El conteo es contundente. En el momento de comenzar a escribir, son 19 los días (y ninguna noche) que han pasado desde que llegamos a la Antártida. La ventana meteorológica continúa cerrada. Habrá que esperar para volver.

  • Por Ricardo Rivas
  • Periodista – Enviado especial

Con el profe Daniel Bertagno –perio­dista y amigo–, pen­sábamos estar aquí poco menos de 48 horas. Encon­trarnos con Luisina y Melina –estudiantes regulares de la licenciatura de Periodismo Deportivo a distancia del Ins­tituto Universitario River Plate (IURP)–, ofrecer una clase sincrónica (nos dicen que nunca se había hecho algo así desde aquí en el segmento de la educación superior) y presentar el libro “Apuntes de un periodista para estu­diantes de periodismo”.

Lo hicimos. Pero… “la vida te da sorpresas”, canta Rubén Blades (77), desde su Panamá natal, para que lo sepa la tan maltratada aldea global. Y –en esa línea de pensamiento– aún no tenemos fecha cierta de retorno al continente, aunque todo está listo para que lo hagamos junto con otras muchas personas que, cuando el Hércules C130 nos deposite en el aeropuerto de Río Grande, provincia argen­tina de Tierra del Fuego, unos 3.980 kilómetros al sur de mi querida Asunción, comenza­rán a finalizar con “la inver­nada”, como llaman aquí al período de trabajo que desa­rrollan en el Continente Blanco.

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Pero, claro, para que suceda primero deberá abrirse “la ventana meteorológica” que permita que el hijo de Zeus que nos habrá de transportar vuele con seguridad hasta el aeropuerto civil argentino de Marambio, descienda serena­mente sobre su pista princi­pal de unos 1.200 metros de largo por 35 de ancho y vuelva a ganar altura para llevarnos de regreso... Pero, para que eso ocurra, falta. ¿Cuánto? Simplemente, falta.

Desde hace un par de días, la nieve no cesa y se acumula –irremediablemente– sobre las pasarelas que vinculan los edificios que constitu­yen el complejo edilicio de la Base Aérea Militar Conjunta Vicecomodoro Marambio, en las ondulaciones del terreno y en todo recoveco posible.

Así es la vida aquí. En la isla Seymour. Frío y silencio pro­fundo.

DESPEJE

Desde muy lejos, con bino­culares –abrigados por el sistema de calefacción regu­lado en 18 grados– vemos al “responsable de mante­ner la pista” (un tipo joven, flaco, inquietísimo, siempre con buen humor y risa conta­giosa) trabajar intensamente para sacar la nieve acumu­lada. Media docena de hom­bres lo acompañan con picos, palas y una máquina enorme.

“Señor, las cabeceras 05 y la 23 están totalmente opera­bles”, reporta. Lo escucha­mos en un transceptor que nos sorprende con su volu­men en el máximo nivel. Aprendimos, cuando aterri­zamos al llegar, que “la 05” está justo sobre el mar del Weddell, totalmente conge­lado y cubierto por enormes témpanos que derivan con movimientos imperceptibles para la vista humana.

Silencio abrumador. Una pantalla nos informa que la temperatura está clavada en menos 2 grados. La sensación térmica, menos 7,5. Una brisa que corre a 9 kilómetros por hora sopla desde el nordeste. La visibilidad es “muy baja”. Apenas 100 metros. Alrede­dor nuestro, algunos niños juegan al ping pong. Otros, al metegol. En torno de una mesa de billar, tres personas bromean.

Inesperadamente, hacen silencio. Claramente escu­chamos cuando el taco pega sobre una bola blanca que lentamente choca contra una roja. Rebota en una de las bandas y finamente roza a otra que se introduce en la tronera. Tensiones billaris­tas. Pero el juego todavía no termina. Dos mujeres tienen sus ojos clavados en la pan­talla en la que se exhiben los datos meteorológicos.

VOLVER A CASA

Percibo angustia o ansie­dad en ellas. Alguien me dice que “es la esposa de (…) de la Base Esperanza”. Vuelven al continente des­pués de la invernada. Unas pocas horas atrás –desde lejos– vimos cuando baja­ron de los helicópteros que los trajeron desde ese asen­tamiento. Viajaron unos 80 kilómetros para llegar hasta donde estamos. Sabemos que la y los helicopteristas –los “skuas”, como los llaman a esos oficiales de la Fuerza Aérea, integrantes del com­ponente aéreo de esta dota­ción conjunta– volaron ocho horas para “replegar” a las familias con sus equipajes.

Sabían que disponían de poco tiempo para comple­tar la operación. Lo indica­ban los pronósticos meteo­rológicos. Se esforzaron al máximo. Saben de qué se trata esperar la hora para volver a casa. Los traslada­dos hace un año vinieron en familia y están prestos para regresar en familia. Con sus hijos e hijas.

