La Antártida, de alguna manera y por alguna razón, también es el continente de la reflexión aupada en el silencio. Tal vez, así lo perciba porque estos son –en estas tierras tan lejanas– tiempos de recambios y relevos.

  • Por Ricardo Rivas
  • Periodista – Enviado especial

Reitero que en esta “historia incierta” no hubo, no hay, ni habrá caras, nombres ni apelli­dos. Como la del domingo que pasó y las de los que vendrán desde la Antártida fueron, son y serán “sensacionales”. Por­que –seguramente– causarán “sensación o sorpresa” que –según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Espa­ñola (RAE)– es lo que a mí me pasa cuando las conozco aquí, tan lejos de casa.

Y, desde esa perspectiva, creo tener claro que muy poco importan los nombres, los ape­llidos... o las caras. Son sensa­ciones. De allí que la impres­cindible “pirámide invertida” que técnicamente exige el oficio periodístico solo apor­tará respuestas a qué, cómo, cuándo y dónde. No repor­taré sobre quién. Espero sepan comprender. Alguien com­parte un vídeo.

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Las imágenes muestran a una niña que corre y se ahoga en llanto. Se trepa a un militar vestido con ropas camufla­das. “¡Papi... Dios mío! ¿Qué haces acá...?”. Solloza. Vuelve a correr hacia ninguna parte en lo que parece ser el patio de su casa. Grita. Vuelve a treparse en su longilíneo papi. El dueño del celu lo guarda en un bol­sillo. Lo que muestra el vídeo pasó en algún momento unos 2.500 kilómetros al noroeste de aquí. Trescientos veintidós días habían pasado desde que la abrazara y besara para des­pedirse.

Volvió por sorpresa. Múltiples conversaciones desordenadas cruzan hacia un lado y hacia otro en el comedor de la Base Aérea Militar Conjunta Vice­comodoro Marambio. Miro, escucho, percibo. Con el que­rido Daniel Bertagno, colega periodista y amigo desde tres décadas, estamos en silencio. Es sábado en la noche. Nos autorizan –a todas y todos– una latita de cerveza. Para acompañar pizza y empana­das.

“Muchos me preguntan... ¿es duro estar alejado de tu hija, de la familia?”. Y... la verdad pienso que es más duro para ella... porque la decisión de venir (a la Antártida) es mía y las consecuencias de mi deci­sión las sufre ella”, responde un veterano de tres invernadas a un recién llegado. Lo escuchan. Nada dicen. Nos retiramos callados. Mucho para pensar. Imposible no hacerlo.

La memoria y el eterno respeto a los pioneros de Marambio que aceptaron los desafíos de explorar y ocupar un territorio en el que se encuentra el 80 % del agua potable del planeta con el objetivo de “cuidar la casa común”, desde casi siete décadas

DIURNIDAD EXTREMA

“Red past my bed time”, leo en el buzo de una veterana que cruzamos camino hacia el dormitorio. ¿Cuál será aquí la hora de dormir? No lo sé. La diurnidad extrema hace que cada noche insomne descu­bramos que es… “como de día”. Dice Daniel: “La Antártida te afecta”. Descubrió que mien­tras escribo hablo (él cree que solo) en alta voz. No le comenté que me corrijo a voz en cuello cuando leo que escribí algo que no me gusta.

Vaya a saber uno el porqué, pero en el ruidoso silencio antártico vino una vez más a mí don Federico para asistirme en una exasperante carencia de respuestas que trato de buscar y... rebuscar. El reloj –ese que llevo conmigo no para saber la hora, sino para tener claro cuántos pasos doy en cada uno de mis días– me informa que, en esta región, como en el lejano Bajo Belgrano, mi pue­blo natal en Buenos Aires o en mi querida Asunción, 45 minu­tos pasaron de la primera hora de este nuevo día.

