- Ricardo Rivas
- Periodista - Enviado especial
Las palabras se las llevó el viento y aquí encontré muchas de ellas esperándome, como si hubieran estado agazapadas para cruzarse en mi camino.
El “mar de nubes” que crece desde el congelado Weddell lo cubre todo. Vigesimosexto día en la Antártida. Por encima de esa masa nubosa el cielo se presenta como una transparencia azulada. La nevada –aunque intermitente– es copiosa. Sin embargo, las pasarelas que unen las instalaciones de la Base Marambio, en el borde de los acantilados de la isla Seymour, están despejadas. Con Daniel Bertagno –colega periodista y amigo– aun así salimos a caminar. Lentamente. Con cuidados para evitar resbalones.
La torre de control del tráfico aéreo está cubierta por las nubes. También desapareció la estación de pasajeros. Y Daniel, que se adelantó (hasta que podía verlo) unos 60 metros, también se invisibilizó. Me detengo. Siento soledad. Me inquieto. Todos mis sentidos están en máxima alerta. Sé que detrás de la bruma está la pista donde aterrizará –cuando pueda hacerlo– el Hércules C130 que nos devolverá al continente. La espera se hace larga. Nada se puede hacer. Es duro verificar y admitir la impotencia frente a la naturaleza. El no poder abruma tanto como poder. La imaginación no imagina tanto.
LA CHANCHA
Una cuarentena de hombres, mujeres, niños y niñas embarcarán en la misma máquina cuando llegue esa gigantesca aeronave a la que llaman la Chancha. Escucho. Me acompaña una “brisa” que sopla y silba a menos de 20 kilómetros en la hora. Permanezco. Hacia donde mire no veo. Una parisina “niebla gris” me envuelve. “Las palabras se las lleva el viento”, decía una y otra vez doña Juanita, nuestra tan amada abuela. Sonrío con el recuerdo de sus palabras.
Si así fuera, el viento debiera estar atiborrado de palabras. Así pensado, Eolo también puede ser portador de memoria y motivador de reflexión. Lo escucho. Decido arriesgarme a encontrar en él a todas aquellas palabras que dije, dijimos o... me dijeron y que ellas me empujen... me exijan... me arrepientan de haberlas dicho o por no haber dicho más. ¡Es verdad, abu! Las palabras se las llevó el viento y aquí, en la Antártida, encontré muchas de ellas esperándome, como si hubieran estado agazapadas para cruzarse en mi camino.
Me emboscaron. O no. Quizás están porque –después de aquí– el viento ya no tenga hacia dónde ir... Un par de siluetas comienzan a corporizarse desde el interior mismo de la niebla. Es Daniel que dialoga con el Gera, jefe del aeropuerto en Marambio. Junto con Paula trabajan para mantener la pista con la menor cantidad de nieve posible. Los termómetros marcan -11 grados centígrados. El viento que parece soplar con más fuerza está puesto desde el sur. La térmica cae. Se clavó cerca de los -20. ¡Joder!
El Gera, así lo apodan, está nevado. Capturo su imagen. Sonríe. “Después mándamela para enviársela a mi hija en Córdoba. Tiene 12 años y la extraño”, agrega. Sabemos que piensa en ella todo el tiempo. Desde que llegamos nos alojamos en un dormi donde es nuestro vecino. Antes de dormir y cada mediodía la llama. Tres mil setecientos kilómetros hay entre papi, en la antártica Marambio, y la niña, en la provincia argentina de Córdoba.
VOLUNTAD DE TRABAJO
“Después hablamos”, promete antes de desaparecer nuevamente en la niebla para guiar a Paula, que opera una enorme máquina vial para mantener la pista despejada. Lo seguimos. Enmudecemos. Desde la cabina la joven nos saluda sonriente. Sus ojos transmiten voluntad de trabajo, coraje, convicción y compromiso. Regresamos. Ingresamos en la base. Se empañan mis anteojos. Debo quitármelos. Fede (Smith), el médico, con el mate ensillado y el termo nos saluda.
“Esto recién empieza...”, dice. Lo acompaño hasta el consultorio. Nos cruzamos con Gustavo (Crivaro) –siempre sonriente– a cargo del mantenimiento. Inquietísimo. Está en todo y un poco más. “Es la décima misión que tengo en la Antártida”, dice mientras extiende su mano para saludarnos una vez más. Fanático del rugby y de los Pumas, también procura poner todo a punto para que ese equipo de bandera –“si Dios quiere y la ventanita climática se abre”– pueda enfrentarse aquí contra un equipo de la base.