Choza de los Suecos, que fue construida en 1903 por los náufragos del barco Antartic que –desde Suecia– trajo hasta el lugar a la expedición antártica sueca que dirigió el científico Otto Nordenskjold

“A…, ¿cómo estás?”, dice a voz en cuello V., una profesora de educación física que llegó días atrás desde el mismo lugar. A corre, la abraza con fuerza. La profe lagrimea. El pibe no la suelta. A varios metros, un chiquitín de cuatro años irrumpe en la escena. Es –claramente– el más pequeño entre todos. Inquieto, lúcido, gracioso, charlatán.

“Me encanta la Base Maram­bio”, me dice cuando le pre­gunto cómo está. “Hola, señor”, me saluda uno de los que juega al ping pong. Me abraza. Son pibes y pibas muy sociables. Encantado­res. “Ya arreglé todo con mi hermano para llegar a la casa de mi vieja de sorpresa”, escu­cho que una mujer joven le confidencia a Daniel mien­tras comparten una taza de café caliente.

Técnicamente todo está listo para regresar al continente. Solo es preciso que la “ventana meteorológica” se abra. El frío es intenso. Hasta las sogas se congelan. En el congelado mar de Weddell gigantescos témpanos derivan lentamente

CLIMA SOCIAL

“Pero si el vuelo se atrasa… no la podré sorprender porque mi hermano tiene que laburar”, piensa en voz alta. Ansie­dad, angustia, deseos de lle­gar. Comprendemos. El clima social en Marambio cambió rotundamente. La chiqui­llada le suma bochinche. Es bueno. Reinas y reyes de la cocina apuran la cena. Desde ahora, cocinarán para poco más de un centenar. En los durísimos días de tormenta extrema pude comprender la importancia que tiene comer rico. Las horas parecen muy largas cuando no se puede salir porque el viento supera los 100 kilómetros en la hora y la térmica se acerca a menos 40 grados.

Los bizcochitos, libritos, rosquitas, tortas, budines y panes que prepara Motor­cito –así lo apodan sus com­pañeros con afecto– serán inolvidables cuando algún día dejemos atrás “nues­tra inesperada experien­cia de vida antártica”, como acertadamente dice Daniel. Desde los enormes ventana­les panorámicos cercanos al comedor –en el lugar que aquí desde muchos años lla­man “el pub”– miramos nue­vamente el mar de Weddell.

Lo que vemos impresiona. Más exactamente, avasa­lla. “En el verano, media­dos de enero de cada año, una manada de ballenas y orcas se suelen instalar allí”, nos apunta alguien que per­cibe nuestro asombro. Sin embargo, por estos días focas, ballenas, orcas, cachalotes y pingüinos que habitan este ecosistema para alimentarse y aparearse no están cerca aún. Tampoco lejos, por cierto.

La pingüinera de Marambio. Está prohibido acercarse. “Es necesario prevenir la gripe aviar”, sostienen las recomendaciones científicas. Cerca de 60 mil ejemplares de los Adelia conviven en este ecosistema

LA PINGÜINERA

De hecho –si nos permitie­ran hacerlo– caminaríamos sobre la nieve fresca poco más de tres kilómetros hasta “la pingüinera” para ver a los llamados de Adelia, en honor de Adela, la esposa del explo­rador francés Dumont D’Ur­ville que en 1830 descubrió esa especie. Pero “los cientí­ficos” no dejan que se acerque nadie. No se puede ir hasta allí. Está prohibido para pre­venir y evitar eventuales bro­tes de gripe aviar.

“No hay otra forma efectiva para impedir que esa enfer­medad infecciosa vírica que ataca a las aves infecte a las especies autóctonas”, es la voz que insistentemente circula –como explicación– en estos lejanísimos parajes. Intentar saber más es impo­sible. “No estamos autoriza­dos para hablar sobre nuestro trabajo”, responden incansa­bles las y los científicos que silenciosamente trabajan en la Antártida.

Los motores de búsqueda en la internet y la IA (inte­ligencia artificial) ayu­dan para saber qué hacen. Aunque, como ellos y ellas nos dicen en reserva, “esos datos no siempre están total­mente verificados”. En las dos sobremesas que desde el pasado miércoles tuvi­mos con quienes recién lle­garon desde Esperanza nos enteramos de que allí residen los pingüinos emperador que casi duplican en altura a los anteriores. “Y no están tan lejos”, agrega alguien a modo de comparación.

“Esperanza está a nivel del mar y eso permite que todos los bichos salgan del agua y se muevan cerca de nues­tras casas. ¡El paisaje es muy diferente!”, agregan varias voces al unísono. Tal vez sea así. Marambio está sobre una meseta que –en algunos lugares– cae abruptamente unos 250 metros en un acan­tilado panorámico. La ven­tana meteorológica continúa cerrada. Habrá que esperar para volver.

Con Daniel caminamos sobre una extensa pasarela. El frío sacude. Los copos de nieve se posan sobre nosotros. “Uste­des ya son antárticos”, nos dice al pasar un militar que, con la que está cerca de fina­lizar, tiene en su legajo 12 per­manencias en la Antártida. Nos detenemos para agrade­cerle. Nos regaló un mérito que nunca imaginamos.

Etiquetas: #Antártida

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