• Richard Moreira
  • Enviado especial

Ubicada a escasos seis kilómetros de China continental, la isla taiwanesa conserva intacta su memoria bélica y, en medio de cañones y una amenaza latente, desarrolla su economía y atrae a miles de turistas.

A solo seis kilómetros de la costa china y a menos de una hora en avión de la isla de Formosa, Kinmen vive en un equilibrio tan frágil como fascinante: es el primer bastión de Taiwán ante cualquier chispa de conflicto que pueda encenderse en la zona, pero también un territorio donde la vida cotidiana insiste en abrirse paso entre túneles de guerra, cañones oxidados y playas que alguna vez fueron trincheras y hoy invitan a una apacible caminata. La tensión convive con la belleza, con calles serenas y el pasado bélico se mezcla con la modernidad de los cafés, las tiendas de souvenirs, el enjambre de motocicletas que cruzan caminos antes reservados al movimiento militar.

En el pasado no muy lejano, esta pequeña isla fue escenario de hostilidades que moldearon su carácter aguerrido, pero también su capacidad de reinventarse ante circunstancias cambiantes. Aquí, la historia reciente no es un capítulo cerrado: es una palpitación constante que se siente en sus museos, en las historias que narran sus guías y en la atmósfera misma del lugar, donde el enérgico viento y sus olas bravas parecen cargar memorias de soldados, artillería y resistencia.

La ciudad de Xiamen, una metrópolis de más de cinco millones de habitantes y que posee el sexto puerto más activo del gigante asiático, está a escasa distancia de Kinmen –conocida también como Quemoy–, un enclave de poco más de 153 kilómetros cuadrados y unos 140.000 habitantes distribuidos entre localidades tranquilas y aldeas de arquitectura tradicional china. Desde ciertas colinas de Kinmen es posible observar, a simple vista, los rascacielos chinos a plena luz del día o iluminándose al caer la noche, una disparidad que compendia toda la tensión geopolítica del estrecho.

Recorrer los caminos y los senderos de la isla es encontrarse con vestigios de un conflicto que transformó su geografía y a su gente, pasado y presente se conjugan: bunkers que emergen entre dunas, túneles que serpentean bajo montañas enteras, playas que alguna vez estuvieron minadas y hoy reciben turistas curiosos. Museos, tiendas y recintos militares reciclados en espacios al aire libre inclusive recuerdan cómo Kinmen aprendió a convertir la memoria de sus heridas en un motor para el turismo y la divulgación histórica.

UN TEATRO EN LAS ENTRAÑAS DEL MONTE

Transitar hacia el corazón de la isla es introducirse en zonas fuertemente resguardadas, donde las Fuerzas Armadas de Taiwán mantienen una presencia estratégica que no pasa desapercibida, debido al celo y al rigor de sus controles. Básicamente, Kinmen tiene una importancia militar superlativa para Taiwán y para ese fin se protege. Diversos emplazamientos y recintos de la isla se encuentran en estado operativo, listos para ser activados si la situación lo exige. La geografía –suelo granítico, colinas abruptas y una red de túneles subterráneos– se ha convertido en parte esencial de la defensa. La isla entera está atravesada por pasadizos construidos a lo largo de décadas, un laberinto que sirvió para resistir acometidas desde el continente y que hoy forma parte –aunque de manera parcial– del circuito turístico.

Uno de los sitios más significativos es Qingtian Hall, un túnel militar subterráneo construido en la década de 1960 en las entrañas de la montaña Taiwu. Concebido originalmente como refugio antiaéreo, hoy funciona como un espacio de esparcimiento para las tropas. Su teatro para 570 personas –adornado con distintivos militares y proclamas históricas– simboliza cómo Kinmen reutiliza su pasado militar como parte de su identidad cultural. El aire fresco, las paredes de granito y el eco de los pasos componen una atmósfera singular, un lugar donde se respira historia.

Qingtian Hall, en el corazón de la montaña Taiwu. Para su defensa durante la Guerra Fría, Taiwán empleó la geografía a su favor, construyendo diques y dársenas en la profundidad de la montaña

Así como su pasado reciente la identifica con acciones militares valerosas –que la convirtieron en un punto defensivo casi inexpugnable frente a las ofensivas del ejército de Mao Tse-tung–, hoy Kinmen mira al futuro con optimismo, superando los sesgos ideológicos para apostar por el desarrollo, el turismo, la energía limpia y la preservación de sus tradiciones.

GUARDIANES DE LA ISLA

La historia de la isla en la segunda mitad del siglo XX es tan fascinante como heroica. Se combinan tradición milenaria, la memoria bélica con las creencias ancestrales. Kinmen forjó una identidad donde lo espiritual convive con los vestigios de la guerra, que aún laten en sus calles, aldeas y agrestes paisajes. En este marco surge uno de sus capítulos más atractivos y que está envuelto en un aire de misticismo, típico de las culturas orientales: el de sus guardianes. Y no me refiero al ejército taiwanés, sino al dios León de Viento, los célebres protectores de la isla. Estas figuras, de rasgos imponentes y expresiones feroces, fueron instaladas para resguardar a las comunidades de los vientos monzónicos, pero también para alejar desgracias y preservar la armonía espiritual.

