• Jimmi Peralta
  • Fotos: Cristóbal Núñez

Con motivo del Día Internacional de la Música, que se celebró ayer 22 de noviembre en honor a santa Cecilia, el arpista paraguayo Francisco Giménez habla de sus inicios, su trayectoria y cómo su pasión por el arpa y el arte tienen algo de mística y mandato espiritual.

Ninguna historia es igual a otra y, sin embargo, las vidas parecen recorrer las mismas tramas una y otra vez. Son contadas variaciones las que constituyen a ese bucle, que en sí mismo o por acción de los ojos del intérprete parecerían dibujar el mismo trazo.

Si aquella frase “cuenta tu aldea y serás universal” expresa lo central de la relación íntima entre lo particular y lo universal, vale de todos modos detener esa homogeneización para ponerle un matiz: algunas historias, algunas aldeas, algunas personas son más parecidas entre sí que otras y contarlas posiblemente hable de sus iguales.

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En la víspera se recordó a santa Cecilia, patrona de los músicos, y en nombre de ellos se presenta la historia de uno de sus representantes paraguayos, el arpista Francisco Giménez, destacado por su labor nacional e internacional, actualmente embanderado con su creación, el kambapu, un género de música paraguaya que fusiona la galopa, la polca y los ritmos afroparaguayos.

INICIOS

Nacido en Villarrica, Francisco tuvo como primera pasión al fútbol. Pero finalmente él, al igual que su padre carpintero y poeta y su madre artesana textil, usaría las manos para su arte y su oficio.

“Mi tío era arpista, él vivía con nosotros en casa y tocaba el arpa de tanto en tanto en Villarrica. Mi tío me quería enseñar y yo le decía que no. Yo andaba detrás de la pelota”, comenta Francisco.

Aquel hermano de su madre de alguna forma, y a pesar de estar convaleciente, fue dejando señales en el camino que concluirían por ser la hoja de ruta de Giménez. “Un año antes de fallecer mi tío, Luis Bordón fue a hacer un concierto en Villarrica. Papá fue a pedirle que lo visitara en nuestra casa, porque tío era un admirador suyo, pero por su salud no iba a poder ir al concierto. Fueron a mi casa, tocaron ahí para él. Yo no le daba mucha pelota a esas personas”, narra. “Tío murió un 23 de diciembre. Al día siguiente un vecino nuestro nos invitó a pasar la Navidad en su casa para que no pasemos solos esos momentos. Y de repente el vecino este, don Cristaldo, prendió su tocadisco y puso un LP, ahí comenzaron a sonar unos villancicos navideños en arpa. Esa fue la primera vez que me llamó el sonido del arpa de Luis Bordón y me acerqué al parlante”, continúa.

En ese momento, el padre de Francisco se percató de que el encanto de aquel sonido había tocado la piel de ese niño de 12 años. Ahí mismo nace un acuerdo familiar: iba a empezar a estudiar por tres meses y, de acuerdo con su rendimiento, iba a seguir o no. ¿Dónde conseguiría para su arpa? Aquel tío había dejado una carta heredando su único bien al niño, su arpa.

JOVEN DESTACADO

Rápidamente logró aprender las primeras técnicas, comenzó a escuchar de día y de noche los cassettes que podía comprarse de Luis Bordón en un hogar cargado de música paraguaya. Su debut escénico fue el aniversario de Radio Guairá.

Ya a los 16 años, Diego Sánchez Haase, por entonces arpista y estudiante de armonía los fines de semana en Asunción, lo invitó a participar de un concurso de arpa en la capital.

Francisco Giménez, arpista paraguayo. Foto: Cristóbal Núñez

“Me inscribí, papá me dijo ‘no importa si no ganamos’. Yo vine a conocer a las grandes figuras del jurado. Toqué ‘Che noviakuemi’, de Herminio Giménez, ‘Canto de pajarito’, de Luis Bordón, y ‘Pájaro campana’. Finalmente gané ese concurso y obtuve dos viajes y un arpa como premio”, recuerda.

