En el corazón del desierto egipcio, donde la arena se funde con el mar Rojo, se alza El Gouna, una ciudad concebida desde la arquitectura como un acto de creación. Aquí, el Sheraton Miramar Resort, diseñado por Michael Graves, se convierte en un manifiesto sobre cómo la modernidad puede dialogar con la tradición, la técnica con el paisaje y la arquitectura con el alma de un país.
- Por David Sánchez
- Fotos Gentileza
Construido sobre nueve islas artificiales unidas por canales y puentes, el hotel parece flotar entre el agua y el desierto. Su organización horizontal, de baja altura, rompe con la idea del rascacielos y evoca en cambio la escala íntima de un pueblo egipcio. Los volúmenes se agrupan en torno a patios, callejones y pasajes que reproducen la lógica orgánica de los asentamientos nubios.
LA SABIDURÍA DEL DESIERTO
La obra de Hassan Fathy, pionero en rescatar la arquitectura vernácula de Egipto, fue la principal fuente de inspiración para este proyecto. Fathy defendía que el arquitecto debía escuchar al clima, a los materiales y a la gente. Michael Graves, aunque extranjero, supo traducir esa filosofía al lenguaje del resort contemporáneo: bóvedas que ventilan el aire caliente, muros gruesos de estuco que retienen la frescura, y una paleta de arenas y ocres que se mimetizan con el entorno.
El resultado es una arquitectura “vernácula reinterpretada”, donde las cúpulas y arcos nubios conviven con la precisión geométrica del diseño posmoderno. Graves logra una síntesis singular: no copia la tradición, sino que la reimagina. Así, cada espacio del Sheraton Miramar –desde el lobby hasta las habitaciones– parece esculpido por el viento, la luz y el agua.
EL VISIONARIO
Nada de esto habría sido posible sin la visión de Samih Sawiris, empresario egipcio y fundador de El Gouna. Inspirado por las aldeas del Alto Egipto y por la obra de Hassan Fathy, Sawiris soñó con crear una ciudad que uniera belleza, sustentabilidad y comunidad. No se trataba solo de construir hoteles, sino de fundar una urbe armónica en pleno desierto.
Durante nuestra visita a El Gouna, tuvimos la oportunidad de conversar con Hamdy Khalaf, gerente del Hotel Sheraton Miramar, quien nos habló sobre la profunda relación entre la arquitectura del resort, la identidad egipcia y la visión de su fundador.
Para Khalaf, el hotel encarna la filosofía de Sawiris: hacer del desierto un lugar habitable, donde el agua, la arena y la arquitectura convivan en equilibrio.
Bajo el impulso de Sawiris, El Gouna se transformó en una ciudad planificada que hoy cuenta con viviendas, colegios, hospitales, marinas y hasta un festival internacional de cine. Su arquitectura mantiene una coherencia estética inusual: un lenguaje unificado de bóvedas, patios y colores terrosos, que da identidad al conjunto y respeta la herencia cultural del país.
UN DIÁLOGO ENTRE CULTURA Y PAISAJE
El Sheraton Miramar encarna el espíritu de El Gouna: una fusión entre la sabiduría constructiva egipcia y la imaginación moderna internacional. Los interiores, concebidos con materiales locales –cerámicas, vidrios soplados, tejidos y muebles artesanales–, expresan un profundo respeto por el trabajo manual y la cultura popular. Cada objeto está pensado para conectar al visitante con la esencia del lugar.
La arquitectura no busca el lujo ostentoso, sino la armonía sensorial. Los espacios se abren al agua, a la vegetación y a la luz; los recorridos se fragmentan en pequeñas sorpresas visuales, donde la escala humana se mantiene siempre presente. En lugar de imponerse al paisaje, el hotel dialoga con él, creando una experiencia en la que la arquitectura se vuelve naturaleza y la naturaleza, arquitectura. Un ejemplo claro de esto es que las zonas verdes no están delimitadas por setos o muretes que no permiten pasar, al contrario, el espacio te llama a atravesar las zonas, a crear tu propio camino.
LA CIUDAD COMO OBRA DE ARTE VIVA
Para Sawiris, El Gouna debía ser algo más que un destino turístico: una ciudad modelo, donde el arte, la arquitectura y la vida cotidiana convivieran. En ese sentido, el Sheraton Miramar no es solo un hotel, sino un símbolo. Representa la posibilidad de reconciliar el pasado con el futuro, lo local con lo global.
En su conjunción de agua, arena y forma, el proyecto de Graves y Sawiris logra lo que pocas arquitecturas contemporáneas consiguen: crear un lugar con alma. Un espacio que respira Egipto, pero que también habla al mundo.

