dos figuras, una blanca y otra negra. Eran el padre de la novia y Gilda. Poco a poco, a medida que iban avanzando hacia el lugar donde yo estaba, próximo al altar mayor, la figura de Gilda fue adquiriendo contornos más claros. Un rumor de admiración circulaba por todo el templo. ¡Parece un ángel! ¡No parece de carne y hueso! ¡Es una visión! ¡Divina! Era algo impresionante.
Me admiraba de la serenidad de Gilda que avanzaba lenta y seguramente entre la multitud embebecida, sin orgullo y sin timidez, como si efectivamente fuera un ángel que obedeciera a una llamada misteriosa para cumplir algún deber angélico”.
¿Algo más que decir? Nada. Solo despedirme hasta el próximo domingo. Tal vez sigan reviviendo los “Casamientos de antes”, en plena época de Navidad.