Ese concurso fue la bisagra que abriría un nuevo universo en la relación de Francisco con su arpa.

“Y a partir de ese premio venía todos los fines de semana a tocar a Asunción en un local que se llamaba Peña Kapi’i. Me acuerdo que ganaba 10.000 guaraníes por noche en aquella época. Me acuerdo que el pasaje desde Villarrica estaba 2.500. Venía y tocaba jueves, viernes y sábado. Después ya tocaba en cuatro a cinco locales en una noche”, rememora sobre cómo se convirtió en un músico profesional, misión que estaba explícita en aquel acuerdo con su padre, que le había dicho que el apoyo familiar dependía de su compromiso profesional con el instrumento, sujeto a una amenaza si es que tomaba el camino de la bohemia. “Ahapýta ndehegui la nde arpa” (voy a quemar tu arpa), le habría dicho. El pacto con su madre era terminar el colegio.

INTERNACIONAL

“Yo, desde el momento que empecé con la música, me mentalicé y mis padres me mentalizaron de que tenía que salir de acá para perfeccionarme, no tenía que pensar en quedarme en Paraguay”, refiere.

Sus primeros años fuera del país fueron seis. Desde Suiza desarrolló una carrera que incluía al resto del continente europeo. Primero integró el dúo Pérez y Pérez, de Andrés y Lorenzo Pérez. Después trabajó con Rubén Domínguez y luego con Lucho Martínez.

“Lo que se recreaba por entonces era el estilo y el repertorio que había metido (Luis Alberto del) Paraná en el mercado europeo. Era la época que recién empezaban a salir los discos compactos. La Phillips de aquella época reeditó todas las grabaciones de Paraná en formato CD. Entonces, estaba nuevamente en un apogeo”, recuerda.

EL RETORNO

“Vine en el 96, trabajé con Safuán. Aprendí todo de la avanzada con él, la música como producto para un mercado. El equilibrio entre el estudio y el gusto”, comenta y presenta en su historia un eje en su formación y su presente, Óscar Nelson Safuán.

“Cuando estaba en el extranjero empecé a componer, fueron cuatro temas en avanzada. Quería mostrarle a Safuán al llegar a Paraguay y se organizó una locreada para que le pueda mostrar. ‘Iporã’ (es lindo), me dijo… y grabamos. A muchos les gustó y a muchos no les gustó”, recuerda sobre cómo surgió su disco “Francisco Giménez y su joven arpa”.

Desde ese momento la vida laboral del arpista estaba creciendo, con trabajos contantes en Buenos Aires, donde el tipo de cambio lo favorecía, podía vivir en su tierra y hacer lo que le gustaba.

“El disco que más satisfacción me dio fue el disco grabado para Telecel en aquella época, 1998. En una sola tirada se distribuyeron 70.000 copias en una misma semana y reclamaron algunos usuarios. A las dos semanas aumentaron la tirada y con eso llegaron a 100.000 copias. Hasta hoy nunca más se editó esa cantidad en una sola tirada. Y satisfacción en la parte económica también, hasta hoy me sigue dando regalías aquel disco”, comenta sobre un apogeo celebrativo de su carrera.

Francisco Giménez junto con su compañera, la comunicadora Lucy Morínigo, quien realizó el documental “Biografía e historia del kambapu”, disponible en Youtube

EL KAMBAPU

“Recuerdo que con Safuán grabamos dos temas de Mauricio Cardozo Ocampo y Sánchez Quell, ‘Kamba la Mercé’ y ‘San Baltazar’. Y la grabación se hizo con acompañamiento de tamboriles de Kamba Kua. Y yo hice la parte del arpa. En ese proceso se me acerca Safuán y me dice ‘Kamba Kua ko Francisco ha’e peteî fuente rítmica muy importante (Francisco, Kamba Kua es una fuente rítmica muy importante), hay que investigar ahí a ver qué puede salir, es algo paraguayo también’. En ese momento me dijo eso a mí. Eso me entró en un oído y me salió por el otro”, confiesa. Pero lo que le dijo su maestro no terminó de salir de su mente y, tras su muerte, se habría hecho aún más presente aquella expresión.

