Desde la situación especial de avanzar sobre el río Paraguay con el paisaje del banco San Miguel y la bahía de Asunción, de un lado, y la ciudad capital desplegada en frente, las chicas, cuando la ocasión amerita, detienen los remos y toman fotos de las aves. De ese registro particular y su llamado a la protección de esta biodiversidad tan rica y especial se trata esta nota.

“Remar cerca de las aves real­mente es una sensación indescriptible”, comenta Araceli Lafuente, una de las remeras del Club Mbigua que cada vez que sale al río, trae además de la expe­riencia propia de su deporte, alguna imagen guardada de las aves que circundan la bahía de Asunción y el banco San Miguel.

“Muchas de esas aves, por ejemplo, no se ven en la ciu­dad, en el entorno, en el barrio, entonces solamente vas a ver ahí. Cuando rema­mos ellas de repente están cazando o están sobrevo­lando encima nuestro o hay momentos que se juntan todas en un árbol o mismo en el río ¡Es fantástico ver a los mbiguas!”, cuenta.

Diversas especies de aves se pueden avistar en las orillas de la bahía de Asunción

Su compañera, Gabriela Páez, comparte que “es una sensación increíble, de calma y asombro constante porque te adentrás en su mundo viendo cómo se comportan, cómo se alimentan, estás remando prácticamente al lado de ellas y cuando te vas acercando, se despliegan, salen volando y de verdad es un espectáculo memorable, esto y la tranquilidad hacen que te desconectes de todo porque prácticamente estás todavía en la ciudad, pero una vez que te adentrás a la bahía es otro mundo donde te conectas con la naturaleza de una manera muy directa”, relata.

Para Claudia Netto “se siente que somos seres privilegia­dos porque hay horarios, a la tardecita cuando tipo 6 o 6 y media, que es la hora en que los mbiguas empren­den vuelo río abajo y noso­tros estamos remando y nos cruzan por encima, por los costados, por todos lados y es increíble. Y pasamos esta experiencia en esta tempo­rada todos los días práctica­mente y todos los días para­mos a mirar y a decirnos qué increíble poder disfrutarlo”.

Las remeras vienen regis­trando las imágenes que ilus­tran estas páginas desde hace unos años. Netto trata de cal­cular: “No sé, yo estoy en el club hace más de 10 años, pero antes no había tanta facilidad con el teléfono, entonces yo te diría que hace 5 años más o menos que lo vengo haciendo”.

Páez cuenta que fotografía “prácticamente desde el día 1 en el que empecé a visitar el Club Mbigua para remar. Me sorprendió ver tantas espe­cies que no conocía y que se encuentren tan cerca, más bien pensé en este registro para compartir y dar a cono­cer porque sé que muchos no conocen la importancia de la reserva y la bahía y sus riquezas o aún no la visita­ron”, cuenta.

Las atletas hablan de lo fascinante de descubrir la magia de las aves en sus recorridos

AMENAZAS Y CONCIENCIA

El banco San Miguel es una reserva ecológica que requiere atención y protec­ción sobre todo por el avance de las urbanizaciones en el lado chaqueño del río Para­guay, que viene creciendo desde la habilitación del puente Héroes del Chaco que aceleró el proceso de integra­ción de la zona con Asunción.

Para Lafuente, entre las ame­nazas que esto conlleva “las más importantes podrían ser la contaminación del hábitat, la depredación. Como sabrás, ahí en el banco San Miguel también funcionan astille­ros. Hay mucha contamina­ción, mucha polución sonora, la invasión de las lanchas con motores, por ejemplo. Creo que todo eso amenaza a las aves”, relata.

Páez entiende que también suman “la falta de informa­ción, de controles, la conta­minación, que contribuyen a la pérdida de hábitat para que las aves puedan sobrevivir”.

Este cuadro de situación les inspira a pedir que estas imá­genes sirvan como alerta para la población. Dice Lafuente: “Creo que la única forma es concientizar a la gente, es insistir en que hay que respe­tar sobre todo la reserva eco­lógica, el ambiente, ser cons­cientes que muchas cosas no podemos hacer ahí”.

Espectaculares vistas pueden captar las atletas en sus salidas de práctica en la bahía

OBSERVACIÓN

Netto entiende que se podrían hacer “jornadas de observación de aves para que la gente conozca y sepa que nosotros estamos asentados en una reserva, se pueden poner carteles informativos para los que van a caminar o correr al Ñu Guasu o a la Cos­tanera puedan informarse y saber qué especies hay, qué importancia tienen y que la cartelería sea clara en torno a qué se puede hacer y qué no en zonas de reserva”.