Sin embargo, aquí rodeado de nieves y hielos la noche no es como la conozco. La noctur­nidad no se consolida. El sol no abandona completamente el firmamento. La imaginación vuela. Mis ojos van en busca de un cielo que no se compa­dece con lo que conocí y/o creo conocer. Imagino que la luna ha perdido la batalla. La noche es nonata. El nirvana solo es memoria.

Recuerdos. “Me gusta tanto la palabra recuerdo!”, dice el “VIEJO (sic)” en una “Leyenda del tiempo”, que compuso Gar­cía Lorca dramaturgo. “Es una palabra verde, jugosa. Mana sin cesar hilitos de agua fría”, continúa. Dialoga con un “JOVEN (sic)”. El parlamento teatral se extiende. Sonrío. “(...) Hay que recordar, pero recordar antes (porque) hay que recordar hacia mañana”.

Sopla el viento. El celu –que hasta poco tiempo atrás era solo un teléfono– reporta que la temperatura que se siente es de unos 12 grados por debajo del cero. Brillante y soleada noche fría. En esta época del año, así es la Antár­tida. Curiosa palabra que los geógrafos griegos inventaron cuando comenzaron a estu­diar la Tierra.

LA CONSTELACIÓN DEL OSO

Se estima que corría el siglo V adNE. Observadores y crea­tivos, al Polo Norte –ubicado por debajo de la constelación Osa Menor– lo llamaron, justa­mente, “arktos”, que se puede traducir como “oso”. Con sim­pleza, al Polo Sur comenzaron a llamarlo “antiártico”. Más tarde, antártico.

¿Habrán recordado hacia mañana? Es la hora 2:30. La claridad se mantiene y avanza. Sin embargo, es pálida. Desde media hora antes, amanece sin que haya anochecido. Sé que en Buenos Aires y en Asunción es noche cerrada. Husos horarios y redondeces terráqueas. Terraplanistas, abstenerse. Busco abrigo y algún rincón donde el viento no me alcance junto al edificio principal de la Base Marambio. No es fácil.

Las que fueron durante la tormenta extrema de algunas horas atrás enormes acumu­laciones de nieve tornaron en macizas pirámides de hielo. Caminamos hasta la torre de control. Ese kilómetro y medio es agotador. La vieja escalera de hierros y alambres se hace difí­cil. Es necesario pisar con cui­dado para evitar resbalones. El tercer nivel se hace pesado. La “torrera” nos autoriza a pasar. Ofrece un mate caliente. Hos­pitalidad antártica.

Lo tomo lentamente para mantenerlo más tiempo entre mis manos doloridas por el frío. También aquí el silen­cio invade. Una comunica­ción en inglés suena potente. “Es un helicóptero... vuela con turistas que viajan en un cru­cero inglés. Tienen la obliga­ción de reportarse. Dentro de unos minutos habrá ejercicios de entrenamiento de los res­catistas”.

Daniel captura imágenes desde afuera. El día casi impo­sible de diferenciar de “la noche” que pasó se presenta brillante. Salgo. Camino en torno de las superficies vidria­das. El viento, ruidoso soplido, desde el noroeste corre a 25 kilómetros en la hora. Capturo una imagen panorámica con el celu. Vuelvo a pensar en el tiempo que, como lo aprendí de Einstein (Albert), “no es abso­luto, sino que es relativo”.

ILUSIÓN

El sabio sostuvo también que –palabra más, palabra menos– la distinción entre pasado, pre­sente y futuro es una ilusión persistentemente obstinada... aunque muy real y compartida. De cara al sol que castiga duro a la poca piel que exponemos a sus rayos, sonrío. Recuerdo que hay quienes dicen que don Albert dijo, a modo de ejem­plo: “Ponga su mano en una estufa caliente por un minuto y le parecerá una hora. Sién­tese con una muchacha bonita por una hora y le parecerá un minuto. ¡Eso es relatividad!”.