“Fui a Europa. Pasado un tiempo me puse a pensar en eso y me prometí ir a Kamba Kua a conocer. Ahí conocí a Lázaro Medina y me mostraron los distintos ritmos rituales que tienen. Después me puse nuevamente a escuchar ‘San Baltazar’, de Mauricio Cardozo Ocampo. Escuché algo que no había escuchado antes. Hay tres compases con acentuaciones afro en la introducción, pero él no lo hace ahí con percusión, sino con el arco del violín”, comenta.

De esta asimilación Francisco se convirtió en el creador de un nuevo género de la música paraguaya llamado kambapu, una propuesta que vincula y pone sobre la mesa la cultura afrodescendiente del Paraguay.

“Este proyecto primero fue como un mandato que me había dado Safuán. Después comencé a investigar sobre la historia y la cultura afro. En el mismo libro de Mauricio Cardozo Ocampo se habla de la influencia afro en la música paraguaya, especialmente en las galopas. Esa investigación me ayudó muchísimo para fundamentar históricamente mi trabajo. Yo no quería una música africana en Paraguay, quería música paraguaya, pero que se sienta una reminiscencia de la presencia afro dentro de nuestra cultura”, puntualiza.

Lo que empezó como una curiosidad pasó a ser una reivindicación de una “cultura que siempre estuvo tapada. Intencionado o no, nunca se le reconoció a esta cultura la importancia que tiene y el grado de porcentaje de influencia que registra en nuestra cultura nacional para la conformación del ser paraguayo”, sentencia.

RASTROS RÍTMICOS DE LA SONORIDAD AFRICANA

La musicología encuentra rastros rítmicos de la sonoridad africana en la música paraguaya y ese era un camino no solo interesante de seguir para Francisco, sino que al mismo tiempo justo.

“La galopa tiene un ritmo de bombo que es, según Cardozo Ocampo, de origen afro. Sobre esa base traté de fusionar la polca con uno de los ritmos de Kamba Kua que ellos llaman santo sapatu. Entonces, lo que hice fue llevar esas figuras del bombo de la galopa a las notas del bajo, después juntar el sonido de santo sapatu. Es así que un compás se compone de mitad polca, mitad afro. La melodía la planteo sobre esta base, con más énfasis en lo rítmico, bien sincopado, como un hermanito menor de la guarania y la avanzada”, graficó.

Así empezó el kambapu, con cuatro composiciones que vinieron de una necesidad y después de una misión social. La historia de kambapu se encuentra desarrollada en un par de entregas documentales realizadas por su compañera, Lucy Morínigo, disponibles en Youtube.

El arte heredado, la familia, la pasión temprana, el talento, los desafíos, el desarraigo, el aprendizaje y una nueva propuesta de identidad dibujan la historia de Francisco Giménez, una historia que representa a tantos otros músicos paraguayos.

LO QUE MÁS LE COSTÓ

El mercado local reducido hizo que por generaciones no pueda desarrollarse en el país una industria cultural, lo que obligó a muchos talentosos a elegir entre abandonar su pasión o su tierra. Por eso, el éxito y el desarrollo internacional de los artistas pueden tener un reverso difícil.

“Yo intenté varias veces radicarme en mi país. Cuando no venía bien la cosa, volvía a hacer giras nuevamente. Lo más difícil es reinsertarse después de estar largas temporadas afuera, en varios sentidos. En ese tiempo no había redes sociales y para reinsertarte dentro del ambiente artístico de nuevo y para laburar era todo un tema, porque tenía que venir y promocionar que estaba de nuevo en el país. Y volver a entrar en el circuito es muy difícil, es como comenzar de nuevo. Después me puse a pensar ‘yo no puedo vivir con un pie acá y el otro allá’. Tuve que decidirme. Y finalmente me quedé acá, pero costó. Uno decide quedarse, pero de repente aparece una tentación, una buena oferta, pero si toma la oferta se queda con la incertidumbre de no saber qué hacer al volver”, concluye.

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