• Por César Palacios
  • Comunicador y docente

Hay gestos que trascienden la formalidad de un acto ofi­cial. Esta semana, en el cora­zón del Chaco paraguayo, dos comunidades indígenas –ayo­reo y angaité– nos recordaron que la lengua no es solo un ins­trumento de comunicación: es territorio, es historia, es resis­tencia. La entrega del diccio­nario y apuntes de gramática bilingüe Ayoreo-Castellano, junto con la publicación de relatos en kovakhlok, lengua originaria de los angaité, no es un hecho menor. Es la devo­lución de una voz que durante décadas fue silenciada por la indiferencia y la homogenei­zación cultural.

Muchas veces, por desconoci­miento, pensamos que todos los indígenas del Paraguay hablan únicamente guaraní. Y sí, el guaraní es una lengua de resistencia, pero también fue maltratada, vilipendiada y casi extinguida por los pro­pios gobernantes de antaño. Sin embargo, cada pueblo tiene su lengua, su cosmovi­sión, su manera de nombrar el mundo. Hechos como los de esta semana garantizan que esas lenguas gocen de vitali­dad, como lo subrayó el minis­tro de la Secretaría de Políti­cas Linguísticas (SPL), Javier Viveros: “Gracias, papá y mamá, por hablar en tu idioma a tus hijos y apoyar ahora la modalidad escrita”.

En tiempos en los que la glo­balización nos empuja hacia la uniformidad, estos materiales son más que libros: son puen­tes hacia la memoria colectiva. El diccionario ayoreo, fruto de más de 20 años de trabajo cola­borativo, y el libro de relatos angaité, concebido íntegra­mente en su lengua, son herra­mientas para que las nuevas generaciones puedan leer, escribir y pensar desde su pro­pio universo simbólico. Por­que cuando una lengua muere, no solo se pierde un sistema de palabras: se extingue una forma única de ver el mundo.

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Lo que ocurrió en Boquerón y Puerto Pinasco, evento a los que tuve el privilegio de parti­cipar, es también un llamado a la acción. No basta con cele­brar la entrega de materiales; es necesario garantizar polí­ticas sostenidas que lleven estas lenguas a las escuelas, a los espacios públicos, a la vida cotidiana. Como dijo uno de los líderes angaité: “Este libro es una manera de que nues­tros hijos escuchen de nuevo la voz de los abuelos”. Esa frase resume la urgencia: sin trans­misión intergeneracional, la lengua se convierte en reliquia.

En un país que se precia de su diversidad, la revitaliza­ción lingüística no puede ser un gesto aislado ni una foto para redes sociales. Debe ser una estrategia nacional que entienda que la pluralidad cultural es un activo, no un obstáculo. El Chaco nos está dando una lección: rescatar las voces originarias no es mirar al pasado, es construir futuro.

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