Páez comparte la idea de “realizar actividades de sensibilización ambiental y prevención, esta reserva y la Bahía son unos de los pulmones naturales más importantes de la capital. Regularmente, se realizan actividades como el avistaje de aves (birdwatching) que es una excelente manera de mostrar, generar aprecio y conciencia por esta área, y creo que serían importante también las mingas ambien­tales para mantener limpia el área de la bahía”, apunta.

El equipo de remo del Mbigua se dedica también a hacer registros fotográficos de la fauna

Netto recuerda que la bahía y el banco San Miguel son esen­ciales para la ciudad. “Asun­ción se asentó sobre el río y la gente no conoce plenamente toda esta riqueza. Recuerdo una caminata que hicimos una vez con un biólogo que te hablaba de la flora autóc­tona de la Costanera, de lo que se debería poner y plan­tar ahí y cuál es su impacto y cuál es la importancia del lugar. Entiendo que charlas de concientización, jorna­das de avistamiento y todo lo que se pueda hacer para que la gente sepa lo que tenemos y dónde estamos será bien­venido porque es demasiado valioso y la gente no sabe”, concluye.

La práctica de los deportes acuáticos lleva el compromiso del respeto a la naturaleza

“UNA ESCUELA VIVA”

“El banco San Miguel es una escuela viva: allí se pueden estudiar migraciones, cambios estacionales, comportamiento y ecología de decenas de especies de interés para la conservación”, apunta la bióloga e investigadora Fátima Ortiz.

“Es también un refugio climático: los humedales regulan temperaturas, absorben agua durante crecidas y reducen impac­tos de inundaciones, así que invertir en su conservación es invertir en salud pública, educación y resiliencia urbana”.

Lo dice explicando que “el sitio tiene un enorme potencial para convertirse en un símbolo de ciudad verde, un orgullo para Asunción, si se gestiona de manera participativa y basada en ciencia”.

Explica que es bueno recordar que “la biodiversidad del banco San Miguel cumple funciones ecológicas esenciales: con­trol de insectos, dispersión de semillas, limpieza y reciclaje de nutrientes, y mantenimiento del equilibrio natural de los humedales”.

La presencia de tantas especies de aves “son bioindicadores que reflejan la salud del ecosistema. En ciudades, esta bio­diversidad también brinda beneficios directos a la sociedad, como bienestar, espacios de recreación, oportunidades de educación ambiental y un paisaje natural que mejora la calidad de vida. Conservar un sitio así significa proteger no solo a las aves, sino también la identidad natural de Asunción y un ecosistema que nos sostiene diariamente”, considera.

OASIS DE BIODIVERSIDAD

La bióloga Fátima Ortiz recuerda que “pocos lugares dentro de una capital latinoamericana conservan tanta riqueza biológica en un solo espacio” y define al banco San Miguel como “un mosaico único de humedales, pasti­zales y parches de bosques ribereños dentro de la misma ciudad de Asunción. Su ubicación estratégica –en la con­fluencia del río Paraguay y varios cauces internos– crea un gradiente de ambientes que ofrece alimento, refugio y sitios de nidificación para una enorme diversidad de aves, tanto residentes como migratorias”.

Los registros hablan de casi 300 especies de aves por lo que el espacio se transforma en “un oasis de biodiversidad en medio de la urbanización: un sitio donde especies típi­cas de humedales, aves playeras, rapaces, paseriformes y aves migratorias convergen a lo largo del año”.

A la hora de analizar las amenazas que sufren las aves, Ortiz explica que las principales son la “pérdida y degra­dación del hábitat por urbanización, rellenos, expansión de infraestructuras y cambios en el uso de la tierra. Con­taminación del agua y del suelo, especialmente en hume­dales urbanos. Perturbación humana constante, como tránsito vehicular, actividades recreativas no reguladas y presencia de perros y gatos. Incendios y quemas, que destruyen nidos, reducen la disponibilidad de alimento y alteran todo el ecosistema. Cambio climático, que modi­fica patrones de migración, disponibilidad de agua y ciclos reproductivos. En algunos casos caza y captura ilegal, aunque menos frecuente en áreas urbanas”.

A la hora de sugerir qué se puede hacer para crear con­ciencia sobre la fragilidad de su situación, la bióloga entiende que la educación y divulgación son principales: “talleres, charlas, visitas guiadas de observación de aves, materiales educativos” aparecen como necesarios. La señalización y cartelería que expliquen el valor ecológico del sitio y las especies presentes se agregan a lo impor­tante así como “la promoción del birdwatching como acti­vidad cultural, recreativa y turística”.

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