Capo, capísimo, aunque suene machirulo. Tiempo de histo­rias para nada es la histo­ria del tiempo. “El silencio te taladra la cabeza”, se escucha por aquí. “También la ansie­dad cuando llega el momento de volver a casa”, confiesan aquellas y aquellos con quie­nes más empatizo. Silencio, tiempo, historias...

Jorge Lanata (1960-2024) –colega periodista, amigo y maestro del que siempre aprendí en este oficio– insis­tió en explicar que la historia es lo que el poder del presente quiere que se sepa y construya con el pasado. Sospecho que el no-poder hace lo mismo. Lo que somos. Lo que fuimos. Lo que todavía deseamos ser. Lo que imaginamos que fuimos.

Enrique S., un querido colega que hace ya largo tiempo partió inesperadamente para todos y todas, con frecuencia ase­guraba tener tanta memoria que incluso recordaba “lo que nunca había ocurrido. Con el paso del tiempo entenderás”, remataba. Nunca imaginé, sin embargo, que aquí lo habría de comprender.

Diego Maradona Jr. (39), cuando recuerda a su padre, también habla del tiempo: “Me invitó a cenar y esa noche deci­dimos no hablar del pasado. A partir de ahí nuestra relación cambió: aprendimos a dis­frutar el presente y a soñar el futuro. No fue fácil, pero por fin pudimos ser padre e hijo”. Lo leí antes de dejar atrás el continente.

CONTINENTE DE LA REFLEXIÓN

Reingreso a la torre. Nueva­mente el mate caliente. ¡Las tortas fritas de Marambio son para coleccionar! Antártida, de alguna manera y por alguna razón, también es el conti­nente de la reflexión aupada en el silencio. Tal vez, así lo per­ciba porque estos son –en estas tierras tan lejanas– tiempos de recambios y relevos.

Meteorólogos y meteorólogas son blancos preferentes para las consultas. Las y los “skuas” (mujeres y hombres integrados aquí en el componente aéreo) también lo son. Las respuestas de unos y otros se complemen­tan. Aunque sabemos que lo que responden no es suficiente –como respuesta– para tener certeza sobre el regreso del Hércules que esperamos para llevarnos de regreso. No.

“Tal vez sea el 8 o, quizás, el 14 de diciembre”, nos confiden­cian. Inseguridades. Porque también es necesario que se “abra la ventana meteoroló­gica” que permita ejecutar un vuelo seguro desde Río Grande hasta el aeródromo de Maram­bio, aterrizar en él, mantener los motores en marcha, deco­lar y volver. Mis ojos piden más.

Con binoculares procuro saciarlos. El sol ganó espacio en el firmamento. Siete cru­ces llaman mi atención. La curiosidad deberá acostum­brarse a esperar. Dos helicóp­teros Bell irrumpen muy por debajo del punto más alto de la torre. Ganan altura. Lejos viran. Vuelan hacia la pista de Marambio.

Se abre una de sus puertas. Sentados con las piernas hacia afuera dos rescatistas –con uno de ellos a mi lado cené la noche anterior– se aprestan. No sé qué harán. La máquina permanece en vuelo suspen­dido. Sé que lo comanda una mujer muy joven. Uno de ellos comienza el descenso. Llega a tierra. Se estabiliza.

La primera tarea después de la tormenta severa que se abatió sobre Marambio. Ejercitar para eventuales operaciones de rescate y salvamento. Los helicópteros y sus tripulaciones –mujeres y hombres– retoman las actividades después de tres días de tormentas severas

CONEXIÓN

Con sus brazos habilita al que espera para que lo siga. Ambos con sus ropas color naranja son blancos fáciles para la cámara del celu. En el almuerzo les contamos que tenemos esas imágenes. Antes de una bre­vísima siesta (nuestra) las compartimos. Hasta pasadas las 17 las ejercitaciones conti­núan. Con Daniel tenemos que conectarnos con quienes estu­dian en el Instituto Universita­rio River Plate (IURP).