Con el paso del tiempo, los leones de viento dejaron de ser simples estructuras simbólicas de defensa y pasaron a convertirse en amuletos capaces de alejar enfermedades y malos augurios. En total, son 99 custodios, cada uno con su propia historia y su propia leyenda. Algunos se encuentran ocultos en pasajes estrechos; otros se erigen en plazas, templos o colinas desde donde vigilan el horizonte.

Conversando con guías y habitantes de Kinmen, no cabe duda de que estas figuras no son simples esculturas: representan un vínculo con sus ancestros, con las tradiciones espirituales de la región y con el equilibrio que la isla busca mantener entre pasado y presente. Para los visitantes, son uno de los símbolos más icónicos de este pequeño bastión en el estrecho.

La religión está presente en cada rincón urbano de la isla y caminar por las calles es tener un contacto directo con la cultura popular oriental

KAOLIANG, EL SORBO DE LOS AUDACES

En una isla tan rica en historia y simbolismos, también converge una importante herencia gastronómica, donde los platos tradicionales se mezclan con un notable acervo de bebidas alcohólicas. Una auténtica joya en ese universo es, sin dudas, el kaoliang de Kinmen: una bebida que no solo es uno de los productos más reconocibles de la región, sino también uno de los más distintivos de su identidad. Elaborado a partir del sorgo cultivado localmente, no resulta extraño ver parcelas de esta planta incluso en los patios de las viviendas, donde crece alta y resistente durante buena parte del año.

El kaoliang, elaborado mediante la fermentación y destilación del sorgo, puede alcanzar entre 38 % y 63 % de alcohol por volumen. Su sabor intenso, su aroma penetrante y su pureza le han ganado fama en todo Taiwán. Surgió como respuesta a una necesidad militar: proporcionar a las tropas un alcohol fuerte, duradero y fácil de conservar durante los periodos de tensión en la Guerra Fría. Con el tiempo, se transformó en una industria emblemática.

Hoy, el kaoliang es más que una bebida: es parte del orgullo de la isla y un sello diplomático que Taipéi exhibe en eventos internacionales. Turistas de toda Asia visitan Kinmen para probarlo, comprar botellas conmemorativas y conocer el proceso en las destilerías locales. La más reconocida, Kinmen Kaoliang Liquor, combina técnicas tradicionales con tecnologías modernas para producir una bebida que es, a la vez, patrimonio cultural y pilar económico de la isla.

Los museos militares y la licorería que fabrica el kaoliang son otros de los destinos más populares de la islanales

MAESTRO WU: TRANSFORMANDO LA GUERRA EN ARTE

De los cientos de historias que se pueden relatar de Kinmen, una vinculada a la transformación de su pasado bélico es digna de destacar. Una historia que se convirtió en un símbolo de la isla y que exporta al mundo creatividad, resiliencia y tradición.

Este capítulo se inició hace muchos años, con los antepasados de Wu Tseng-dong, tercera generación de la dinastía del Maestro Wu, la familia que se ha convertido en un símbolo viviente de cómo el arte puede transformar la memoria de la guerra en un legado de creatividad y belleza. La materia prima, la base de su trabajo, parte de un material tan extraño e inusual como cargada de historia: el metal de las vainas de los cohetes, utilizados en la guerra de propaganda que cayeron en la isla durante las décadas de tensión con China continental.

Cerca de un millón de misiles fueron lanzados durante la Guerra Fría y hoy esas piezas devienen en arte

Con más de 60 años de edad, Wu aprendió el oficio de fabricar cuchillos con su padre desde muy joven, ayudando regularmente en el negocio familiar tras terminar sus estudios. Desciende de una dinastía de herreros que empezó su propio abuelo en 1937. Con una técnica depurada y un gran respeto por el pasado, Wu Tseng-dong funde y moldea ese metal para crear piezas artesanales únicas, principalmente cuchillos, utensilios de cocina y herramientas que combinan funcionalidad y simbolismo, que además se constituyen en un gran atractivo y una pieza de colección.

En su taller, cada martillazo es una forma de resignificar el conflicto, de convertir restos de guerra en objetos que hoy representan paz, resiliencia y artesanía local. Su fama ha trascendido Kinmen: visitantes de todo el mundo llegan para ver su proceso y adquirir sus creaciones, que se consideran piezas de arte.

Las autoridades de esta isla estiman que durante la Guerra Fría fueron lanzados hasta un millón de proyectiles desde el continente, y cada día a Maestro Wu llegan para vender las vainas halladas.

Etiquetas: #Kinmen#Taiwán

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