“Vendrán la semana que viene. Traerán todo. Las camisetas que tendrán un escudo de la Antártida, lo que comerán, las guindas (como se suele llamar a las pelotas ovaladas)”. Ilusión, deseo, fantasía. Y más trabajo. “Hay que hacer agua y preparar lo que el rompehielos (Almirante Irizar) tendrá que llevar de regreso al continente”, dice.
Juan (Gómez, vicecomodoro), el jefe de la base, convida con café en su oficina. Casco azul veterano de Naciones Unidas siempre deja volar sus recuerdos que van desde el tórrido desierto en África –“en el Sahara”– hasta otros escenarios más complejos. Los pronosticadores reportan que, hasta el domingo venidero, por lo menos, estiman que “NO HAY (sic)” posibilidad para una operación aérea.
PREVISIÓN
Resaltan en rojo sangre la previsión. Más espera. “Siempre es posible un cambio inesperado en el clima”, dice alguien. Buen intento, aunque infructuoso para inducir al optimismo social. Un árbol de Navidad fue armado en las últimas horas. Tradiciones. Pese a ello, imaginar que es posible que todavía estemos aquí en la Nochebuena estremece. Pibes y pibas –de entre cuatro y 19 años– esperaban ver “el arbolito” con sus luces. Algunos adultos, también. Pero no en todas las personas el “arbolito” tiene los mismos efectos.
No. Algunas y algunos, que una semana atrás imaginaban la inminencia de los reencuentros, las caricias, los abrazos, decaen. También nosotros. Llegamos el 15-N para pernoctar aquí y regresar el día siguiente. ¿Estaremos para la Navidad con la familia? ¿Con quién recibiremos 2026?… ¿dónde…?
Fátima (Sarabia) es la gran cocinera de la Base Marambio. “La reina del guiso”, muy respetuosamente me gusta llamarla cada mañana cuando voy hasta la cocina para saludarla antes de desayunar. Fana del Diego. ¡Maradoooooo… Maradooooo… Maradoooo…! Sabe que soy de River y, siempre que puede, me gasta, pero remata con un abrazo. Enorme deportista que cada amanecer entrena duro en el gym. Aquí cuentan que alguna vez fue campeona de fútbol y de boxeo. Hablo de ella con el jefe Juan.
Recuerda que en su despacho hay una pelota autografiada por Maradona. “Con todo mi cariño”, escribió antes de su firma. Fátima, junto con el vicecomodoro y Daniel, comparten “una fotaza”, dice. Besa esa reliquia. ¡¡¡Maradooooo… Maradoooooo…!!! Descubro que aquí también hay una oficina del Correo Argentino.
EL CORREO
Sebastián, a cargo de la ayudantía de la jefatura, pega en postales y sobres las estampillas y las despacha después que el jefe firma los envíos. ¿Cuánto tardan en llegar?, pregunto. “Aproximadamente, un año y siete meses”, responde. Quienes compartimos ese momento tan inusual en tiempos de correos electrónicos y mensajerías de todo tipo con nuestros dispositivos nos miramos sorprendidos.
“Qué podría pasar en el ánimo de las o los destinatarios, doctor, si el correo llegara después que el remitente que lo envió falleció?”, preguntó alguien consternado al médico de la base. No escuché la respuesta. El maestro Pablo cumple años. Él y Lis, su esposa, son docentes en la escuela provincial N.º 38 Presidente Raúl Ricardo Alfonsín. La única en el Continente Blanco.
Sus alumnos y alumnas –claramente felices– me lo cuentan cuando entro al comedor en la hora de la merienda. Cánticos y aplausos. En los primeros minutos del no amanecer siguiente –el martes 9– Juan y Gustavo sorprenden a las mujeres que trabajan aquí con un desayuno frente a los ventanales que muestran el mar de Weddell cubierto de hielo y con témpanos gigantes.
“Les deseamos a todas un feliz Día de la Mujer Aeronáutica”, dice el jefe. Las homenajeadas agradecen. Me comprometí para enviarles las fotos que enriquecen esta historia. Lo hago. Pronto llegará el rompehielos. Traerá todo lo que se consumirá aquí en 2026. El 17-D tal vez –si la ventana meteorológica se abre– el Hércules C130 aterrizará en Marambio. Así se vive aquí. Y, aunque ustedes no lo sepan o no lo crean, no son pocas ni pocos los que –cuando terminan sus invernadas– quieren regresar