Dictaremos la que nos dicen es “la primera clase de educa­ción superior que se hace en la historia desde la Antártida”. Dos estudiantes antárticas de la licenciatura en Periodismo Deportivo totalmente a dis­tancia –Luisina Manucci, en la Base Científica Carlini; y, Melina Rodríguez, en la Base Esperanza– ingresan en el aula virtual.

Marcelo Hernández (el rector), Virginia Monasterio (la direc­tora), Sandra Filomeno, Javier di Salvo, entre otros compa­ñeros y compañeras docen­tes, también están allí. En el Zoom. Hamilton Almeida, un querido amigo colega perio­dista, desde San Pablo, Brasil, se suma. Emocionante.

DÍA TRISTÍSIMO

Presentamos un libro. “Apun­tes de un periodista para estu­diantes de periodismo”. Estre­mecemos. Pero... la curiosidad vuelve a la carga. Pienso en las siete cruces que vimos desde la torre de control aéreo. No nos resulta fácil preguntar. Algún veterano antártico lo percibe. Nada dice. “Era el 5 de diciembre de 1976. Fue un día tristísimo. Tal vez, el más triste de nuestras vidas para muchos de nosotros”, relata con la vista clavada en la mesa. Es momento de escu­char y callar, decidimos. “Los dos (helicópteros) Bell... el H16 y el H11 volaban todo el tiempo entre la pista y el buque ARA Cándido de Lasala, que traía combustibles, víveres, medici­nas, bebidas para la invernada. Todo sin novedad hasta el acci­dente. La carga que transpor­taba el H16 –mil litros de GOA (un gasoil especial que no se congela)– colgada (en suspen­sión) de la grúa (chinguillo, en la jerga aeronáutica), golpeó contra una piedra, lo desesta­bilizó y cayó”.

Los tres tripulantes fallecie­ron. Los archivos periodísti­cos de la época consignan que allí quedaron el teniente José Luis Venesia junto con los sub­oficiales Ramón Chávez y Jorge Oviedo. “Un cambio repentino en la meteorología, alteró todo aquel día”, acotó otro tertu­liano en la sobremesa.

“Era la hora 22:37 cuando se produjo la explosión de la carga que incendió al helicóptero”, añadió. Profundo silencio. Sabemos que los cuerpos fue­ron rescatados. Por la nieve, el frío y la ventisca el rescate demandó un enorme esfuerzo. Con Daniel caminamos cabiz­bajos. Abandonamos el enorme recinto. Alguien aquí (insisto en que estas historias no con­tienen los nombres ni los ape­llidos de quienes con nosotros comparten algunas alegrías y tristezas) al vernos pasar nos detiene brevemente para con­tarnos que “la esposa de uno de aquellos compañeros caí­dos también trabajaba aquí. Estaba de guardia. Por la radio que portaba en ese momento supo de la tragedia. Fue tre­mendo. Pasó un tiempo muy largo hasta que las víctimas y ella pudieron regresar al con­tinente”.

GRITOS Y GOLPES

El viernes que viene habrán pasado 49 años desde enton­ces. En el lugar todavía está una de las butacas del H16. En este casi medio siglo desde entonces ese asiento por un breve tiempo fue depositado en el interior de la base. Desde el continente, un tan serio como memorioso camarógrafo periodístico me asegura que esos restos “tuvie­ron que volver a dejarlos donde cayó el helicóptero porque en la base decían que por las noches se escuchaban gritos y golpes inexplicables en las puertas de donde estaban depositados”.

Entre las y los antárticos aquí esa extraña historia asegu­ran desconocerla. Casi todas y todos son recién llegados. Sin embargo, un veterano cuenta que “después que el asiento de la aeronave fue retirado un cura rezó con nosotros, ben­dijo las instalaciones y espar­ció agua bendita”.

Por las otras cruces no quise preguntar. Sé que en un museo de Río Gallegos –donde se guardan respetuosamente otros restos de aquella trage­dia– nunca se supo de ninguna actividad paranormal vincu­lada con aquel desastre.

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