El creador de Cuadernos de Barrio dedica su espacio este domingo a una emblemática plaza asuncena que en los años 80 fue bautizada espontáneamente con un nombre que remite a niñez, magia y fantasía. Un espacio que se convirtió en el punto de encuentro preferido de distinguidas familias del barrio Manorá y que atesora vivencias con el “dulce sabor del pasado”.

Cierro los ojos y recuerdo por unos instantes una época que ya es historia. Eran los últimos meses del año 1979 y principios del 80 y muchos hijos de familias del viejo cen­tro y sus alrededores empe­zaban a mirar otras zonas de la ciudad. Se venían la picota y los edificios en altura. Los asuncenos de antes buscaban otras zonas de la ciudad para seguir en casas que les permi­tieran vivir con un jardín o pequeño patio con la tranqui­lidad que se estaba acostum­brado. Uno de ellos, al este, era el loteamiento denomi­nado Manorá.

ENORME CARTEL DE LOTEAMIENTO

En la esquina de la hoy ave­nida España y Dr. Antonio Bestard, ya a principios de los años 70, un enorme car­tel rezaba: “Loteamiento Manorá”. Con la compra de los lotes contaban que el barrio tendría dos plazas, una de ellas la que hoy ocupa la Igle­sia Principal Castrense y otra más cerca de la avenida, en aquel entonces denominada avenida General Genes, en ese trayecto entre Sacramento y San Martín, hoy España. Para esa época, varias quin­tas ya habían sido loteadas, entre ellas la gran propiedad de Pecci Hnos., hacia el norte de la zona, la de los Infante Rivarola, entre otras gran­des casaquintas que existie­ron hasta bien entrados los años 50.

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Placita Walt Disney. Acceso principal. Asunción, 1980

FEBRERO DE 1980

En esos cálidos meses del primer año de la ya lejana década del 80 del siglo pasado, cuando se empezaba a construir la iglesia en aque­lla manzana que era un pre­dio arbolado con varios altos eucaliptos, los niños, algunos ya adolescentes o mozalbe­tes, nos reuníamos en un terreno delimitado para una plaza, casi triangular. Con varias plantas de jacarandás ya entradas en años, la tierra estaba cubierta de flores lilas y de otras como las de chiva­tos y tajy rosados, blancos y amarillos, donde eran mayo­ría los jacarandás.

DESDE WALT DISNEY HASTA ROQUE CENTURIÓN MIRANDA

La plaza no tenía nombre y las calles recién empezaban a tener nomenclaturas. Una de ellas era Walt Disney, en homenaje a aquel genio ame­ricano que nos emocionó a muchas generaciones con Mickey Mouse, Blancanieves o Pinocho y otros recordados dibujos animados. Otras llevaban nombres de persona­lidades paraguayas como el gran médico Antonio Bes­tard, un héroe de la Guerra del Chaco como Pedro Balotta o el actor y director de teatro Roque Centurión Miranda.

DE LA NADA SURGIÓ PLACITA WALT DISNEY

Así, un día, de la nada, empe­zamos a llamarle placita Walt Disney. Todo esto me recuerda con mucha emo­ción a aquellos niños de antes como los Mena Talavera, los Sauca, los Sánchez López Moreira, los Vely Lacognata, los Barca Gómez San­jurjo, los Troche, las Maco­ritto, los Zubizarreta, los Quevedo, los Cazenave Veli­lla, los Segovia y los González Bordón. Después vino la siguiente generación, como los hijos de Myriam Sienra (Francesco y Valeria Galla­rini), los Spinzi Marengo, los Evreinoff, los Logan, los Pla­nás, los Méndez Cuevas, los Amarilla y otros que, con el pasar de tantas décadas, ya no los recuerdo a todos.

A AGUADI, FEDERICO Y TÍO RAÚL

Rindo un homenaje con emo­ción a dos viejos padrinos de la plaza que la cuidaban y que ya no están como lo fueron Aguadi Vargas Peña y Federico Peroni Casal Riveiro. Ellos mantenían con cariño la luces, mandaban limpiar y mantener sanos los árboles de cualquier agente que pudiera destruirlos, mientras daba vuelta por sus veredas el renombrado actor argentino Juan José Camero, el genealogista e historiador Roberto Quevedo o la artista plástica Lucy Yegros, que eran vecinos del barrio.

Hoy, la comisión barrial y los amigos de Manorá, liderados por Raúl Morínigo, en un verdadero acto de servicio urbano, se encarga de mantener limpio el espacio, ahí mirando cada árbol, cada vieja baldosa, con todos los recuerdos intactos, para no olvidarnos que siempre somos un poco niños, muchos ya mirando el balcón de la sexta década.

¿QUÉ ES EL PROGRESO?

Al final me pregunto, ¿se debe mantener tal cual ese nostálgico espacio? Yo me respondo parafraseándome a mí mismo, en el libro “Relatos de barrio” de CAF: “¿Qué es el progreso? A veces es solo empujar el pasado hacia delante”. Sin recuerdos no hay nostalgia ni memoria. Walt Disney y sus historias siguen manteniendo en todos nosotros la llama de la niñez y, tal vez, desde algún rincón nos esté mirando junto al inolvidable Mickey para traernos ese “dulce sabor del pasado” que en nuestra vieja placita hasta hoy se siente.

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