El creador de Cuadernos de Barrio dedica su espacio este domingo a una emblemática plaza asuncena que en los años 80 fue bautizada espontáneamente con un nombre que remite a niñez, magia y fantasía. Un espacio que se convirtió en el punto de encuentro preferido de distinguidas familias del barrio Manorá y que atesora vivencias con el “dulce sabor del pasado”.
- Por Toni Roberto
- tonirobertogodoy@gmail.com
Cierro los ojos y recuerdo por unos instantes una época que ya es historia. Eran los últimos meses del año 1979 y principios del 80 y muchos hijos de familias del viejo centro y sus alrededores empezaban a mirar otras zonas de la ciudad. Se venían la picota y los edificios en altura. Los asuncenos de antes buscaban otras zonas de la ciudad para seguir en casas que les permitieran vivir con un jardín o pequeño patio con la tranquilidad que se estaba acostumbrado. Uno de ellos, al este, era el loteamiento denominado Manorá.
ENORME CARTEL DE LOTEAMIENTO
En la esquina de la hoy avenida España y Dr. Antonio Bestard, ya a principios de los años 70, un enorme cartel rezaba: “Loteamiento Manorá”. Con la compra de los lotes contaban que el barrio tendría dos plazas, una de ellas la que hoy ocupa la Iglesia Principal Castrense y otra más cerca de la avenida, en aquel entonces denominada avenida General Genes, en ese trayecto entre Sacramento y San Martín, hoy España. Para esa época, varias quintas ya habían sido loteadas, entre ellas la gran propiedad de Pecci Hnos., hacia el norte de la zona, la de los Infante Rivarola, entre otras grandes casaquintas que existieron hasta bien entrados los años 50.
FEBRERO DE 1980
En esos cálidos meses del primer año de la ya lejana década del 80 del siglo pasado, cuando se empezaba a construir la iglesia en aquella manzana que era un predio arbolado con varios altos eucaliptos, los niños, algunos ya adolescentes o mozalbetes, nos reuníamos en un terreno delimitado para una plaza, casi triangular. Con varias plantas de jacarandás ya entradas en años, la tierra estaba cubierta de flores lilas y de otras como las de chivatos y tajy rosados, blancos y amarillos, donde eran mayoría los jacarandás.
DESDE WALT DISNEY HASTA ROQUE CENTURIÓN MIRANDA
La plaza no tenía nombre y las calles recién empezaban a tener nomenclaturas. Una de ellas era Walt Disney, en homenaje a aquel genio americano que nos emocionó a muchas generaciones con Mickey Mouse, Blancanieves o Pinocho y otros recordados dibujos animados. Otras llevaban nombres de personalidades paraguayas como el gran médico Antonio Bestard, un héroe de la Guerra del Chaco como Pedro Balotta o el actor y director de teatro Roque Centurión Miranda.
DE LA NADA SURGIÓ PLACITA WALT DISNEY
Así, un día, de la nada, empezamos a llamarle placita Walt Disney. Todo esto me recuerda con mucha emoción a aquellos niños de antes como los Mena Talavera, los Sauca, los Sánchez López Moreira, los Vely Lacognata, los Barca Gómez Sanjurjo, los Troche, las Macoritto, los Zubizarreta, los Quevedo, los Cazenave Velilla, los Segovia y los González Bordón. Después vino la siguiente generación, como los hijos de Myriam Sienra (Francesco y Valeria Gallarini), los Spinzi Marengo, los Evreinoff, los Logan, los Planás, los Méndez Cuevas, los Amarilla y otros que, con el pasar de tantas décadas, ya no los recuerdo a todos.
A AGUADI, FEDERICO Y TÍO RAÚL
Rindo un homenaje con emoción a dos viejos padrinos de la plaza que la cuidaban y que ya no están como lo fueron Aguadi Vargas Peña y Federico Peroni Casal Riveiro. Ellos mantenían con cariño la luces, mandaban limpiar y mantener sanos los árboles de cualquier agente que pudiera destruirlos, mientras daba vuelta por sus veredas el renombrado actor argentino Juan José Camero, el genealogista e historiador Roberto Quevedo o la artista plástica Lucy Yegros, que eran vecinos del barrio.
Hoy, la comisión barrial y los amigos de Manorá, liderados por Raúl Morínigo, en un verdadero acto de servicio urbano, se encarga de mantener limpio el espacio, ahí mirando cada árbol, cada vieja baldosa, con todos los recuerdos intactos, para no olvidarnos que siempre somos un poco niños, muchos ya mirando el balcón de la sexta década.
¿QUÉ ES EL PROGRESO?
Al final me pregunto, ¿se debe mantener tal cual ese nostálgico espacio? Yo me respondo parafraseándome a mí mismo, en el libro “Relatos de barrio” de CAF: “¿Qué es el progreso? A veces es solo empujar el pasado hacia delante”. Sin recuerdos no hay nostalgia ni memoria. Walt Disney y sus historias siguen manteniendo en todos nosotros la llama de la niñez y, tal vez, desde algún rincón nos esté mirando junto al inolvidable Mickey para traernos ese “dulce sabor del pasado” que en nuestra vieja placita hasta hoy se siente.

